Más allá de los planos: Los secretos de tía Amelia
© inepub.com
Capítulo I
El regreso
Dicen los filósofos que todo sucede en un instante, y que la vida solo es un paso entre la tierra y el cielo. Es una lucha continua entre el bien y el mal. Y allí, insertos en el mundo, nosotros, simples seres humanos.
En enero, regresábamos mi esposo, mi pequeño hijo Francisco y yo, de unas pequeñas vacaciones de verano desde Punta del Este.
Era la primera vez que habíamos visto el mar.
El calor y el agua salada nos habían dado un tono bronceado.
Aunque fueron cortas, dos semanas para ser exactos, nos sentíamos sin cansancio y de buen humor.
De camino le iba mostrando a Francisco los interminables campos verdes que distinguen a Entre Ríos. Hectáreas y hectáreas de cultivos se extendían a ambos lados de la ruta como un manto vivo, meciéndose suavemente con el viento.
La Ruta Nacional 14 estaba inusualmente despejada. Al acercarnos al cruce con la Ruta 39, Roberto, mi esposo, hizo la propuesta que yo había estado esperando.
—¿Y si pasamos a saludar a tu mamá?
Sonreí. Sabía que lo diría. Habría sido casi un sacrilegio estar tan cerca de Concepción del Uruguay y no entrar. Acepté sin pensarlo.
Los semáforos nos obligaron a avanzar despacio, y ese ritmo pausado resultó ser un regalo.
Mientras recorríamos las calles, los recuerdos comenzaron a brotar uno tras otro.
Cada esquina despertaba una historia, cada árbol parecía conservar un pedazo de mi infancia.
La ciudad estaba más hermosa de lo que la recordaba.
Con Roberto siempre la habíamos llamado "el paraíso".
Y no era una exageración. Todavía conservaba esa calma que parecía haberse perdido en tantos otros lugares.
Se podía caminar sin miedo, los chicos iban solos en bicicleta al club y regresaban al caer la tarde, y las puertas de las casas permanecían sin llave porque la confianza seguía siendo parte de la vida cotidiana.
Era una ciudad donde el tiempo parecía resistirse a correr con la prisa del resto del mundo.
No fue una casualidad que nuestras vacaciones nos llevaran tan cerca de mi lugar de origen.
Siempre se vuelve al sitio donde una vez se fue feliz, o donde quedaron las heridas que nunca terminan de cerrar.
Es como si una parte de nosotros permaneciera allí, esperando el regreso.
La historia de cada vida comienza a tejerse desde el nacimiento en un lugar preciso, y por más que uno intente alejarse, los hilos invisibles de la memoria siempre encuentran la forma de conducirnos de vuelta.
Durante años creí que ese era el lugar más difícil al que podía regresar. Sin embargo, mientras avanzábamos por la ruta, preferí no detenerme demasiado en esos pensamientos.
Lo importante era volver a ver a mi madre. La extrañaba profundamente. Pero, al mismo tiempo, los conflictos de mi infancia seguían agazapados en algún rincón de mi memoria, como brasas ocultas bajo las cenizas, listas para encenderse con el menor soplo del pasado.
—¿Entramos? —preguntó Roberto.
Asentí sin discutir. Aun así, una inquietud comenzó a instalarse en mi pecho, como un presentimiento imposible de explicar. Mamá era una parte esencial de mi vida, y Roberto lo sabía mejor que nadie.
A medida que nos acercábamos a mi casa natal, comprendí que, a pesar de todo, deseaba regresar. No importaba cuánto ese lugar hubiera intentado absorberme, dominarme o despertar en mí una furia que creía olvidada. Había algo más fuerte que el rencor: el llamado de las raíces.
La ciudad donde vivía desde hacía años ya no me pertenecía. El ruido constante, el apuro, la indiferencia de la gente... todo comenzó a resultarme insoportable. Me había cansado de depender de largos viajes para resolver cada aspecto de mi vida y de sentir que el tiempo nunca alcanzaba.
Anhelaba otra existencia. Quería construir un futuro con mis propios medios, ganar mi sustento y conquistar, al fin, la libertad que durante tanto tiempo había perseguido.
Sin embargo, el tiempo tiene una extraña manera de enseñarnos.
Con los años comprendí que nunca nos marchamos del todo de los lugares que nos formaron.
Siempre queda algo de nosotros esperándonos allí, y regresar no significa volver a empezar, sino enfrentarse a la persona que fuimos y aceptar que ya no existe.
Mamá nos amaba profundamente. Nunca dudé de eso. Sin embargo, en aquellos años tuvo que cargar con el peso de matrimonios que terminaron en fracaso y con un dolor que, inevitablemente, también alcanzó a sus hijos.
Todavía conservo la imagen de mis hermanos llorando en silencio, refugiados en algún rincón de la casa, mientras yo me sentía a la deriva, como si el mundo hubiera dejado de tener un lugar seguro para mí.
Aquellas escenas quedaron grabadas en lo más profundo de mi memoria y echaron raíces en mi inconsciente.
