Más allá de los planos: Los secretos de tía Amelia Capítulo IV #3
26%

Capítulo IV #3

Si esta explicación no te conforma creo que debes irte. Yo no me enojaré. Lo que dispongas está bien. Y no olvides, que en eso en que pones tu mente en eso te conviertes, y te aseguro que así será.

Pensé unos minutos en lo que había dicho mi madre y mientras todos esperaban mi respuesta, lloré amargamente. Con los brazos cruzados debajo de mi cabeza, y las lágrimas que comenzaban a correr por mis manos, levanté la cabeza y respondí afirmativamente.

—Creo que has entendido la diferencia entre lo bueno y lo malo. Es la decisión correcta. Escapar de esto por cobardía sería darle lugar al mal y nosotros siempre hemos actuado correctamente. Nada nos puede pasar. Definió seria mamá.

Reconocimos que Francisco tal vez estaba en lo cierto al contar historias con esos niños; ¿serían los angelitos de que mencionaba tía? ¿Cómo descubrirlo nosotros? Hacía falta más que nunca una persona que se dedicase a estos avatares.

Ahora por esa charla sincera, pienso que a pesar de no creer, en algo creíamos, las conclusiones indican una manera de pensar diferente.

Néstor acompañó a mamá a la casa de un vidente Mientras los esperábamos decidimos curiosear algunos libros de la biblioteca de la casa para acortar el tiempo.

Había uno que me llamó poderosamente la atención.

Se trataba del significado de los colores.

Precisamente hablaba de siete colores, los mismos que al descomponerse la luz, es decir el arco iris.

Allí recordé que siete eran los escalones que nos llevaban dentro de la casa. Ese era un número mágico.

Comencé con la lectura, como siempre no por el principio sino por el medio y salteando páginas.

Cuando encontraba algo interesante detuve la búsqueda.

Fue así como encontré que el color amarillo es el de la sabiduría, el verde de la sanación, el blanco de la pureza, el violeta el de la transmutación del Karma.

—¿Alguno de ustedes sabe bien lo que es el karma? Pregunté, sintiéndome una perfecta ignorante.

—Dicen que es lo que debemos pagar en esta vida. No sé si me explico. —respondió Néstor.

—Sí eso lo sé, ¿pero cómo es que funciona?

—No sé bien. Una vez un amigo me contó que todo lo malo que le sucedía era producto de un mal karma. Le pasaban cosas como accidentes tontos, no conseguía trabajo, el dinero se le iba de las manos y no tenía paz. Siempre decía que en otras vidas debió haber sido un déspota o usurero o algo similar.

—¿Decís entonces que es producto del mal accionar en otras vidas?

—Sí. Más que nada lo que no pudiste pagar en la tierra porque no te alcanzó el tiempo. Sabías que nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, y si es así somos perfectos, pero como estamos dotados con el libre albedrío destruimos esa perfección

—¿Entonces vos crees que hemos vivido antes?

—No lo sé, pero a veces tengo la sensación de haber hecho cosas, de haber estado en lugares que ni siquiera conozco, o estar viviendo como en un sueño y en definitiva no sé por qué estamos acá.

Por qué pensamos y actuamos. Son muchas las cosas que demuestran la existencia de vidas anteriores.

La curiosidad me invadía creo que hasta me preocupaba

—Y no puede ser que además de pagar lo malo de otra vida tengas que pagar lo de esta.

—Puede ser, a lo mejor así sea, nadie tiene la verdad absoluta sobre los temas que no se pueden comprobar mediante experimentos.

—Por las dudas les aconsejo ser buenos. Unos santos. Concluyó Clara. Siempre con un tono sarcástico

Las carcajadas se sintieron desde afuera. Roberto y mami habían llegado.

Mamá me miró con una serenidad que contrastaba con mi desesperación.

—Verónica, si yo creyera, aunque fuera por un instante, que todo esto puede hacerle daño a mi nieto, sería la primera en impedir que siguieran investigando.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Pero estoy convencida de que lo que Francisco ve es bueno. Muy bueno.

