Más allá de los planos: Los secretos de tía Amelia Capítulo II #2
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Capítulo II #2

Caminamos hacia la derecha y vimos otra puerta de las mismas dimensiones, que todo lo que habíamos visto hasta el momento.

Al abrirla nos encontramos con un dormitorio un poco extraño para nuestro gusto.

Debe haber sido el comedor por la cercanía con la cocina.

Una cama bastante amplia, de esas antiguas, estilo Luís XV, roperos y mesas de luz del mismo estilo.

Los veladores eran de cristal, del más fino cristal y como dije, estábamos acostumbrados a lo moderno y convencional.

En nuestras viviendas no había demasiado espacio.

Queríamos conocer todo en instantes, la ansiedad nos carcomía por dentro. Todo era desconocido para los cinco, desde encontrarnos con semejante casa, y poder tocar e indagar entre las cosas de tía Amelia, hasta usar la empatía para situarnos en su lugar. Era fabuloso.

A mamá se le ocurrió abrir el ropero, y qué sorpresa, las pieles desde un tapado de visón hasta una estola de zorro; vestidos de las mejores telas y de los más caros modistos de la época.

Zapatos, muchos, todos de taco aguja. Eso que estábamos viendo era mucho para nosotros.

Cuándo nunca habíamos estado en contacto con cosas tan caras. No éramos pobres, pero tampoco ricos.

Al borde de la cama había un baúl, tapado con la una manta bordada a mano que desentonaba con lo encontrado en el ropero. No todo lo que reluce es oro, decía doña Sofía, una vecina bastante bien hablada. Y en este caso tenía razón.

Como no habíamos recorrido ni la cuarta parte de la casa, seguimos adelante con nuestro objetivo.

Al salir del gran salón nos encontramos con una puerta cerrada.

Empujé el picaporte y, apenas comenzó a abrirse, un crujido largo y profundo rompió el silencio de la casa.

Era el mismo sonido que uno imagina en las antiguas mansiones de los relatos de fantasmas.

Nos quedamos inmóviles unos segundos, escuchando cómo la madera parecía quejarse después de tantos años de quietud.

Junto a la puerta colgaba un viejo teléfono negro de pared. Era pesado, de esos aparatos antiguos cuyo tubo descansaba sobre una horquilla metálica que hacía un inconfundible clic al levantarlo. Parecía formar parte de la historia de la casa, como si hubiera esperado décadas para volver a sonar.

Del otro lado comenzaba una escalera angosta que descendía hacia la cocina.

A medida que bajábamos, la temperatura parecía disminuir y la luz se volvía cada vez más escasa. La presencia de Roberto y de Néstor me dio la tranquilidad suficiente para continuar, aunque una extraña inquietud comenzaba a instalarse en mi pecho.

La cocina era enorme. El piso de baldosas rojas contrastaba con las largas mesadas de mármol que recorrían las paredes. Todo conservaba un aire antiguo. Una pesada puerta de chapa comunicaba con un patio completamente abandonado, donde las malezas parecían haber ganado la batalla contra el tiempo.

No pude evitar imaginar a las personas que habrían pasado tantas horas allí.

Pensé en cocineras, empleados, conversaciones apagadas, ollas humeantes y jornadas interminables.

La habitación tenía algo severo, casi opresivo.

Sus muros gruesos y la escasa luz le daban un aspecto que, por momentos, recordaba a una vieja prisión.

Entonces ocurrió.

Un escalofrío me recorrió lentamente la espalda.

No escuché ningún ruido.

No vi a nadie.

Y, sin embargo, tuve la certeza de que no estaba sola.

Era una sensación tan intensa que giré de inmediato, convencida de encontrar a alguien detrás de mí.

No había nadie.

Respiré hondo, intenté convencerme de que solo era producto de mi imaginación y, casi sin darme cuenta, apresuré el paso para salir de aquel lugar.

Todavía con el escalofrío recorriéndome la espalda, busqué la compañía de los demás. Necesitaba escuchar voces, comprobar que todo seguía siendo real.

Cada uno ya se había entregado a su tarea. Clara limpiaba el gran salón; mamá había comenzado a ordenar el dormitorio principal; Roberto revisaba el baño de la planta baja y Néstor recorría las demás habitaciones. Solo quedaban la cocina, el primer piso y el jardín.

No tenía intención de volver a entrar en aquella cocina.

Preferí salir a una pequeña terraza que comunicaba con el jardín a través de una escalera de piedra.

El abandono era evidente. Los yuyos crecían sin control entre las baldosas y las ramas secas cubrían buena parte del terreno. Solo un viejo jazmín seguía aferrado al muro del fondo, regalando unas pocas flores blancas cuyo perfume parecía resistirse al paso del tiempo.

Me puse unos guantes y comencé a arrancar la maleza.

No porque el jardín me interesara especialmente, sino porque necesitaba mantener las manos ocupadas.

Trabajar era la mejor manera de convencerme de que no había nada que temer...

y, sobre todo, de que los demás no advirtieran el miedo que todavía intentaba disimular.

Junto al dormitorio principal nacía una elegante escalera de mármol que conducía al piso superior. Allí encontramos cuatro habitaciones y una amplia sala que, por su distribución, parecía haber sido un antiguo cuarto de juegos.

La casa era inmensa.

Éramos cinco personas y, aun así, cada uno parecía perderse dentro de aquel laberinto de pasillos, puertas y techos altísimos. Más que una casa, era una verdadera mansión.

El silencio resultaba llamativo. Solo se oía, de vez en cuando, el roce de una escoba, el golpe de un balde o el chirrido de alguna ventana al abrirse. Cada uno estaba tan concentrado en su tarea que las horas pasaron casi sin darnos cuenta.

Al llegar el mediodía, el hambre nos obligó a hacer una pausa. Cerramos cuidadosamente todas las puertas, aunque dejamos algunas ventanas abiertas para que el sol y el aire renovaran el ambiente y disiparan el persistente olor a humedad.

Mientras nos alejábamos, no pude evitar volver la vista hacia la casa.

Por un instante tuve la extraña sensación de que sus altos ventanales nos observaban partir, como si supieran que, tarde o temprano, regresaríamos para descubrir aquello que todavía ocultaban sus paredes.