Capítulo III
La intriga
De regreso, mi familia notó enseguida que algo me ocurría. Yo solía hablar sin parar, comentar cualquier detalle del día, pero esta vez las palabras parecían haberse quedado atrapadas en algún rincón de la vieja casona.
Mamá fue la primera en romper el silencio.
—Vero, te noto distinta. ¿Te pasa algo?
Antes de que pudiera responder, Clara soltó una sonrisa burlona.
—Está calculando cuánto vale la propiedad.
Todos rieron.
Yo apenas sonreí.
No tenía ganas de explicar que, desde que había salido de aquella cocina, no conseguía quitarme de encima la sensación de que alguien me había observado.
Sin decir mucho más, seguimos camino hasta la casa de una amiga para buscar a Francisco.
Al llegar a la casa de mamá, el calor era agobiante.
Teníamos hambre y una sed insoportable. Preparamos una jarra de jugo de naranjas con abundante hielo, mientras Roberto y Néstor destapaban unas cervezas.
Mamá se puso a cocinar y nosotros, inevitablemente, volvimos a hablar del único tema que ocupaba nuestros pensamientos.
La casa.
—¿A ustedes les gustó? —pregunté con aparente indiferencia.
Clara apoyó el vaso sobre la mesa antes de responder.
—Yo jamás la había visto por dentro. Siempre la imaginé mucho más sencilla. Nunca pensé que Amelia viviera rodeada de tanto lujo.
La miré unos segundos.
—¿No sentiste algo... extraño? Sobre todo en la cocina.
Frunció el ceño.
—¿Extraño? No. Me pareció un ambiente antiguo, sí, pero también muy atractivo. Tiene una personalidad increíble.
Su respuesta me desconcertó.
Miré a Roberto.
—¿Y vos? ¿No tuviste esa sensación?
Él dudó unos segundos antes de contestar.
—No sé cómo explicarlo... pero la cocina parece pertenecer a otra casa. Es como si no encajara con el resto. Ahí abajo hay algo diferente.
Sentí un pequeño alivio.
No era la única.
Roberto había percibido la misma incomodidad.
Néstor, que hasta ese momento había permanecido en silencio, intervino con absoluta seriedad.
—Creo que deberíamos averiguar quién fue realmente la tía Amelia.
Todos dirigimos la mirada hacia mamá.
—Vos ordenaste su habitación... ¿Encontraste algo que pueda decirnos cómo era? ¿Alguna carta, una fotografía, un diario... cualquier cosa?
Mamá dejó la cuchara sobre la mesada, se secó las manos en el delantal y tomó asiento.
Permaneció unos instantes en silencio, como buscando entre los recuerdos.
—La verdad es que nunca llegué a conocerla demasiado. Amelia era una mujer muy reservada. Casi no hablaba de su vida. Pero mi papá contaba que, de joven, había sido una mujer muy hermosa. Tenía muchísimos pretendientes y, según él, siempre elegía al hombre equivocado.
Hizo una pausa.
—Frecuentaba bailes y reuniones de la alta sociedad. Era culta, elegante... distinta.
Todos escuchábamos sin interrumpirla.
—Hasta que conoció a un hombre. Creo que era un estanciero. Nadie sabe con certeza qué ocurrió entre ellos. Lo único que recuerdo es que, después de esa relación, Amelia cambió por completo. Se encerró en su casa y dejó de recibir visitas. Ni siquiera quería ver a la familia.
—¿Nunca más salió? —preguntó Clara en voz baja.
Mamá negó lentamente con la cabeza.
—Que yo sepa, no. Fue como si hubiera desaparecido sin irse. Desde entonces comenzaron los rumores. Algunos decían que había perdido la razón. Otros aseguraban que practicaba cosas extrañas.
Guardó silencio un instante.
—La verdad... nadie supo jamás qué pasó entre esas paredes.
Sin quererlo, todos dirigimos la mirada hacia las llaves que descansaban sobre la mesa.
Por primera vez comprendí que no habíamos heredado solamente una casa.
