Capítulo IV
Las cartas
Clara preparó café con leche mientras yo crucé hasta la panadería de la esquina para comprar facturas.
Qué alegría me dio comprobar que don Rodolfo seguía detrás del mostrador. Apenas me vio, me reconoció al instante.
—¡Verónica! ¡Cuánto tiempo!
Sin dejarme decir una palabra, tomó una factura cubierta de crema pastelera y me la alcanzó con una sonrisa.
—La de siempre... como cuando eras chica.
Aquel gesto tan sencillo bastó para devolverme, por un instante, a la infancia.
El aroma del café recién hecho terminó de despertar a los hombres.
Nos reunimos alrededor de la mesa y compartimos el desayuno entre risas y recuerdos.
Era imposible no pensar en aquellos años en que mamá cobraba el sueldo y aparecía con una bolsa llena de facturas para acompañar el café con leche.
Eran pequeños lujos que, para nosotros, significaban una fiesta.
Cerca de las nueve de la mañana, Clara y yo nos dirigimos a la biblioteca municipal. Estábamos convencidas de que, si existía alguna pista sobre la vida de Amelia, la encontraríamos allí.
La bibliotecaria escuchó atentamente nuestro pedido y, con una amabilidad que todavía parecía sobrevivir en las ciudades pequeñas, desapareció entre los estantes.
Regresó pocos minutos después con una enorme pila de revistas publicadas entre 1935 y 1940, además de algunas ediciones especiales que habíamos solicitado.
Nos repartimos el trabajo.
Mientras una revisaba una revista, la otra hacía lo mismo con otra diferente. Comenzamos por la sección de sociales.
Las antiguas publicidades nos arrancaban más de una sonrisa.
Eran ingenuas, elegantes y completamente distintas a las de nuestra época.
Sin embargo, no era eso lo que buscábamos.
Queríamos encontrar las páginas de las que alguien había recortado fotografías y anuncios, las mismas revistas que habíamos descubierto en la casa.
No tardamos en encontrar la primera sorpresa.
El nombre de Amelia aparecía con frecuencia.
Entre 1936 y 1940 era una figura habitual en la vida social de Concepción del Uruguay. Las fotografías la mostraban hermosa, elegante y siempre impecablemente vestida. Asistía a reuniones culturales, funciones teatrales y eventos benéficos organizados por las familias más influyentes de la ciudad.
Pero aquello no era todo.
Descubrimos que también escribía poesías y relatos de misterio que eran publicados por las mismas revistas.
En una edición de 1937 encontramos una nota que anunciaba la publicación de su primer libro, Amores y costumbres, obra que había recibido excelentes críticas en los círculos literarios de la época.
Nos miramos sorprendidas.
De no haber iniciado aquella búsqueda, jamás habríamos sabido que la tía Amelia había sido escritora.
Solicitamos el ejemplar a la bibliotecaria. Como se trataba de una pieza antigua perteneciente al patrimonio de la biblioteca, no estaba permitido retirarlo. Decidimos entonces fotocopiarlo para leerlo con tranquilidad en la casa de mamá.
Mientras sostenía aquellas hojas entre mis manos, no podía dejar de pensar en una pregunta.
¿Cómo era posible que una mujer tan admirada, tan talentosa y tan presente en la vida cultural de la ciudad hubiera terminado completamente sola, encerrada en una casa donde todos la creían loca o bruja?
Sentí que, por primera vez, el verdadero misterio de Amelia empezaba a revelarse.
Cuando regresamos, mamá había logrado rescatar algunos recuerdos más.
—Ahora me acuerdo —dijo pensativa—. Amelia era una verdadera dama. Hacía teatro y, durante un tiempo, estuvo de gira por el extranjero con una compañía artística. Si la memoria no me falla, por el año 1937 llegó a conocer a Eva Duarte, mucho antes de que se convirtiera en Evita.
Nos miramos sorprendidos.
Cada nuevo dato derribaba un prejuicio y levantaba otro interrogante. Cuanto más descubríamos sobre la juventud de Amelia, menos comprendíamos cómo aquella mujer elegante, admirada y llena de proyectos había terminado recluida entre las paredes de aquella inmensa casa.
Su vida parecía haber estado llena de movimiento, de viajes, de arte y de encuentros.
Por momentos hasta sentíamos una extraña envidia por aquella existencia tan intensa que jamás habíamos imaginado.
Al mismo tiempo, nos alegraba comprobar que la familia había sido injusta con su recuerdo.
Al menos una parte de su historia hablaba de una mujer brillante.
Esa tarde les mostramos a los demás el libro de poemas que habíamos encontrado en la biblioteca.
Lo leímos en voz alta, deteniéndonos en cada verso.
Había una melancolía persistente que atravesaba todas sus páginas. Cada palabra parecía nacida de una herida profunda. Hablaba de amores perdidos, de sueños que el tiempo había marchitado y de una inmensa compasión por los más humildes, por aquellos que la sociedad prefería ignorar.
