Capítulo IV #2
A la búsqueda de la verdad, dijimos. El tiempo pasaba, todos teníamos obligaciones y necesitábamos regresar a nuestros hogares, pero por otro lado no queríamos dejar sola a mamá, y propusimos un plan de trabajo nuevo ya que al anterior había fracasado.
Hicimos un cronograma de trabajo de tan solo una semana para descubrir el oscuro secreto.
Evidentemente la casa, la intriga y el lugar nos atrapaban.
Néstor tomó una hoja de papel y comenzó a organizar el trabajo de cada uno.
Habíamos comprendido que buscar sin un método solo nos hacía perder tiempo. Si queríamos descubrir el pasado de Amelia, necesitábamos actuar con orden.
Sin embargo, había un problema que ninguno se animaba a reconocer en voz alta.
Nosotras ya no nos sentíamos cómodas dentro de aquella casa.
Los pequeños ángeles que mamá había colocado en puertas y ventanas para protegernos no alcanzaban a disipar la inquietud que se respiraba en cada ambiente.
El miedo comenzaba a instalarse silenciosamente entre nosotras y, casi sin darnos cuenta, pedimos que en todo momento hubiera al menos uno de los hombres cerca.
El plan quedó organizado de la siguiente manera.
Roberto se ocuparía de encontrar a alguien capaz de abrir la antigua caja fuerte.
Néstor revisaría la cocina y clasificaría toda la vajilla, con la esperanza de descubrir algún compartimiento oculto o una llave olvidada.
Mamá, Clara y yo volveríamos al dormitorio de Amelia. Esta vez no perderíamos tiempo con objetos sin importancia. Buscaríamos únicamente aquello que pudiera ayudarnos a reconstruir su historia.
También tomamos otra decisión.
Francisco no volvería a acompañarnos.
Pensamos que, lejos de aquella casa, terminaría olvidándose de los misteriosos niños con los que aseguraba jugar.
Durante unas horas todo pareció desarrollarse según lo previsto.
Cada uno trabajaba concentrado en su tarea, hasta que un llamado de mamá nos hizo abandonar lo que estábamos haciendo.
Corrimos hacia el dormitorio.
Ella permanecía inmóvil, junto a la cama.
Había levantado el colchón y descubierto un doble fondo oculto en el sommier.
Dentro descansaba un sobre amarillento.
En el frente podía leerse, con una caligrafía elegante e inconfundible:
"Para Rosa."
Mamá no dijo una palabra.
Sostenía la carta entre las manos como si quemara.
Comprendimos que jamás había imaginado encontrar algo semejante.
Durante varios minutos nadie se atrevió a romper el silencio.
Finalmente respiró hondo, abrió el sobre con manos temblorosas y comenzó a leer.
La carta empezaba así...
cap 5
Querida Rosa:
Si estas palabras han llegado a tus manos es porque Dios, en su infinita misericordia, decidió llamarme a su lado y porque tú has encontrado el primer hilo de una historia que durante demasiados años permaneció oculta.
Eres mi sobrina favorita.
Tal vez nunca pude demostrártelo. La vida me negó esa posibilidad y yo tampoco tuve el valor de buscarte.
Sin embargo, siempre seguí tus pasos desde la distancia.
Supe de tus alegrías, de tus caídas y del coraje con el que desafiaste a una sociedad que nunca fue benévola con las mujeres que elegían vivir según su propio corazón.
Criaste a tus hijos con amor y enfrentaste pérdidas que pocos hubieran soportado. Aunque muchas veces creíste haber fracasado, jamás dejaste de avanzar. Por eso sé que eres la única persona capaz de comprender lo que ahora voy a pedirte.
Parte de mi condena terminó con mi muerte.
Pero otra parte permanece viva.
Habita esta casa.
Durante muchos años fui prisionera de mis propias decisiones. Defraudé a quienes más me amaban y pagué un precio que nadie habría imaginado. No culpes a mi familia por haberme dado la espalda. Yo les di motivos para hacerlo y jamás intenté justificarme.
Llegará el momento en que conocerás toda la verdad.
No hoy.
Cada respuesta necesita encontrar antes la pregunta correcta.
Sé que los estudios sobre los misterios del espíritu que tanto te apasionan serán la llave para comprender estas palabras. No temas. Ellos te conducirán, paso a paso, hacia la verdad que durante tantos años permaneció escondida.
No tengas miedo de esta casa.
Ningún mal alcanzará a quienes entren en ella con el corazón limpio.
Dos pequeños ángeles han permanecido junto a mí desde el comienzo de mi castigo y continuarán protegiendo a los tuyos cuando yo ya no esté.
Solo la maldición me pertenecía.
Y solo tú podrás ponerle fin.
Cuando llegue el momento encontrarás otras tres cartas. Cada una abrirá una puerta distinta y, juntas, revelarán aquello que jamás me atreví a contar en vida.
Cuando hayas leído la última... comprenderás por qué nunca pude abandonar esta casa.
Con el cariño que nunca supe expresar,
Amelia
Mamá terminó de leer en un silencio absoluto.
Ninguno de nosotros se atrevió a decir una palabra.
La carta hablaba de una condena, de una maldición, de ángeles protectores y de conocimientos espirituales que, según Amelia, solo mamá podría comprender.
Ella permaneció largo rato con la mirada perdida.