También habíamos heredado un misterio.
—¿Y si aprovechamos estos días para averiguar qué ocurrió realmente en esa casa? —propuse con una sonrisa, aunque en el fondo hablaba completamente en serio.
Mis hermanos se miraron un instante antes de responder.
—A nosotros nos parece una buena idea.
La propuesta quedó flotando en el aire.
Después de todo, no teníamos demasiados planes para aquellas vacaciones.
¿Qué mejor que reconstruir la vida de una mujer de la que, siendo parte de nuestra propia familia, sabíamos tan poco?
Nunca nos había interesado conocer su historia.
Tal vez porque, como ocurre con tantos secretos familiares, era más cómodo mirar hacia otro lado.
Sin embargo, antes de comenzar, sentimos la necesidad de hacer un pacto.
Todo lo que descubriéramos dentro de esa casa quedaría entre nosotros.
Fuera cual fuera la verdad sobre Amelia, nadie más debía conocerla.
Éramos su única familia y nos correspondía proteger su memoria, aunque eso significara enfrentarnos a hechos que preferiríamos no saber.
Si aparecían errores, dolores o episodios oscuros, los afrontaríamos juntos.
Pero nunca abandonaríamos el respeto por quien, aun después de muerta, nos había reunido allí.
Después de la siesta regresamos a la casona. Esta vez llevamos también a Francisco. Mientras él recorría los ambientes con la curiosidad propia de un niño, nosotros teníamos un objetivo completamente distinto.
Buscar respuestas.
Decidimos empezar por el dormitorio de Amelia. Siempre creí que ese era el lugar donde una persona guarda lo más valioso de su vida: cartas, fotografías, diarios, pequeños recuerdos imposibles de compartir con los demás.
Nos llamó la atención que aquella habitación estuviera tan cerca de la cocina. No parecía haber sido concebida originalmente como dormitorio, aunque con el paso del tiempo Amelia la había convertido en su refugio.
Cada uno comenzó a revisar un rincón diferente de la habitación. Abríamos cajones, examinábamos bibliotecas, roperos y viejos muebles, intentando pensar como ella.
Pero muy pronto comprendimos nuestro error.
Buscábamos las cosas donde nosotros las habríamos guardado.
No donde Amelia hubiera decidido esconderlas.
Y Amelia, empezábamos a sospecharlo, no se parecía a ninguno de nosotros.
Francisco, que apenas tenía tres años, al principio se impacientó con nuestra búsqueda. Corría de un lado a otro, abría cajones y hacía preguntas que ninguno estaba dispuesto a responder. De pronto, dejó de molestarnos.
Lo vi sentado en el piso, entretenido con unos pequeños juguetes de celuloide que habían aparecido quién sabe de dónde. Ninguno recordaba haberlos visto antes.
Sonreía.
Movía las manos como si compartiera el juego con alguien.
Por momentos parecía escuchar respuestas y asentía con la cabeza. No le dimos demasiada importancia. A esa edad los niños suelen hablar solos y su imaginación no conoce límites.
La tarde fue cayendo mientras clasificábamos todo aquello que nos parecía digno de conservar. Íbamos llenando cajas de cartón con paciencia, convencidos de que, tarde o temprano, encontraríamos alguna pista sobre la vida de Amelia.
Pero no aparecía nada.
Solo objetos antiguos, recuerdos dispersos y mucho silencio.
En el fondo de un ropero encontramos una pila de revistas viejas. Sus hojas amarillentas estaban recortadas, como si alguien hubiera arrancado cuidadosamente fotografías y anuncios para pegarlos en algún álbum.
A un costado apareció una caja forrada en tela blanca, adornada con delicadas puntillas. La cerraban dos grandes moños: uno rosa y otro celeste.
La abrimos con curiosidad.
Dentro había escarpines, batitas, mantitas tejidas al crochet, pañales de tela, pequeñas sábanas bordadas a mano...
Todo estaba impecablemente conservado.
Era un ajuar completo para un recién nacido.
