Capítulo 30
treinta
DECLAN
Mis pies golpean el sendero de tierra mientras intento seguir el ritmo castigador de Linc. El frío de primera hora de la mañana me atraviesa la camiseta empapada en sudor, pero lo agradezco: mejor que el hedor de veinte jugadores de hockey apiñados en un vestuario cualquier día.
—Te quedas atrás, Andrews —dice Linc por encima del hombro, apenas sin aliento a pesar de marcar un ritmo que haría llorar a la mayoría de los velocistas.
—Solo intento darle un empujón a tu ego antes del partido. —Aprieto más, cerrando la distancia entre los dos—. Obra de caridad previa al juego.
Linc bufa y acelera, cómo no. El tipo trata todo como una competición, incluida nuestra carrera al amanecer alrededor del campus norte. Los senderos están casi vacíos a esta hora, solo unos cuantos corredores madrugadores y un profesor paseando a un perro.
—¿Cuántas millas llevamos? —pregunto, igualando su ritmo, con los cuádriceps ardiéndome en protesta.
—Tres millas. —Linc echa un vistazo a su reloj—. Tenemos desayuno de equipo en cuarenta.
El sendero se estrecha al entrar en la zona arbolada, obligándonos a correr en fila india.
Las hojas mojadas amortiguan nuestras pisadas, y mi mente se va hacia Lea, como lleva haciendo con una frecuencia vergonzosa últimamente.
Una semana de relación oficial y todavía siento que camino por las nubes.
Cuando el sendero se ensancha otra vez, Linc afloja para correr a mi lado.
—Tienes esa cara de idiota otra vez.
—¿Qué cara?
—La que dice que estás pensando en Lea. —Hace un sonido de arcada—. Es como ver una película de Hallmark en tiempo real.
—No sabía que fueras un experto en el tema —le devuelvo, pero siento el calor subiéndome a las mejillas—. Ha sido una buena semana, nada más.
—Bueno, cualquier semana en la que Mike no te suelte un puñetazo ya es buena semana, supongo... —Sonríe con suficiencia, y después se le pone la cara seria—. ¿Cómo ha estado?
—Me habla un poco. Sobre todo en gruñidos monosilábicos y alguna que otra broma creativa. —Me encojo de hombros—. Ayer me encontré la cinta del palo desenrollada.
Bajamos una pequeña cuesta a golpe de zancada. Mi rodilla derecha se queja un poco, nada grave, solo una molestia vieja que aparece cuando fuerzo demasiado y desaparece en cuanto aflojo.
—¿El que tienes desde que eras novato? —Linc hace una mueca—. Eso ya se pasa de la raya.
—Ya, bueno. —Me encojo de hombros, a pesar de que me había cabreado bastante—. No es que sea supersticioso.
—A diferencia de Mike, que seguro piensa que pisar una grieta le romperá la espalda a su madre y sus opciones de llegar a la NHL.
Llegamos a la mitad del circuito, marcada por un banco de madera que ha visto tiempos mejores. Linc reduce el paso y yo lo imito con alivio, bajando a caminar. Los dos agarramos nuestras botellas de agua, respirando con fuerza.
—¿Por qué no le has devuelto ninguna? —pregunta Linc entre tragos—. Si me estuviera jodiendo así a mí, ya tendría espuma de afeitar en el casco.
Tapo la botella y me estiro los hombros.
—¿Para qué? Solo empeoraría las cosas, y la verdad, no me importa lo suficiente como para molestarme.
—Dominado —tose Linc en su puño.
—Maduro —le corrijo, levantándole el dedo—. Además, aparte de lo de Lea y yo, está resentido porque no recibió el correo del ojeador que nos llegó a nosotros...
La expresión de Linc se ensombrece.
—Sí, ese correo fue...
—Solo fue el siguiente paso, Linc. —La invitación a conocer a «cierta gente» después del partido solo iba dirigida a Linc y a mí.
—Si tú lo dices —dice Linc, mientras estira los isquiotibiales contra el banco—. ¿Listo para seguir?
Asiento y retomamos la marcha, esta vez a un ritmo más razonable, ya sea porque Linc está siendo considerado con mi cansancio o porque quiere alargar la conversación. Sospecho lo segundo.
—¿Y cómo te sientes con lo de esta noche? —pregunta con aire casual, mirándome de reojo.
—Como que debería haber aceptado la beca de arte en NYU cuando tuve la oportunidad.
Linc se ríe, pero noto que espera una respuesta de verdad. Tiene una forma de sacarme las cosas quiera compartirlas o no. Por eso es tan buen compañero de equipo. Y amigo.
—Estoy nervioso —admito—. No solo por el partido, sino por Mike. Lo está pasando mal...
—Sabes que no eres responsable de la carrera de Mike. Ni de su felicidad.
—Ya, pero...
—Pero nada —me corta Linc—. El tipo tiene dos pies. Puede sostenerse solo. Más o menos.
Le lanzo una mirada confusa.
—¿Cómo que «más o menos»?
Linc duda, como si hubiera dicho más de lo que pretendía.
—Mira, no iba a decir nada, pero ayer estuve en la sala de fisioterapia. Le oí hablando con uno de los fisios, y por lo visto lleva jugando con un esguince desde el principio del semestre. No lo dejó curar nunca, así que sigue empeorando.
—Eso explica la resonancia. ¿Pero desde el primer partido? —Suspiro—. Eso fue hace meses. ¿Por qué no dijo nada?
