Capítulo I #2
Los grandes ventanales de la casa se abrían hacia un jardín impecable.
Las rosas y jazmines florecían entre el césped perfectamente cuidado, y el viento entraba por las ventanas llevando consigo un perfume dulce que impregnaba cada rincón.
Todo parecía rebosar de vida, como si la naturaleza se empeñara en recordarnos que siempre existía la posibilidad de volver a florecer.
Solo mamá parecía haberse olvidado de sí misma.
Nunca descuidó su manera de vestir. Conservaba la elegancia de siempre y esa delicadeza que la distinguía. Sin embargo, había dejado de cuidar su propio cuerpo. La ansiedad y las decepciones habían ido apagando lentamente a aquella mujer hermosa que yo recordaba.
En aquel entonces me costaba comprenderla.
Me indignaba verla renunciar a sí misma y me preguntaba cómo alguien tan bello podía haber dejado de amarse.
Años después entendí que no era una cuestión de voluntad.
Hay dolores que terminan convenciendo a las personas de que ya no merecen el mismo cuidado que entregan a los demás.
Cuando nos dimos cuenta, ya eran las dos de la madrugada. El cansancio del viaje empezaba a hacerse sentir y decidimos irnos a dormir.
Antes de acostarnos, Roberto y yo compartimos un momento de intimidad.
El agua tibia de la ducha parecía llevarse el polvo del camino y también las preocupaciones.
Nos abrazamos en silencio, disfrutando de esa calma que solo aparece cuando el tiempo deja de correr.
Aquella casa tenía un significado especial para nosotros.
Había sido testigo de muchos momentos compartidos y, cada vez que regresábamos, despertaba recuerdos que parecían seguir vivos entre sus paredes.
La ausencia de horarios y obligaciones hizo que durmiéramos hasta bien entrada la mañana. Lo único que deseábamos era disfrutar de esos días en familia y dejarnos cuidar por mamá, que, fiel a su costumbre, nos sorprendió llevándonos el desayuno a la cama.
Con la picardía de quien conoce la importancia de regalarles un poco de privacidad a los hijos, se llevó a Francisco de compras.
Caminaron por el barrio con las clásicas bolsas tejidas al crochet que ella misma confeccionaba.
Bajo el brazo llevaba también el monedero y una botella para comprar gaseosa.
Eran costumbres sencillas que todavía sobrevivían en Concepción del Uruguay, una ciudad donde la tranquilidad seguía formando parte de la vida cotidiana.
Para nosotros había preparado café con leche, tostadas con manteca y jugo de naranjas recién exprimido.
Desayunamos sin apuro, conversando y riéndonos de anécdotas del viaje.
Cuando Roberto dejó la bandeja sobre la mesa de luz y nos dispusimos a seguir disfrutando de la mañana, el timbre interrumpió el silencio de la casa.
Me puse la bata y fui a abrir.
Del otro lado estaban Clara y Néstor.
—¡No lo puedo creer! —exclamé.
Nos abrazamos con la emoción de quienes llevan demasiado tiempo sin verse.
Vivían en el sur del país y los encuentros eran escasos, por eso aquella visita inesperada nos llenó de alegría.
Más que mis hermanos, siempre habían sido mis amigos.
La distancia nos obligaba a mantenernos unidos a través de llamadas, cartas y, con el paso de los años, también por correo electrónico.
Pero nada podía compararse con volver a tenerlos frente a mí, compartiendo el mismo abrazo.
Llamé a Roberto con un grito para avisarle quiénes habían llegado. Mi alegría se desinfló un poco cuando, frunciendo el ceño y levantando la ceja derecha, preguntó: —¿Qué hacen acá?
—Nosotros vinimos porque nos llamó mamá. Respondieron tan sorprendidos como nosotros-
—¿Y ustedes? —preguntó Clara.
—Roberto y yo vinimos por casualidad. Respondí como si estuviera en el lugar equivocado y a la hora equivocada.
—Mira vos, por casualidad. -Hum-. Las casualidades no existen, algún motivo debe haber. Dijo Clara advirtiéndome.
Así la sorpresa fue mutua.
Pasado el momento nos sentamos alrededor de la mesa de la cocina. Roberto preparaba café para Clara y yo mate para Néstor, la cuestión era desayunar, habíamos sido interrumpidos en el momento menos indicado, eso ya no importaba.
Pasada una hora vimos que mamá no regresaba y nos llamó la atención. Pero parece que las mujeres tenemos más intuición que los hombres y nos dimos cuenta de que algo pasaba. A mí se me ocurrió decir:
—¡Ya lo sabía! Meciendo la cabeza de un lado a otro, y bajando la mirada. Mi rostro debe haber estado colorado de rabia porque sentía que iba a explotar.
—¡Siempre lo mismo! Exclamó Clara, Golpeando sus piernas con las manos abiertas.
Problemas en puerta.
El ruido de la llave y el picaporte de la puerta delataron la presencia de nuestra madre. Ya dentro de la casa y luego de saludar a mis hermanos, con fuertes abrazos les preguntaron por qué los había hecho venir tan aprisa desde tan lejos. Y ella les respondió que era una gran sorpresa.
Mi duda era si molestaba, a mí no me había llamado, entonces le pregunté, pero ella con una gran sonrisa me dijo que sabía que pasaría a visitarla ya que nos quedaba de camino.
Conforme con la explicación aquieté mi indignación.