Más Allá de los Límites (Universidad Pine Barren 1) Dos #2
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Dos #2

Apenas me da tiempo a prepararme antes de que el manazas de Maine me estampe una palmada entre los omóplatos con fuerza suficiente para recolocarme la columna.

Con su metro noventa y cinco, el tipo es básicamente un árbol andante con ojos azules y expresión permanente de estar a punto de contarte que acaba de inventar la electricidad o de tirarse a una supermodelo.

—¿Qué hay, hermano? —brama, la cara pecosa partida por una sonrisa—. Apenas supe de ti en Navidad. Te mandé un montón de mensajes…

—No, me mandaste un montón de mensajes —diecisiete, para ser exactos— de todas las tías con las que te habías acostado —respondo sin inmutarme—. Yo estaba ocupado haciendo literalmente cualquier otra cosa.

—Estoy ampliando mi repertorio fotográfico —bufa Maine—. Algunos tenemos que currárnoslo para estar a la altura de tu reputación…

Pongo los ojos en blanco, porque otra vez se ha propagado el rumor de que soy una especie de leyenda sexual del campus, pero al final sonrío.

—Pregúntale a tu madre sobre mi reput…

Antes de que pueda terminar el chiste, un grito de guerra suena desde el otro lado del vestuario.

Tengo aproximadamente medio segundo para prepararme antes de que Rook se me lance encima, enganchándome el cuello con el brazo con el entusiasmo de un labrador que acaba de descubrir las pelotas de tenis.

—¡LIIIIIINC! —me grita directamente al oído.

—Joder, Rook. Baja la voz —me quejo, zafándome de su llave de cabeza.

Nuestro portero novato tiene exactamente dos niveles de volumen: alto y pero-qué-cojones-eso-era-una-sirena-antiaérea. Hoy está en el extremo superior del espectro, prácticamente vibrando de energía.

—Perdón, perdón —dice—. Es que estoy deseando volver al hielo, ¿sabes?

—Claro —digo, echando un vistazo al resto de los chicos en el vestuario.

Están todos —bueno, casi todos. Cooper le está explicando algo a Schmidt.

Kellerman venda su palo con la concentración de alguien desactivando una bomba.

Martínez está despatarrado en el banco, ya con las espinilleras puestas, tecleando en el móvil con la velocidad e intensidad de alguien intentando evitar un lanzamiento nuclear.

Pero algo no cuadra.

La energía es distinta.

No es solo que falte Declan —su enorme presencia va a ser difícil de reemplazar— sino más bien como si el vestuario estuviera conteniendo la respiración.

La temporada va por la mitad, estamos en tercer lugar, y el tobillo de nuestro capitán tiene más tornillos que hueso.

Nadie lo dice en voz alta, pero todos estamos pensando lo mismo.

¿Cómo cojones hacemos que esto funcione?

Les hago un gesto a los chicos, respondiendo a sus saludos mientras me dirijo a mi casillero. El camino se hace más largo de lo que debería. El espacio junto al mío es el de Mike. Y lo ha sido desde novatos, cuando acabamos uno al lado del otro por casualidad.

Cuatro años con esta misma rutina, y hoy simplemente se siente mal.

El casillero de Mike nunca está ordenado.

Es el chiste recurrente: el capitán del equipo no encuentra el suspensorio la mayoría de los días.

Su espacio suele ser una zona catastrófica de envoltorios de barras de proteínas, calcetines sueltos sin pareja, cordones de patines enredados como si los hubiera atacado un gato, y su palo siempre a punto de caerse y abrirle la cabeza a alguien.

¿Pero hoy?

Su espacio parece la foto de un catálogo de equipamiento.

Todo está doblado con precisión militar.

Sus patines descansan encima, con las cuchillas extraídas y meticulosamente limpiadas, y su colección de palos, normalmente un montón caótico, está alineada en la esquina.

Sin ropa sucia, sin botellas de agua a medias…

—¿Cuándo le ha hecho un Marie Kondo a su casillero? —le pregunto a Maine, que se está cambiando cerca.

Maine echa un vistazo, el tiempo justo para registrar la anomalía, y se encoge de hombros.

—Ni idea. Ni me había fijado.

Aunque Mike va a ser redshirt el resto de su último año con planes de volver la temporada que viene, seguirá siendo parte fundamental del equipo como capitán. Entonces, ¿por qué ha dejado su casillero como si hubiera terminado la temporada, y por qué no está aquí hoy?

Antes de que pueda seguir dándole vueltas al casillero antinaturalmente limpio de Mike, la puerta que conecta el vestuario con el despacho del entrenador se abre de golpe, y la cabeza del entrenador Barrett asoma, el cuello grueso forcejeando contra el cuello de la camisa como un bulldog intentando escapar de su correa.

