Más allá de los planos: Los secretos de tía Amelia Capítulo II
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Capítulo II

La sorpresa

Mientras terminábamos de prepararnos para salir, llamaron a la puerta.

A veces, una historia cambia de dirección con un golpe en la puerta. Aquella mañana todavía no lo sabíamos.

Al abrir, nos encontramos con un hombre de porte impecable. Vestía un traje gris perfectamente planchado y una corbata de colores sobrios que contrastaba con el bisogné que llevaba, detalle que le daba un aire particular. Con una educación casi ceremoniosa, preguntó por mi madre.

La llamé. Todavía estaba en su habitación, terminando de arreglarse. Mamá jamás salía de su casa sin antes colocarse un collar, unos aros y alguna pulsera de colores. La elegancia era una costumbre que nunca había abandonado.

Nos miramos entre los tres con curiosidad.

—Debe de ser otro pretendiente —murmuró Néstor en voz baja.

No pude evitar sonreír.

Mamá apareció pocos minutos después y lo hizo pasar al living. El hombre se presentó como escribano y, tras intercambiar unas palabras, abrió su portafolios de cuero. Sacó un sobre y un antiguo llavero de bronce que depositó con cuidado sobre la mesa.

El silencio se apoderó de la habitación.

Nosotros observábamos la escena sin comprender.

Cuando el escribano se retiró, fue imposible contener la curiosidad.

—¿Esa era la sorpresa? —pregunté.

Mamá asintió con una serenidad que me desconcertó.

—Pero... ¿compraste una casa? —dije casi sin poder ocultar mi preocupación. Hasta donde yo sabía, no tenía dinero para hacer una inversión semejante.

Ella me miró fijamente y negó con la cabeza.

—No, Verónica. Yo no compré nada.

Sentí un escalofrío.

—Entonces... ¿de quién son esas llaves?

Mamá las tomó entre sus manos como si sostuviera un recuerdo.

—¿Se acuerdan de la tía Amelia? La hermana de papá.

—Sí... —respondimos los tres al mismo tiempo.

¿Cómo olvidarla?

Era aquella tía de la que todos hablaban en voz baja. La mujer a la que algunos llamaban bruja, otros decían que estaba loca, y de la que los chicos del barrio inventaban historias cada vez más extrañas. Nadie parecía conocer la verdad.

Mamá respiró hondo antes de continuar.

—Amelia murió hace unas semanas.

Ninguno dijo una palabra.

—Y me dejó su casa.

Néstor frunció el ceño.

—¿Pero por qué a vos?

Mamá sonrió apenas, como si corrigiera un malentendido.

—No, Néstor. No me la dejó a mí.

Hizo una pausa y recorrió nuestros rostros con la mirada.

—Nos la dejó a nosotros. Esta herencia también les pertenece a ustedes.

—Escuchen bien —dijo mamá, sosteniendo el testamento entre las manos—. Amelia dejó escrito que la casa será para mí mientras viva. Pero también dispuso que ustedes puedan ocuparla cada vez que regresen a la ciudad.

Hizo una pausa y volvió a leer uno de los párrafos.

—Hay algo más...

Levantó la vista, desconcertada.

—Dice que, por haberme atrevido a tener tres esposos, merezco algo más. La verdad es que no entiendo qué quiso decir con eso.

Guardó silencio unos instantes y luego sonrió con resignación.

—En fin... ya habrá tiempo para descubrirlo. Lo importante es que la casa existe y me gustaría que me acompañaran a conocerla.

El escribano esperó pacientemente a que mamá firmara el acta de entrega. Una vez cumplidas todas las formalidades, se despidió con una leve inclinación de cabeza y abandonó la casa.

Durante unos segundos ninguno habló.

No todos los días alguien heredaba una casa.

Y menos una casa llegada de la nada, de una mujer sobre la que siempre habían pesado el misterio y los rumores.

En aquellos años ninguno de nosotros tenía demasiados bienes.

Trabajábamos sin descanso y, aun así, el dinero apenas alcanzaba para vivir.

Mis hermanos habían seguido sus vocaciones y Roberto y yo hacíamos lo imposible por salir adelante.

Eran tiempos en los que el país parecía ofrecer oportunidades; con la convertibilidad muchos nos habíamos entusiasmado comprando electrodomésticos y soñando con un futuro más cómodo.

Sin embargo, esa herencia representaba algo completamente distinto.

No era solo el valor material de una propiedad.

Era una puerta que se abría hacia un pasado que apenas conocíamos.

Mientras escuchaba a mamá, mi cabeza no dejaba de dar vueltas. Una parte de mí imaginaba cómo sería aquella casa y otra no podía dejar de preguntarse por qué Amelia había tomado esa decisión. ¿Qué esperaba de nosotros? ¿Qué significaba ese extraño mensaje escondido en el testamento?

La verdad era que apenas recordaba esa vivienda. Conservaba una imagen borrosa de su fachada, como un recuerdo de la infancia que el tiempo hubiera ido desdibujando. Nada más.