Con el tiempo comprendí que muchos de mis cambios de ánimo, de mis miedos y de mis reacciones nacían, silenciosamente, de aquellas heridas que la infancia nunca terminó de cerrar.
Rosa, mi madre, era una mujer que lo había entregado todo por los hombres que amó. Había apostado una y otra vez por la ilusión de una familia, y las tres veces terminó enfrentando la misma soledad. Cada uno de sus matrimonios dejó una herida distinta, no solo en ella, sino también en nosotros.
Crecimos transitando un hogar donde la alegría y la tristeza se alternaban sin previo aviso. Aprendimos a celebrar con cautela y a desconfiar de la felicidad, como si fuera apenas un instante antes de una nueva caída.
Quizá por eso nunca conseguía disfrutar plenamente de mis propios logros.
Alcanzaba una meta y, casi de inmediato, aparecía otra búsqueda, otra necesidad imposible de nombrar.
Durante mucho tiempo creí que perseguía un futuro mejor, cuando en realidad intentaba llenar un vacío que llevaba conmigo desde la infancia.
Había levantado, sin darme cuenta, una muralla alrededor de mis emociones.
Me protegía de los cambios porque los asociaba con la pérdida.
Prefería controlar cada paso antes que volver a sentirme vulnerable.
Esa aparente frialdad no era fortaleza; era el mecanismo de defensa que había encontrado para sobrevivir.
Con los años comprendí que no podía construir una vida nueva cargando el peso de la anterior. Necesitaba reconciliarme con mi pasado, porque no era un recuerdo lejano: seguía viviendo en mi subconsciente, condicionando mis decisiones y, muchas veces, escribiendo el futuro antes que yo.
Como yo era la menor, me había tocado vivir menos de aquellos derrumbes.
El peso más grande lo habían cargado mis hermanos, Clara y Néstor, cada uno hijo de un padre distinto.
Ellos me contaban que, después de cada abandono, mamá se encerraba durante días.
Bajaba las persianas, evitaba hablar con cualquiera y buscaba refugio en la comida, como si cada bocado pudiera aliviar el vacío que le dejaban las despedidas.
Con el tiempo su cuerpo fue cambiando. La ansiedad y la tristeza comenzaron a hacerse visibles en ella, como si el dolor también encontrara la forma de ocupar un lugar físico.
Ya no era la mujer radiante que aparecía en las viejas fotografías, aunque seguía conservando una belleza que nacía de su fortaleza y de su inmensa capacidad para amar.
Yo, en cambio, estaba en una etapa completamente distinta.
Me preocupaba mi imagen, disfrutaba de verme bien y creía que el aspecto era una carta de presentación indispensable.
En el mundo de los negocios, las apariencias parecían abrir puertas, y yo estaba convencida de que debía cuidar cada detalle para encontrar el lugar que tanto buscaba.
Había en ella algo que seguía haciéndola llamativa, atractiva. Después del tercero no habíamos sabido de otro hombre. Tal vez se había cansado de pelear por amor.
Se había vuelto mística de tanto leer libros de misterio, de distintas religiones, del más allá. Su tiempo era especial. Lo dedicaba solamente para sí. Convertía lo irracional en racional, y ésto debe haber producido un efecto positivo, porque no es fácil vivir sola.
Así la recordaba. Algo me decía que, con mi regreso, surgirían problemas; pero a Roberto le encantaba saborear su comida y tenderse en el césped a conversar sobre lo desconocido.
El sol caía rápidamente y el tiempo de llegar a casa también.
Francisco, agotado por el cansancio del viaje se había dormido.
Este niño era mi amor entero y mi familia estaba formada por mi esposo, Francisco y yo.
Alrededor de ellos había construido una fortaleza, para que cualquier mal no nos pudiese entrar.
Absorbía a Roberto al máximo, mi temor era perderlo y por instantes pensaba que solo era un capricho para no repetir la historia.
Recordamos lo felices que habíamos sido en nuestro noviazgo, sentimos la misma felicidad que da el regreso a casa.
Con Roberto no necesitábamos hablar, la mirada bastaba para decirnos todo.
Mamá nos recibió feliz. En un segundo hizo muchas preguntas.
El abrazo materno me cobijó tibiamente. Pasamos a la casa que siempre estaba igual.
Las paredes bien pintadas, música suave, flores y adornos por doquier.
El aroma de los sahumerios se percibía a la distancia.
Como era la hora de la cena, había preparado comida y el dormitorio principal, solo para nosotros.
Acosté a Francis en mi cama de soltera y nos dispusimos a cenar.
No recuerdo haber comido así desde pequeña, ya que esas eran las únicas empanadas que me gustaban, un buen vino tinto y de postre, torta de chocolate con mucha crema.
Estaba tan satisfecha que no pude pararme de la mesa, lo mismo mamá y Roberto.
Conversamos de lo que habíamos hecho a lo largo de este último año ya que solo nos comunicábamos por teléfono.