Capítulo 28
veintiocho
LEA
—Ese de ahí esconde algo seguro —digo, señalando el panel del techo que está ligeramente torcido en la esquina de la sala común de la residencia.
Em entrecierra los ojos desde donde estamos acurrucadas junto al microondas, viendo cómo el queso se derrite lentamente hasta convertirse en oro líquido.
—Demasiado obvio. Si yo estuviera escondiendo hierba de la buena, elegiría el que está detrás de la tele. Nadie lo toca porque todos tienen miedo de joder el cable.
Niego con la cabeza mientras alcanzo el bote de jalapeños.
—Ni de broma. El panel de la tele lo mueven cada vez que viene mantenimiento a arreglar la señal, que es más o menos cada dos semanas porque Brad no para de ajustar la antena cuando va borracho.
—Buen punto. —Em se acerca más al microondas, abriendo mucho los ojos—. Oooh, ¡burbuja de queso! Ese es el punto de fusión perfecto.
Abre la puerta y el microondas pita justo cuando la puerta de la cocina comunitaria se abre de golpe con la fuerza suficiente para hacer temblar las alacenas. Doy un salto y casi lanzo los jalapeños por toda la encimera.
Es Mike.
La cara de mi hermano tiene un tono alarmante de rojo intenso, el pecho subiéndole y bajándole como si hubiera cruzado el campus a la carrera. Sus ojos se clavan en mí con precisión láser, y la temperatura de la habitación parece bajar diez grados.
Tres estudiantes de segundo que estaban preparando ramen en la encimera agarran sus vasos y prácticamente se teletransportan fuera de la cocina, abrazando los fideos instantáneos contra el pecho mientras se dirigen a la salida.
—¿Mike? —Empiezo a preguntar qué pasa, pero su expresión me corta las palabras en seco.
Lo sabe.
—Te estás acostando con Declan. —No es una pregunta, sino una afirmación, con la voz baja y cargada de una rabia apenas contenida.
Abro la boca, la cierro, la vuelvo a abrir. Soy un pez varado boqueando, pillada completamente desprevenida.
—Eh… —digo, y hasta eso me cuesta.
—Mierda —susurra Em a mi lado, y bien podría ser una confesión gritada por un megáfono.
—Así que es verdad. —Los ojos de Mike pasan de ella a mí, y ya no es una pregunta—. ¿Por qué no me lo dijiste, Lea? ¿Tuve que enterarme de que Declan y tú están follando por mis compañeros de equipo?
La palabra follando me golpea como una bofetada. Como si lo que Declan y yo tenemos pudiera reducirse a algo tan burdo. De repente, siento que mi rabia crece para encontrarse con la suya.
—No te lo dije porque sabía que ibas a reaccionar exactamente así, como un cavernícola que cree que tiene voz y voto en con quién salgo.
Mike se rasca la barba incipiente del mentón, desordenándose aún más el pelo.
—Te dije expresamente que no…
—Me dijiste que no saliera con jugadores de hockey. —Cruzo los brazos—. Lo cual, por cierto, no es un contrato vinculante firmado con sangre. Soy adulta, Mike.
—Sí, toda una adulta. —Suelta un bufido, dando un paso hacia mí mientras Em permanece a mi lado—. Escondiéndote a mis espaldas…
—No nos escondíamos —le espeto, aunque eso es exactamente lo que hacíamos—. Solo… nos estábamos tomando nuestro tiempo para aclarar las cosas.
Detrás de mí, los nachos están olvidados, el queso cuajándose. Em se ha quedado completamente inmóvil a mi lado, pero hay una fuerza en su presencia que me da poder a mí. De repente, estoy furiosa con Mike en lugar de asustada por disgustarlo, y con ganas de defender lo que Declan y yo tenemos.
—¿Aclarar qué, Lea? —La voz de Mike sube de volumen—. ¿Cómo destrozar lo único que me importa en la vida aparte de ti? ¿Cómo traicionarme de la mejor manera posible?
—¿Traicionarte? —Casi me río—. ¡Esto no va de ti! ¡No todo va de ti, Mike!
—¡Sí cuando se trata de mi compañero de equipo! ¡Mi amigo! —Da un paso hacia mí, y yo no me muevo—. No tienes ni idea de lo que esto le hace a la dinámica del equipo.
—Yo diría que ya tienes bastante en tu plato sin preocuparte de con quién salgo —digo, bajando la voz.
Mike se tensa.
—¿Qué quieres decir con eso?
Dudo, de pronto consciente del hielo fino que estoy pisando. Pero estoy cansada de andar de puntillas a su alrededor.
—Sé que lo has estado pasando mal —digo con cuidado—. Y también vi ese artículo. El de tu «caída en desgracia». Estaba abierto en tu portátil cuando pasé a verte la semana pasada.