La observé sin comprender.

—Cuando un niño conserva la pureza y la inocencia propias de su edad, lo natural es que esté rodeado de espíritus de luz. El bien siempre tiene más fuerza que el mal. Si existe una mínima posibilidad de que haya algo oscuro, también existe una infinitamente mayor de que esté protegido.

Se acercó y tomó mis manos.

—Si aun así no te sentís tranquila, nadie te obliga a continuar. Podés irte y no voy a reprochártelo. Pero nunca olvides una cosa: aquello en lo que ponemos nuestra mente termina moldeando nuestra realidad.

Sus palabras quedaron resonando dentro de mí.

Bajé la cabeza.

Lloré en silencio durante varios minutos mientras todos aguardaban mi decisión.

Finalmente levanté la vista.

—Me quedo.

Mamá sonrió apenas.

—Creo que acabás de comprender la diferencia entre el miedo y la prudencia. Huir solo por temor sería permitir que el mal gobierne nuestras decisiones. Nosotros siempre actuamos con buenas intenciones y, mientras así sea, nada podrá dañarnos.

Nadie volvió a discutir.

Por primera vez aceptamos la posibilidad de que Francisco no estuviera inventando aquellas historias.

¿Y si los niños con los que jugaba eran los mismos "angelitos" de los que hablaba Amelia?

¿Cómo comprobarlo?

Más que nunca necesitábamos la ayuda de alguien que conociera ese mundo mejor que nosotros.

Con el paso de los años comprendí que aquella conversación marcó un antes y un después en mi manera de pensar.

Yo seguía sin creer del todo.

Pero también dejé de negar rotundamente aquello que era incapaz de explicar.

Mientras Néstor acompañaba a mamá a visitar a un vidente recomendado por unos conocidos, nosotros decidimos entretenernos revisando los libros de la biblioteca de la casa.

Uno llamó inmediatamente mi atención.

Hablaba sobre el simbolismo de los colores.

Al abrirlo encontré un capítulo dedicado a los siete colores que forman el arcoíris.

Entonces recordé los siete escalones de la entrada.

Otra vez el número siete.

Demasiadas coincidencias para ser casualidad.

Como era mi costumbre, no empecé a leer por el principio. Abría el libro al azar, saltando páginas hasta que alguna frase despertaba mi curiosidad.

Aprendí que el amarillo simbolizaba la sabiduría; el verde, la sanación; el blanco, la pureza; y el violeta, la transmutación del karma.

Levanté la vista del libro.

—¿Alguno de ustedes sabe exactamente qué es el karma?

Néstor respondió casi sin pensarlo.

—Creo que es aquello que debemos aprender o reparar a lo largo de la vida.

—Eso ya lo escuché muchas veces —dije—. Pero ¿cómo funciona realmente?

Él reflexionó unos instantes.

—Un amigo solía decir que todo lo malo que le ocurría era consecuencia de un mal karma. Nunca le salía un trabajo, sufría accidentes absurdos, perdía dinero... Estaba convencido de que, en otra vida, había hecho mucho daño.

—Entonces... ¿creés que pagamos errores cometidos antes de nacer?

—No lo sé. Es una posibilidad. Tal vez algunas deudas no alcanzan a resolverse en una sola existencia.

Lo escuchaba con atención.

Aquellas ideas me parecían tan extrañas como fascinantes.

—¿Y no puede ocurrir que también carguemos con las consecuencias de lo que hacemos en esta vida?

—Seguramente. Nadie posee la verdad absoluta sobre estos temas. Solo existen teorías, creencias y experiencias personales.

Clara cerró el libro que tenía entre las manos y sonrió.

—Por las dudas... les recomiendo que se porten como santos.

Todos reímos.

En ese mismo instante escuchamos voces provenientes del jardín.

Roberto y mamá acababan de regresar.