Nos quedamos en silencio.
Amelia nunca había tenido hijos.
¿O sí?
Nadie de la familia había mencionado jamás esa posibilidad.
Seguimos revisando.
Entre pieles, camisas, pantalones, sacos y viejos pulóveres apareció un guardarropa masculino completo.
Nos miramos desconcertados.
—¿Para qué guardaría toda esta ropa? —preguntó Clara.
Nadie respondió.
Cada hallazgo parecía abrir una nueva pregunta.
Y ninguna tenía respuesta.
En ese instante un fuerte ruido, seco y repentino, resonó desde la cocina.
Todos nos sobresaltamos.
Los hombres fueron los primeros en bajar. Encendieron las luces y revisaron cada rincón.
No encontraron absolutamente nada.
Mientras ellos regresaban, mamá abrió su cartera y comenzó a colocar pequeñas figuras de ángeles sobre algunos muebles de la casa.
La observamos con curiosidad.
—¿Y eso? —pregunté sin poder ocultar una sonrisa—. ¿Desde cuándo hacés estas cosas?
Ella siguió acomodando las figuras con absoluta tranquilidad.
—Ríanse si quieren. Pero no son tonterías.
Levantó la vista.
—Hace años empecé a leer libros sobre espiritualidad. Aprendí muchas cosas... a proteger los lugares, a aquietar mi espíritu y a percibir aquello que no siempre puede verse.
Nos quedamos mirándola.
Nunca la había escuchado hablar de esa manera.
—¿De verdad creés que eso funciona? —pregunté.
—No necesito que lo crean ustedes. Yo solo sé que siempre protegí a mi familia de esta forma.
Me encogí de hombros.
—Seguro fue un gato.
Mamá dejó de sonreír.
—Vos nunca tomás en serio nada de lo que digo.
Su voz sonó dolida.
Enseguida comprendí que había sido injusta. No importaba si yo compartía o no sus creencias. Había ridiculizado algo que para ella era importante.
Me acerqué y la abracé.
—Perdoname, mamá.
Ella me acarició la mano sin decir una palabra.
Poco después decidimos dar por terminada la búsqueda. La noche había caído y regresaríamos temprano al día siguiente.
Esa noche, antes de dormir, no pude dejar de pensar en sus palabras.
Siempre había considerado aquellas cuestiones como simples supersticiones. Sin embargo, algo había cambiado.
No porque hubiera empezado a creer.
Sino porque, por primera vez, sentía que la casa parecía obligarme a cuestionar todo aquello que hasta entonces había dado por cierto.
Y aún no imaginaba que ese sería apenas el primero de muchos misterios que el destino tenía preparados para nosotros.
Esa noche, mientras yo terminaba de ordenar algunas cosas, Roberto se ocupó de bañar a Francisco. Como de costumbre, el baño terminó convirtiéndose en un momento de juegos y risas.
Fue entonces cuando el pequeño, con la naturalidad propia de un niño de tres años, comenzó a contarle algo que llamó la atención de Roberto.
—¿Sabés, papá? En la casa jugué con unos chicos.
Roberto sonrió mientras le enjuagaba el cabello.
—¿Ah, sí? ¿Y dónde estaban?
—Ellos me prestaron los juguetes.
—¿Cómo eran esos chicos?
Francisco pensó unos segundos.
—Un nene y una nena... pero eran más chiquitos que yo.
—¿Y cómo se llamaban?
El niño se encogió de hombros.
—No me dijeron.
Roberto siguió el juego.
—¿Y qué hicieron?
—Jugamos un rato... Después me dijeron que vuelva mañana porque quieren jugar a las escondidas.
Hubo un breve silencio.
—¿Y cómo estaban vestidos?
—Con ropa rara... como la de antes.
Roberto soltó una risa.
—¡Qué imaginación tenés!
No le dio mayor importancia. Como tantos niños de su edad, Francisco inventaba historias, hablaba con amigos invisibles y era capaz de construir mundos enteros con solo un par de juguetes. Nada de aquello parecía fuera de lo normal.
