Más allá de los planos: Los secretos de tía Amelia Capítulo I #3
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Capítulo I #3

Como tantas otras cosas le gustaba dejarnos con la intriga, así que pasamos parte del día haciendo actividades que nunca podíamos hacer.

Visitamos el Banco Pelay. Cargamos un montón de cosas como los gitanos hacia la playa, los sillones, las reposeras, la heladerita, la sombrilla.

Luego de ubicar todas las cosas, como en un pequeño campamento a la orilla del río, nos tomamos todo el sol, charlamos y recorrimos la playa de punta a punta.

Roberto, Néstor y Francisco disfrutaban jugando a la pelota.

Yo solo podía pensar. Esos recuerdos que están incrustados en mi memoria sensitiva.

Era lo que la playa representaba para mí.

Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de mis pensamientos, en uno de los lugares más hermosos de la ciudad.

Es una playa de arenas doradas y limpias, donde se conjuga la belleza de los verdes de los árboles y el agua Clara.

La flora y la fauna del lugar todavía sigue intacta a pesar de los adelantos.

Se ubica en la Isla de las Garzas, sobre el Río Uruguay, a unos 5 km del centro de la ciudad.

Detrás de lo que es la playa, la zona de camping y los negocios está virgen, es decir se conserva el monte y las lagunas.

Recuerdo que fue justo ahí donde Roberto llegó a mi vida.

Todo parece generarse desde la playa, el cielo, y el olor a madera y la arena mojada que se funde con el viento y te llega hondo.

Bien profundo y es entonces, que conoces el amor.

La arena dorada, crujiente y pura se te adhiere al cuerpo y a la tardecita, todavía tibia, tus sensaciones se vuelven más intensas.

Cada caricia y cada apretón de mano simbolizan el amor.

El río Uruguay también llamado Río de los Pájaros estaba sereno.

Las embarcaciones rompían el espejo y dejaban pequeñas olas que rompían en la playa.

Sentados en la arena mirando hacia el río, observábamos la costa uruguaya, a lo lejos en el espejo de agua se reflejaban las luces de Casablanca.

Les contaba a mis hermanos que ese lugar que nos intrigaba tanto, es una ciudad como cualquiera, con su hermosura.

Uno de los lugares que habíamos tenido oportunidad de visitar de paso por el Uruguay en estas vacaciones.

Casablanca, ubicado a orillas del Río Uruguay en el departamento de Paysandú es un lugar único.

Sus características son muy particulares.

No tiene el típico busto de Artigas, prócer que suele coronar la plaza central de cada pequeña localidad uruguaya.

En su lugar, una chimenea de ladrillo rojo funciona como símbolo de identidad y centro neurálgico de la vida de sus 400 o más habitantes.

Es la de un frigorífico, propietario de cada centímetro del pueblo.

Lo fundó por 1850 el dueño de lo que en aquel entonces era un saladero y que después se convirtió en frigorífico.

Hoy el gobierno quiere que sea un pueblo histórico.

Está dividido en dos partes. La baja, a orillas del río.

Las casas blancas y con techo a dos aguas de teja, típicas de la época colonial, están escondidas entre santarritas, acacias, paraísos y sauces. Casi no hay autos.

Cuando el sol se acostó en el horizonte regresamos a casa. La cola de autos que se forma para salir a esa hora pico, estaba a pleno. Solo tuvimos que armarnos de paciencia para recorrer ese camino.

Luego de sacudirnos de la arena, sacamos los sillones y nos sentamos en la vereda.

Néstor sacó la manguera para refrescar un poco y Roberto la aprovechó para lavar el auto.

Era el momento de mate amargo y chistes.

El mate, dije, y sin pensar mucho conté lo que me gustaba investigar: que deliciosa bebida, pensar que es el proceso de una planta, que era el alimento básico de los indios guaraníes.

La llamaban CAA-MATE, que CAA significa en su idioma planta o hierba y MATE, de mati que es una calabacita que se usa para beber en aquella época.

Cuentan las historias que los guaraníes sorbían el mate de bombillas que ellos mismos hacían con cañas diminutas.

Luego los conquistadores españoles aprendieron y se adueñaron de la tradición.

Hoy toda la Argentina toma mate. Hay un sin número de leyendas de su origen.

Una es la leyenda de Caá-yarií, diosa protectora de la yerba mate.

Dice que una de las tribus se había detenido en las laderas de las sierras.

Un indio viejo y cansado, no pudo seguir a los que partieron siguiendo el espíritu errante de los suyos, y se quedó en la selva en compañía de su hija, Yarii.

Un día a la tarde cuando el sol caía, llegó hasta el lugar una persona que por sus características no era del lugar.

El anciano lo invitó a pasar, le dio de comer el plato más preciado por los guaraníes, el Tambú que es un gusano que se cría en los árboles y un Acutí, al fuego, roedor de la zona.

En agradecimiento el visitante, que no era otro que un enviado de Tupá (el dios del bien), les ofreció un planta que hizo brotar, nombrando Diosa protectora a Yarií, y a su padre, como custodia.

También les enseñó a preparar la amarga y exquisita infusión, y que hoy es una expresión de hospitalidad.