Su poesía era delicada y madura, sencilla en apariencia, pero cargada de una tristeza difícil de explicar. Nos daba la sensación de estar leyendo el alma de Amelia mucho antes de conocer la historia que la había quebrado.
Sin embargo, aquello seguía siendo insuficiente.
Con poemas y fotografías no era posible reconstruir una vida entera.
Sabíamos que la verdadera respuesta todavía permanecía oculta.
Al regresar a la casona decidimos enviar a restaurar el viejo cuadro que colgaba sobre el hogar del salón principal. Llamamos a don Alberto, un restaurador y viejo amigo de la familia, que aceptó el trabajo con entusiasmo.
Mientras observaba la pintura, comentó que había sido realizada por uno de los artistas más reconocidos de la época.
Pero, curiosamente, el cuadro dejó de interesarle casi de inmediato.
Su atención se dirigió hacia otra tela que descansaba sobre uno de los sillones de terciopelo. Al moverla para examinar la pared, advirtió algo extraño.
—Un momento...
Se acercó lentamente al hogar.
Con cuidado descolgó el cuadro principal.
Detrás de él apareció una pequeña puerta de hierro empotrada en la pared.
Una caja fuerte.
Durante unos segundos nadie dijo una palabra.
El silencio era absoluto.
Nos acercamos casi al mismo tiempo.
Era antigua, de hierro fundido, pequeña, pero extremadamente sólida. La puerta estaba hundida varios centímetros dentro del muro, como si hubiera sido construida para permanecer oculta.
Sentí que el corazón comenzaba a latirme con fuerza.
Tal vez, después de tantos días de búsqueda, habíamos encontrado el lugar donde Amelia había escondido aquello que jamás quiso revelar.
Solo había un inconveniente.
No teníamos la llave.
Ni la combinación.
Ni la menor idea de cómo abrirla.
Y, por primera vez desde que aquella historia había comenzado, tuve la certeza de que detrás de esa puerta de hierro podía encontrarse la verdadera explicación de toda la vida de la tía Amelia.
Don Alberto se llevó el cuadro a su taller con la intención de devolverle el esplendor perdido.
Mientras lo examinaba, nos explicó que utilizaría un antiguo método de restauración, basado en un preparado elaborado con ácidos extraídos de agallas de pescado. Era una técnica casi artesanal que pocos restauradores seguían utilizando.
Sin embargo, apenas comenzó el trabajo advirtió algo extraño.
Las manchas que cubrían parte de la pintura no respondían al tratamiento. Permanecían intactas, como si el tiempo no hubiera sido el responsable de su deterioro.
—Es muy raro... —nos comentó más tarde—. El cuadro no tiene la antigüedad suficiente para presentar este tipo de marcas.
Aquella observación quedó dando vueltas en mi cabeza.
Parecía que, en esa casa, todo ocultaba un secreto.
Mientras tanto, Francisco seguía hablando de los dos niños que, según él, vivían allí. Corría por los pasillos, reía, conversaba con ellos y los invitaba a jugar como si realmente estuvieran a su lado.
Al principio nos causaba gracia.
Pero con el paso de los días comenzó a preocuparnos.
Había demasiados detalles en sus relatos.
Demasiada naturalidad.
Fue entonces cuando decidimos consultar a un especialista.
Al día siguiente conseguimos un turno con el doctor Calam, psicólogo infantil.
Roberto fue quien le explicó la situación.
Le contó que habíamos viajado por asuntos familiares y que, desde nuestra primera visita a una antigua casa que había permanecido cerrada durante años, Francisco aseguraba jugar con dos niños.
No solo hablaba de ellos, sino que mantenía conversaciones completas, les respondía preguntas y describía juegos que compartían.
—Lo extraño —agregó Roberto— es que él no parece estar imaginándolo. Lo vive como algo absolutamente real.
El doctor escuchó con atención.
Después de hacer algunas preguntas, sonrió con tranquilidad.
—A los tres años es completamente normal que un niño tenga amigos imaginarios. Forma parte de su desarrollo. No representa ningún problema, salvo que esa conducta persista durante mucho tiempo o interfiera con su vida cotidiana. En ese caso podríamos estudiarlo con mayor profundidad.
Salimos del consultorio algo más tranquilos.
O, al menos, eso intentamos creer.
Sin embargo, había algo que no terminaba de encajar.
Francisco jamás hablaba con aquellos niños cuando estábamos en casa.
Solo lo hacía dentro de la casona de Amelia.
Ese detalle comenzó a inquietarnos.
¿Se trataba únicamente de la imaginación de un niño?
¿O nosotros, por ser adultos, éramos incapaces de percibir aquello que él veía con tanta claridad?
En más de una oportunidad pensamos en abandonar la investigación y regresar a nuestra vida de siempre.
El miedo empezaba a hacerse lugar entre nosotros.
Pero mis hermanos insistieron en que todo aquello era pasajero y que no tenía sentido modificar nuestros planes por una fantasía infantil.
Finalmente decidimos quedarnos.
Aunque, muy en el fondo, ninguno de nosotros estaba completamente convencido de que Francisco estuviera inventando aquellas historias.