De hecho, no era la primera vez que ocurría.
Más de una tarde lo había escuchado conversar animadamente con alguien mientras jugaba solo en el patio.
Otras veces, cuando aparecía un juguete roto, señalaba un rincón de la habitación y aseguraba que habían sido "sus amigos".
Nosotros sonreíamos y seguíamos con nuestras tareas, convencidos de que era simplemente la imaginación propia de un niño de tres años.
Ninguno de nosotros sospechó, aquella noche, que Francisco tal vez no estaba inventando nada.
Ni que los únicos capaces de ver ciertas presencias son, a veces, quienes todavía conservan intacta la inocencia.
El cansancio pesaba más que cualquier diálogo, porque cuando se juntan la fuerza bruta, y la mental, el cuerpo se agota.
Aquella noche casi no dormí.
Cada vez que lograba cerrar los ojos volvía a verla.
Era Amelia.
No la conocí joven, pero en el sueño aparecía con un vestido claro, el cabello cuidadosamente recogido y el rostro marcado por una tristeza imposible de describir.
Estaba encerrada en aquella cocina. Golpeaba la puerta con desesperación, como si quisiera salir y nadie pudiera escucharla.
Después la veía arrastrarse con dificultad por la escalera, intentando alcanzar la luz mientras extendía una mano hacia mí.
No pronunciaba una sola palabra.
Y, sin embargo, yo comprendía que estaba pidiendo ayuda.
Me desperté sobresaltada varias veces. El corazón me latía con fuerza y la sensación de angustia no desaparecía. Cuando el reloj marcó las cinco de la mañana, comprendí que ya no volvería a dormir.
Me levanté en silencio y fui a la cocina a prepararme el desayuno.
Pocos minutos después apareció Clara.
Nos miramos.
No hizo falta decir nada.
Detrás de ella llegó mamá. Bastó cruzar una mirada para comprender que las tres compartíamos la misma inquietud. Algo había cambiado desde que habíamos entrado en aquella casa.
El silencio terminó rompiéndolo Clara.
—Mamá... ¿estás segura de que no sabés nada del pasado de la tía Amelia?
Ella apoyó lentamente la taza sobre la mesa.
—¿Por qué están tan convencidas de que yo sé algo?
Suspiró antes de continuar.
—La verdad es que no conozco su historia con certeza. Lo único que puedo decirles es que debió de haber sido una mujer profundamente triste. Su vida estuvo marcada por la soledad, el encierro... y, de alguna manera, por el destierro de su propia familia.
—¿Destierro? —pregunté sin ocultar mi sorpresa.
La palabra me resultó extraña, antigua, como si perteneciera a otra época.
Mamá asintió.
—Sí. Por alguna razón que nunca llegué a conocer, la familia dejó de frecuentarla.
Cuando yo era chica todavía la veía de vez en cuando.
Siempre estaba impecablemente vestida. Era elegante, culta y muy generosa.
Ayudaba a cualquiera que lo necesitara. Para ella no existían diferencias de religión, de dinero ni de clase social. Trataba a todos con el mismo respeto.
Guardó silencio unos segundos.
—Y, sin embargo, un día ocurrió algo.
Bajó la mirada.
—Después de eso, todos le dieron la espalda.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿También el abuelo?
Mamá tardó unos instantes en responder.
—No. Papá seguía visitándola... pero lo hacía a escondidas. Nunca hablaba de ella delante del resto de la familia. Era un tema prohibido. En aquellos tiempos, cuando los mayores decían que de algo no se hablaba... simplemente no se hablaba.
Ninguna volvió a preguntar.
Nos quedamos en silencio, dejando que mamá recorriera sus recuerdos. Teníamos la esperanza de que, si no la interrumpíamos, alguna imagen olvidada regresaría por sí sola.
Intuíamos que la verdadera historia de Amelia todavía permanecía escondida.
Y que la casa, tarde o temprano, terminaría obligándonos a descubrirla.