Y, sin embargo, estaba a punto de cruzar una puerta que cambiaría mi vida para siempre.

Como ya era tarde, preparamos una comida sencilla y comenzamos a organizar todo lo necesario para la mañana siguiente.

Juntamos baldes, cepillos, trapos de piso, detergente, lavandina y cuanto elemento de limpieza encontramos.

Dábamos por hecho que, después de más de un mes cerrada —hacía exactamente un mes y tres días que Amelia había muerto—, la casa estaría cubierta de polvo y abandono.

A la mañana siguiente salimos temprano. Viajamos los cinco en silencio, como si cada uno intentara imaginar qué encontraría detrás de aquella puerta que había permanecido cerrada durante tantos años.

Al llegar, nadie bajó del auto enseguida.

Nos quedamos contemplándola.

Las palabras no alcanzaban para describir lo que sentíamos. No era solo porque, de algún modo, ahora formaba parte de nuestra historia. Era porque aquella construcción imponía una presencia difícil de explicar. Parecía observarnos desde otra época, aguardando pacientemente nuestro regreso.

El tiempo se había detenido allí.

Sobresalía entre todas las casas de la cuadra.

Su arquitectura, de Clara influencia europea, conservaba una elegancia que el paso de los años no había conseguido borrar.

Los altos ventanales, las molduras, los techos elevados y la pesada puerta de madera maciza le daban un aire solemne, casi aristocrático.

Ubicada en una esquina, ocupaba un cuarto de manzana.

Frente al tapial, los jazmines trepaban desordenadamente, perfumando el aire con una fragancia suave que contrastaba con el silencio del lugar.

La fachada, orientada hacia el sudeste, recibía la luz de la mañana, que resaltaba cada detalle de sus paredes envejecidas.

A pesar de la ausencia de Amelia, la casa seguía en pie con una dignidad conmovedora. No parecía abandonada.

Parecía estar esperando.

Y, por primera vez, tuve la extraña sensación de que no éramos nosotros quienes habíamos llegado hasta ella.

Era la casa la que, de algún modo, nos había llamado.

Se ingresaba por un imponente portón de madera, protegido por un barniz color miel que aún conservaba su brillo. Apenas se cruzaba el zaguán aparecían los siete escalones que conducían a la puerta principal.

Siete.

No pude evitar detenerme a contarlos.

Siempre me había fascinado ese número. Siete son los días de la creación, los colores del arcoíris, las notas musicales, las maravillas del mundo.

Los antiguos lo consideraban un número perfecto, nacido de la unión entre el tres, símbolo de lo celestial, y el cuatro, representación de la tierra. La unión de lo divino con lo humano.

Mientras apoyaba el pie sobre el primer escalón, una idea cruzó fugazmente por mi mente.

Quizá Amelia no había elegido aquella casa por casualidad.

Quizá aquellos siete escalones fueran mucho más que una simple entrada.

Al llegar arriba nos encontramos frente a una puerta de vidrios biselados y un pesado picaporte de bronce, desgastado por el paso de los años. Al empujarla, la casa pareció despertar.

Nos recibió un salón inmenso.

Los sillones de terciopelo púrpura destacaban sobre el piso de granito blanco y negro, cuyas piezas dibujaban un gran círculo concéntrico en el centro de la habitación.

Al levantar la vista descubrimos una monumental araña de bronce y cristal.

Debía tener más de treinta luces en forma de vela, suspendidas sobre nuestras cabezas como un cielo propio.

Hacia el sur, un gran vitral filtraba la luz de la mañana, tiñéndola de colores que se deslizaban lentamente sobre el piso.

En una de las paredes descansaba un antiguo hogar de mármol y, sobre él, un cuadro al óleo tan deteriorado que apenas permitía distinguir las figuras.

Lo rodeaba un ancho marco de madera tallada con delicados detalles dorados.

El cielorraso era una obra de arte. Alguien había pintado guardas florales que recorrían toda la habitación formando otro círculo alrededor de la araña central. Eran rosas entrelazadas con una precisión admirable, como si el techo hubiera sido concebido para acompañar el dibujo del piso.

Todo parecía ocupar exactamente el lugar que le correspondía.

No había un solo objeto fuera de armonía.

Aquella entrada poseía una belleza difícil de explicar. Era elegante, seductora y, al mismo tiempo, inquietante. Había algo en el aire que invitaba a permanecer allí, como si la casa respirara en silencio y nos observara desde cada rincón.

Nos quedamos inmóviles.

Ninguno fue capaz de decir una palabra.

Solo cruzábamos miradas.

Y, sin necesidad de hablar, comprendí que todos estábamos pensando exactamente lo mismo: aquella no era una casa cualquiera.

Néstor rompió el silencio diciendo:

—¿Qué hacemos acá parados? Entremos, entremos. La sonrisa de su cara estaba dibujada.

-Ni lo digas, esto es fantástico. Dije eufórica.

Estábamos acostumbrados a vivir en departamentos pequeños, pero modernos. Esto era increíblemente grande, hermoso y arquitectónicamente envidiable.