Capítulo V
El vidente
Al vidente solo le contamos una parte de la historia.
La casa nos había enseñado a desconfiar de lo que parecía sencillo. Cada respuesta abría una pregunta nueva.
No mencionamos las cartas, ni la caja fuerte, ni los sueños. Apenas le hablamos de la casa, del extraño comportamiento de Francisco y de la inquietud que todos sentíamos desde que habíamos cruzado aquella puerta.
Aceptó visitarla, pero puso una condición.
—Solo iré de día.
También pidió una docena de velas blancas y un recipiente de cristal transparente lleno de agua.
Acordamos la fecha y la hora.
Aquella mañana llegamos antes que él. Barrimos el gran salón, abrimos los ventanales para que entrara la luz y, aunque ninguno lo admitía, todos esperábamos que aquel hombre encontrara una explicación capaz de devolvernos la tranquilidad.
Poco antes de las diez apareció.
Era un hombre de unos sesenta años, delgado, de cabello completamente blanco y una mirada difícil de sostener. Saludó con amabilidad, abrió un bolso de cuero gastado y sacó una larga túnica blanca que se colocó con absoluta naturalidad.
Luego nos pidió que le acercáramos las velas y el recipiente con agua.
Sin pronunciar una palabra comenzó a trabajar.
Distribuyó las doce velas formando un círculo perfecto sobre el piso de granito.
Después se sentó en el centro, cruzó las piernas y apoyó el recipiente frente a él.
Cerró los ojos.
Juntó las manos.
Durante algunos minutos solo se escuchó el crepitar de las velas.
Luego comenzó a murmurar una oración en un idioma que ninguno de nosotros logró reconocer.
De vez en cuando abría los ojos y fijaba la vista sobre el agua, como si en su superficie se reflejaran imágenes invisibles para los demás.
Nos retiramos unos metros para no interrumpirlo.
Aunque, en realidad, ninguno fue capaz de irse.
Lo observábamos desde la puerta entreabierta.
Néstor sonrió con ironía.
—Es un farsante.
Roberto le hizo un gesto para que guardara silencio.
El hombre permaneció casi media hora inmóvil.
Cuando terminó, nos llamó.
Su rostro había cambiado.
Estaba visiblemente pálido.
—En esta casa vivió una mujer sola.
Hizo una pausa.
—Era alta... de piel muy Clara, ojos verdes y cabello castaño. Cuidaba mucho su aspecto. Vivió un gran amor... y también una inmensa desgracia.
Néstor soltó una pequeña carcajada.
—Eso ya lo sabíamos. Se lo contamos antes de entrar.
El vidente levantó lentamente la vista.
—No.
Su voz sonó diferente.
—Eso no me lo dijeron ustedes.
El ambiente se volvió pesado.
—Hay algo más.
Respiró profundamente antes de continuar.
—Sobre esa mujer pesa una maldición.
Incluso después de su muerte.
Sentí que un escalofrío me recorría el cuerpo.
—¿Quién la maldijo? —pregunté casi sin darme cuenta.
Él cerró los ojos unos segundos.
—Veo la figura de un hombre... pero no consigo distinguir su rostro.
—¿Y qué más ve?
—No está sola.
Guardó silencio.
—Hay otras presencias en esta casa.
No puedo saber quiénes son... solo siento que permanecen aquí desde hace mucho tiempo.
Nadie dijo una palabra.
El vidente volvió a cerrar los ojos.
—También percibo un lugar muy oscuro.
Como si la casa ocultara una herida.
Veo una escalera...
Un subsuelo...
Algo bajo tierra.
—La cocina... —murmuré.
Él abrió los ojos inmediatamente.
—Llévenme.
Bajamos en silencio.
La vieja puerta volvió a crujir.
Mientras descendíamos, el hombre comenzó a respirar con dificultad.
Al llegar al último escalón se llevó ambas manos a la cabeza.
Retrocedió tambaleándose.
Su rostro perdió completamente el color.
Intentó decir algo.
No pudo.
Un instante después cayó de rodillas sobre el piso.
Nos apresuramos a ayudarlo.
Cuando logró incorporarse, nos apartó con un gesto.
Subió las escaleras casi corriendo.
Recogió sus cosas sin mirar a nadie.
Ni siquiera aceptó el dinero.
Antes de cruzar la puerta solo alcanzó a decir una frase.
—No vuelvan a buscarme.
Y desapareció.
Durante varios minutos ninguno de nosotros fue capaz de hablar.
Lo más inquietante no era que hubiera huido.
Era el miedo que había visto reflejado en sus ojos.
Aquel hombre había entrado convencido de que podía ayudarnos.
Y había salido aterrorizado.
Por primera vez comprendimos que aquello podía ser mucho más grave de lo que habíamos imaginado.
Como si eso fuera poco, el testamento de Amelia contenía una cláusula que hasta entonces no habíamos valorado en toda su dimensión.
Mamá no podía vender la casa.
Después de ella, la propiedad pasaría a sus hijos.
Y luego a sus nietos.
Así debía continuar, generación tras generación.
Aquella casa no era solamente una herencia.
Era un legado del que, al parecer, nadie podía desprenderse.
Sin saber qué hacer, nos dejamos caer sobre los sillones del gran salón.
Permanecimos largo rato en silencio, contemplando aquellas cuatro paredes que parecían guardar una historia imposible de descifrar.
La casa seguía igual de inmóvil que cuando habíamos llegado, como si observara pacientemente nuestros intentos por comprenderla.
Fue Roberto quien rompió el silencio.
—No se olviden de que a las once llega el cerrajero. Tal vez, cuando logremos abrir la caja fuerte, encontremos las respuestas que estamos buscando.