—Porque es Mike, idiota. Es terco como una mula. —Linc se encoge de hombros—. Espero que Lea no tenga ese gen familiar.
Ignoro el chiste, procesando la información. El comportamiento de Mike, su rendimiento en caída, su creciente repliegue en el silencio y el mal humor: todo empieza a tener mucho más sentido.
—Robbie dijo que como no descansó ni se puso hielo como debía, el esguince nunca sanó —continúa Linc—. Y ahora se arriesga a un daño permanente en el ligamento.
—Joder. —Suelto un suspiro largo que se condensa en el aire frío de la mañana—. ¿Qué le dijo Robbie que hiciera?
—Que descanse un par de semanas como mínimo. Pero Mike...
—No lo hará —termino—. No con ojeadores mirando. No en su último año.
—Bingo.
Corremos en silencio unos minutos, los únicos sonidos nuestra respiración y el chasquido del barro bajo las zapatillas. La lesión de Mike da contexto a su comportamiento, pero no lo justifica, porque ha estado ocultando algo crucial al equipo, a sus compañeros de línea y a mí.
—Estás pensando demasiado alto —dice Linc—. Casi puedo oír los engranajes chirriándote en la cabeza.
—Solo intento decidir qué hacer con esta información —digo—. Alguien tiene que protegerlo de sí mismo.
—No es tu trabajo —sugiere Linc—. Lo que pase, pasa. Solo puedes controlar tu propio juego, tu propio comportamiento.
—Sí. —Asiento despacio—. Lea me dijo lo mismo la otra noche, aunque sigue furiosa con él.
Linc sonríe con suficiencia.
—Chica lista.
—Pero tienes razón. Si quiere destrozarse el tobillo y su futuro, es cosa suya. Ya dejé de sentirme culpable.
Salimos del sendero arbolado a los campos abiertos cerca del complejo deportivo.
La pista de hockey se recorta a lo lejos, su diseño moderno y elegante contrastando con la arquitectura tradicional del resto de Pine Barren.
Esta noche estará abarrotada de aficionados gritando, pendientes de si mantenemos la racha.
Reducimos hasta detenernos en el cruce que nos lleva a cada uno a su sitio, pero en direcciones opuestas.
La mañana ha aclarado bastante, y los estudiantes empiezan a salir de los edificios, camino a las primeras clases o al desayuno.
Noto cómo me mejora el ánimo solo de pensar en ver a Lea y luego jugar el partido.
—¿Nos vemos en el comedor en veinte? —pregunta Linc.
—No, voy a desayunar con Lea... —Me encojo de hombros.
—Estás evolucionando. —Bufa—. Lo próximo será que te salgan alas y eches a volar.
Pero no le digo que ya estoy volando desde que estoy con Lea, y que ya no me pesa la losa de las exigencias y acusaciones de Mike. Una parte de mí lo compadece: escondiendo una lesión, jugando con dolor, viendo cómo sus sueños se le escapan cada vez más.
Pero la mayor parte de mí ha dejado de alimentar su comportamiento autodestructivo y de sentirse culpable, y no tengo que pedir perdón por lo que siento por su hermana. Si puede aceptarlo, puede que quede algo que salvar, pero si no...
Bueno, esta noche jugaré mi partido. Haré mi trabajo. Y luego volveré a casa con Lea.
Y lo que pase con Mike... pasa.
La grada ruge cuando Maine clava otro gol en la red, poniéndonos 3-1 a mitad del segundo periodo. Levanto el palo para celebrar, pero el gesto se siente mecánico. El ojeador está aquí otra vez, observando desde las gradas, y debería estar eufórico.
Este partido es exactamente lo que Mike necesita para reivindicarse después de su bajón. Sigue siendo un imbécil, pero ha jugado su mejor partido de toda la temporada, quizá lo bastante bien como para que el ojeador le eche otro vistazo. Y tanto Linc como yo estamos rindiendo a gran nivel.
De liga profesional.
Pero no consigo emocionarme. En cambio, estoy pensando en el lienzo a medio terminar en mi apartamento, y deseando volver a cocinar con Lea. Y después, bueno, digamos que hemos preparado postres maravillosos usando comida y nuestros cuerpos.
—¡Buena asistencia, Andrews! —grita el entrenador Barrett cuando paso patinando por el banquillo.
He jugado bien, al menos sobre el papel. Pero los movimientos no fluyen como antes. Cada pase, cada golpe, cada decisión táctica requiere un esfuerzo consciente cuando antes me salían tan naturales como respirar, y eso me dice que el corazón ya no está del todo en esto.
Mike y yo nos colocamos para el saque de centro. Tiene la mandíbula apretada, los ojos fijos en la mano del árbitro. Ha estado jugando con una intensidad extraña esta noche. Pero a pesar de su partidazo, algo falla también en sus movimientos.
Una vacilación antes de cada giro.
Una mueca cuando carga el peso sobre el pie.
Y está claro que se matará por impresionar al ojeador.
—¿Estás bien? —murmuro.
No me mira.
—Bien.
Claro. Sigue cabreado por lo de Lea, entonces.
El disco cae y volvemos a movernos. Me descubro escaneando las gradas automáticamente mientras patino hacia atrás para colocarme. Lea está ahí con Em, las dos de pie. Por un momento, nuestras miradas se cruzan, y su sonrisa me hace sentir que podría saltar la valla y echar a volar.
—¡Andrews! ¡Concéntrate!