—¡Cinco minutos para el hielo! —ladra. Su mirada barre la sala y aterriza en Rook, que en ese momento está ejecutando lo que parece una danza interpretativa sobre sus ligues de Navidad—.

Y, por el amor de Dios, Fitzgerald, cierre el pico a menos que quiera correr los cuatro fáciles después del entrenamiento.

Los «cuatro fáciles» son el último instrumento de tortura del entrenador: un brutal circuito de cuatro millas alrededor del campus que «descubrió» durante las vacaciones.

La ruta incluye la cuesta empinada detrás del edificio de ciencias, que es prácticamente vertical, y el sendero embarrado por el bosque donde los estudiantes se tuercen tobillos con frecuencia. No tienen nada de fáciles.

Rook cierra la boca de inmediato y le hace un pulgar arriba al entrenador.

—Sabia decisión —gruñe el entrenador antes de que su cabeza desaparezca y la puerta se cierre de un portazo.

—Juro que me oye respirar desde el otro lado del campus —murmura Rook.

Resoplo.

—Un sordo te oiría respirar desde el otro lado del campus.

Cruzo las puertas dobles hacia la pista y el familiar mordisco del aire frío me llena los pulmones.

A pesar del peso que siento en el pecho por Mike, algo se afloja en mí al ver el hielo: liso, blanco, esperando.

Vamos saliendo a la superficie, los patines cortando el hielo fresco, y el entrenador nos hace señas hacia el centro del hielo.

—Acérquense —grita, su voz resonando en el espacio cavernoso—. Esto es importante, antes de que empecemos…

El equipo forma un círculo disperso a su alrededor; los chicos intercambian miradas nerviosas y alguna que otra puesta de ojos en blanco.

A estas alturas, estoy convencido de que el entrenador va a anunciar algo sobre Mike, porque no aparece por ningún lado, y la espera es insoportable mientras los palos descansan sobre los patines y las respiraciones se condensan en el aire gélido.

—Como todos saben —empieza el entrenador—, la lesión de Altman significa que no va a poder jugar el resto del año.

—Su voz es pragmática, pero hay un trasfondo de decepción que todos sentimos—.

He confirmado que será redshirt el resto de la temporada y volverá el año que viene para una temporada completa de último año.

Hay un par de sonrisas y un grito de alegría, porque eso le da una oportunidad a Mike.

—Seguirá asistiendo a partidos y entrenamientos cuando su calendario de rehabilitación se lo permita —continúa el entrenador—.

Su objetivo, además de recuperarse y mantener su fuerza, será darnos apoyo desde el banquillo.

Tiene una experiencia invaluable que no nos podemos permitir perder, pero también necesitamos liderazgo sobre el hielo.

Se me cae el estómago cuando la mirada del entrenador aterriza en mí.

—Garcia, el cuerpo técnico y yo, junto con Altman, hemos decidido nombrarle cocapitán para el resto de la temporada.

El anuncio golpea a los chicos como una onda expansiva.

—¡VAMOS, HOSTIA! —grita Rook, dando un puñetazo al aire con fuerza suficiente para casi caerse.

Maine me envuelve en un abrazo con un brazo que casi me parte las costillas.

—Totalmente merecido —le anuncia al equipo, como si yo no estuviera ahí al lado.

El equipo estalla en un coro de golpes de palo contra el hielo —nuestra versión de los aplausos— y de repente estoy rodeado de compañeros dándome palmadas en la espalda, chocando puños y felicitándome.

Schmidt hasta intenta un choque de manos complicado y luego pone cara de herido cuando no consigo completarlo.

—Ya lo practicaremos, Capi —dice, mortalmente serio.

Pero mientras mi cuerpo hace lo que toca —asentir, sonreír, chocar puños—, mi mente se ha quedado enganchada en un detalle: el casillero de Mike. El casillero impoluto y vaciado que ahora tiene todo el sentido del mundo. Él lo sabía antes que nadie, incluso antes que yo.

¿Me recomendó él? ¿O el entrenador me eligió sin contar con él?

El peso de la «C» se me asienta en los hombros: invisible, pero pesado.

No es solo una letra; son expectativas, responsabilidades, presión.

Es una declaración de que el entrenador confía en mí y de que el equipo me seguirá.

Y no puedo evitar pensar que mi madre se va a volver loca de alegría, si es que no se ha enterado ya de alguna forma.

Pero es más que eso.

Debería sentirse como un honor, no como una carga. Sin embargo, debajo de todo está el miedo persistente de que no estoy preparado: ni para la responsabilidad, ni para las expectativas, ni para las inevitables comparaciones con Mike.

Pero preparado o no, aquí llega.