La idea nos devolvió algo de esperanza.
En ese momento llamaron a la puerta.
Era mi amiga Marta, que traía de regreso a Francisco. El pequeño nos había extrañado y no dejaba de preguntar cuándo volvería con nosotros.
La invitamos a pasar.
Mientras recorría la casa le contamos, con mucha prudencia, parte de lo que veníamos viviendo. No todos los detalles, porque ni siquiera nosotros sabíamos cómo explicarlos.
Marta observó detenidamente la luz que atravesaba los vitrales y luego dijo algo que nos sorprendió.
—¿Saben una cosa? Tengo una cámara profesional muy potente. Más de una vez vi documentales donde, en lugares con supuestas manifestaciones espirituales, aparecían figuras extrañas en las fotografías.
Nos miramos unos a otros.
La propuesta habría parecido absurda apenas unos días antes.
Pero después de todo lo que habíamos vivido, ya no descartábamos ninguna posibilidad.
Le pedimos que nos ayudara.
Ella aceptó encantada.
—No se hagan demasiadas ilusiones —aclaró sonriendo—. Puede que no aparezca absolutamente nada.
Regresó a su estudio y, al poco tiempo, volvió cargando todo su equipo fotográfico.
Mientras preparaba la cámara, Francisco corría por los pasillos hablando animadamente.
Como siempre.
Pero no parecía hacerlo solo.
Lo llamé.
Se acercó sonriendo.
Me agaché hasta quedar a su altura.
—Francis... ¿con quién estabas hablando?
Me miró como si la respuesta fuera evidente.
—Con mis amigos, mami.
—¿Qué amigos?
El niño señaló a ambos lados del pasillo.
—Ellos.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Están acá ahora?
—Sí.
Me observó sorprendido.
—¿No los ves?
Antes de que pudiera responder, Clara intervino con una naturalidad admirable.
—Sí... pero todavía no nos dijeron cómo se llaman.
Francisco frunció el ceño.
—Porque nunca les pregunté.
—Entonces preguntales ahora.
El pequeño giró la cabeza hacia el lugar donde, según él, estaban los niños.
Guardó silencio unos segundos.
Luego volvió a mirarnos.
—La nena se llama Milagros... y el nene, Nelson.
Nadie dijo una palabra.
Roberto rompió la tensión.
—Bueno, campeón... andá a seguir jugando. Después seguimos hablando de tus amigos.
Francisco salió corriendo, completamente feliz.
Nosotros permanecimos inmóviles.
Un niño.
Una niña.
Dos nombres.
Intentamos encontrar una explicación lógica.
Tal vez todo fuera imaginación.
Tal vez nosotros mismos estuviéramos empezando a sugestionarnos.
Era preferible creer eso.
A las once en punto llegó el cerrajero.
Trabajó durante más de una hora intentando abrir la caja fuerte con distintas herramientas.
Fue inútil.
Finalmente se secó el sudor de la frente y dijo:
—Si quieren abrirla, van a tener que romperla con un soplete.
Pagamos su trabajo y le agradecimos la dedicación.
Cuando se marchó, mamá negó rotundamente con la cabeza.
—No.
Nadie va a romper nada.
Si Amelia ocultó esa caja durante tantos años, merece que encontremos otra forma de abrirla.
Aceptamos su decisión.
Volvimos a dividir las tareas.
Los hombres bajarían a revisar nuevamente la cocina. Debían retirar todos los cajones de la mesada y comprobar si alguno escondía un doble fondo.
Nosotras regresaríamos al dormitorio.
Esta vez revisaríamos minuciosamente la cómoda, el ropero, las mesas de luz y cada uno de los muebles.
Comenzamos por la cómoda.
Papeles viejos.
Pañuelos.
Ropa interior cuidadosamente doblada.
Camisones de seda.
Todo estaba perfectamente ordenado.
Clara tomó uno de los camisones y sonrió.
—¿Te acordás cuando éramos chicas y nos probábamos la ropa de mamá para jugar a que éramos grandes?
No pude evitar reír.
—¿Lo hacemos una vez más?
Durante unos minutos volvimos a ser aquellas niñas despreocupadas de otros tiempos.
Nos probamos sombreros, carteras, collares y antiguos camisones, desfilando frente al enorme espejo del dormitorio entre carcajadas.
La casa, por un instante, pareció perder toda su oscuridad.
Pero la ilusión duró muy poco.
En una de las mesas de luz encontramos cajas de medicamentos.
Tranquilizantes.
Pastillas para dormir.
Ansiolíticos.
Aquellos frascos hablaban de una mujer que había convivido durante años con el insomnio, la angustia o algún dolor que jamás llegamos a conocer.
Fue entonces cuando mamá, que permanecía sentada sobre la cama desde hacía varios minutos, levantó lentamente la vista.
Su mirada se detuvo en un antiguo juego de palangana y jarra de loza que decoraba la cómoda.
Se acercó sin decir una palabra.
Introdujo la mano dentro de la jarra.
Y extrajo un sobre.
Nos quedamos inmóviles.
Era otra carta.
La segunda.
Por un instante esperamos que comenzara a leerla en voz alta.
Pero no lo hizo.
Volvió lentamente hacia la cama, acomodó unos almohadones sobre el respaldo y abrió el sobre en silencio.
Comprendimos que necesitaba leer aquellas palabras a solas.
Sin interrumpirla, salimos del dormitorio y nos dirigimos hacia la cocina para reunirnos con los hombres.
Mientras cerraba la puerta detrás de mí, tuve la extraña sensación de que Amelia había elegido con precisión el lugar donde esconder cada una de sus cartas.
Como si quisiera conducirnos, paso a paso, por el mismo camino que ella había recorrido en vida.