No sabía si seguir buscando o abandonar la investigación para siempre.
Aunque nunca había practicado seriamente las enseñanzas de los libros que había reunido durante años, su fe era profunda. Esa misma tarde se encerró a rezar. Permaneció horas en silencio, intentando aquietar su espíritu para encontrar una respuesta.
Cuando salió de la habitación, su expresión había cambiado.
No tenía todas las respuestas.
Pero había tomado una decisión.
La búsqueda acababa de comenzar.
Mamá reunió todos los libros que había acumulado durante años. Había textos de budismo, metafísica, ocultismo, magia, enseñanzas de Saint Germain, Los secretos de las pirámides y muchos otros cuyos títulos jamás había prestado atención.
Los fue abriendo uno por uno.
Marcaba con pequeños papeles los párrafos que le parecían importantes y comparaba conceptos, como si buscara una respuesta que todavía no sabía formular.
Nunca antes la había visto tan concentrada.
Al caer la tarde corrió los sillones de la sala y se recostó sobre la alfombra, con los brazos abiertos y las palmas de las manos hacia arriba. Yo la observaba desde la puerta, en silencio, sin atreverme a interrumpirla.
Permaneció inmóvil durante varios minutos.
Después incorporó lentamente las piernas, cruzándolas frente a su cuerpo. Cerró los ojos y comenzó a respirar con una serenidad que contrastaba con la tensión que todos llevábamos encima.
Comprendí que estaba meditando.
Cuando terminó, nos reunió.
—Voy a buscar a alguien que sepa más que yo sobre estos temas —dijo con absoluta tranquilidad—. Necesitamos la ayuda de una persona preparada. No sé qué fuerzas actuaron en esta casa y no pienso exponerlos sin antes entender qué está ocurriendo.
Ninguno discutió.
Nosotros recién conocimos el contenido de la carta al día siguiente.
Mamá nos reunió alrededor de la mesa.
Su expresión era diferente.
Había algo en sus ojos que no estaba allí el día anterior.
Respiró hondo antes de comenzar.
—No quiero asustarlos... pero esta carta no es precisamente tranquilizadora. Habla de cosas que jamás imaginé escuchar de boca de Amelia.
Todos permanecimos en silencio.
—Escuchamos, mamá —dijimos casi al mismo tiempo.
Ella sostuvo el sobre entre las manos.
—Esta es solo la primera de cuatro cartas. Amelia sabía que yo iba a encontrarla. Está dirigida exclusivamente a mí.
Roberto dejó escapar una sonrisa incrédula.
—Eso puede haber sido una simple casualidad.
Mamá negó con suavidad.
—No lo creo. En estas páginas habla de mi vida con detalles que nadie podía conocer. Menciona mis tres matrimonios, mis hijos... y ustedes saben perfectamente que ella jamás volvió a visitarnos.
El silencio volvió a instalarse.
Mientras mamá leía, comprendimos que aquello escapaba por completo a cualquier situación cotidiana.
Una casa heredada.
Cartas escondidas.
Una maldición.
Ángeles protectores.
Todo parecía sacado de una novela o de una vieja película de misterio.
Y, sin embargo, estaba ocurriéndonos a nosotros.
Por primera vez empecé a preguntarme si existían cosas que la razón, por sí sola, no podía explicar.
Néstor rompió el silencio.
—¿Y si Francisco tiene razón?
Todos lo miramos.
—Los chicos tienen una imaginación enorme, es cierto —continuó—, pero también dicen que conservan una sensibilidad que los adultos vamos perdiendo con los años.
Sentí que un escalofrío me recorría el cuerpo.
—¿Y si realmente vio algo? ¿Y si está en peligro?
Mi voz sonó más alterada de lo que hubiera querido.
Clara negó con la cabeza.
—No seas dramática. Los niños siempre están protegidos. Además, ni siquiera sabemos de qué estamos hablando.
Su respuesta me molestó.
Ella no era madre.
No podía comprender el miedo que yo sentía.
—¿Y cómo pueden estar tan seguros de que esos "angelitos" son buenos? ¿Y si no son ángeles? ¿Y si estamos hablando de otra cosa? No pienso permitir que mi hijo corra ningún riesgo por culpa de una historia que ni siquiera sabemos si nos corresponde descubrir.
Roberto intervino con firmeza.
—Verónica, tranquilizate. Hemos estado todos estos días en esa casa y no nos pasó absolutamente nada. Francisco está bien.
Lo miré con rabia.
—Eso decís vos. Si llega a pasarle algo, vos vas a hacerte responsable.
El silencio cayó sobre la habitación.
Mamá no había dicho una sola palabra.
La miré directamente a los ojos.
—No te ofendas, pero cada vez que nos reunimos terminamos metidos en algún problema. Francis es lo más importante que tengo. No pienso exponerlo. Si ustedes quieren seguir adelante, háganlo. Pero no cuenten conmigo... ni con mi hijo.
—Mira Verónica, si yo pensase que esto le puede hacer mal a mi nieto ten la plena seguridad que no permitiría que siga adelante. Por otra parte creo que lo que el niño ve es bueno. Muy bueno. Te cuento:
—Cuando una persona es pura e inocente tiene un noventa y nueve por ciento que lo acompañen espíritus de luz. Por lo tanto solo nos queda un uno por ciento que pueda haber visto un espíritu malo, porque la parte más poderosa es el bien.