Su cara palidece ligeramente bajo el rubor de la ira. Por un momento, la vulnerabilidad reemplaza la rabia en sus ojos. Luego sus muros vuelven a levantarse de golpe, más altos y más gruesos que antes, y sé que ahora está más furioso que nunca a pesar de que sus rasgos se han vuelto gélidos.
—Así que pensaste, ¿qué? ¿Que me protegerías mintiéndome? —Una risa amarga escapa de la garganta de Mike—. No necesito que me traten con guantes de seda, Lea, no como a ti…
Abro los ojos de par en par ante sus palabras, y oigo a Em contener la respiración a mi lado, acercándose un poco más.
—Eso no es justo, Mike…
—¿Ah, no? —Suelta un bufido—. Porque no es lo que vi este verano.
Se me cae el estómago a los pies.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que ese tipo te dejó y te derrumbaste por completo. —Las palabras le salen rápido, afiladas como cuchillos—. Mamá me llamó en pánico porque no parabas de llorar. Papá dijo que no querías comer. Los dos estaban preocupados por ti, Lea. ¿Y quién tuvo que recoger los pedazos?
Em se remueve incómoda a mi lado, pero apenas registro su presencia. Lo único que siento es el ardor en el pecho, el nudo que se me está formando en la garganta. Mike, mi mayor aliado en el mundo, acaba de volverse contra mí y lo ha hecho de la manera más hiriente posible.
—Yo pensaba… —Me falla la voz—. Pensaba que me ayudaste porque querías. Porque tú también estabas preocupado por mí.
Mike suspira, rascándose la barba incipiente del mentón.
—Claro que estaba preocupado. Pero joder, Lea. Solo era un tipo. Una aventura de verano. Seis semanas de follada tras follada antes de volver a la realidad. Pero tú lo convertiste en toda una… —gesticula de forma exagerada, como un actor haciendo alguna gran declaración— …tragedia épica.
Cada palabra es una puñalada. Todo este tiempo, creí que Mike era la única persona que lo entendía, que veía mi dolor como algo legítimo. La traición cala hondo, destrozando la ilusión de que al menos un miembro de mi familia no piensa que soy un desastre emocional.
—¿Sabes qué? —Me apoyo contra la encimera para sostenerme—. Ahora mismo suenas exactamente igual que mamá y papá.
—Puede que tengan razón. —La voz de Mike se suaviza un poco, pero el daño ya está hecho—. Siempre haces esto. Lo sientes todo con tanta intensidad, le das más importancia a las cosas de la que tienen. Igual que con Chris. E igual que lo que va a pasar con Declan dentro de unas semanas o unos meses.
No digo nada. A estas alturas, el queso de nuestros nachos abandonados se ha cuajado en una masa triste y gomosa. Me quedo mirándolo mientras contengo las lágrimas, aunque no estoy segura de si es tristeza o rabia lo que las provoca.
—Mira, lo entiendo. —Mike deja escapar un largo suspiro, su tono cambiando a algo casi condescendiente—.
Estás en la universidad, quieres tener tus pequeñas historias de amor.
Pero Declan no es el tipo para ti, porque los jugadores de hockey llevan en el ADN lo de follar y largarse. Y no quiero verte sufrir otra vez.
Me yergo, lo miro directamente a los ojos, y decido que lo que siento ahora mismo es sin duda rabia.
—Esa decisión no te corresponde. Y si las cosas salen mal con Declan —que no va a pasar—, no iré a llorarte. Has dejado claro que fue un marrón enorme, así que no te preocupes por tener que rescatarme otra vez.
—Bien —dice Mike, la palabra seca y fría—. Pero cuando te rompa el corazón, acuérdate de que intenté avisarte.
—No me va a romper el corazón.
Mike se me queda mirando un largo momento, su expresión indescifrable. Luego se da la vuelta y se va, cerrando la puerta de un portazo con la fuerza suficiente para hacer vibrar el microondas. Y el silencio que sigue es ensordecedor.
Me quedo paralizada en el sitio, mirando la puerta cerrada. Aprieto el borde de la encimera con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que los brazos de Em me rodean.
—Eh —dice con suavidad—. ¿Estás bien?
—Estoy bien —digo, mientras las lágrimas me resbalan por la cara. Me las limpio con el dorso de la mano, molesta por la traición de mi propio cuerpo—. Solo está siendo… Mike.
Los ojos de Em están llenos de preocupación, pero no me delata señalando la mentira obvia. En su lugar, me da un apretón.
—Esos nachos ya no tienen salvación, pero tengo chocolate de emergencia en el cajón de mi escritorio, y si me lo pides muy bien puede que hasta te dé la última sidra.
Niego con la cabeza, ya buscando el móvil.
—Tengo que irme.
—¿A ver a Mike? —pregunta Em, soltándome.
—No. —Saco el móvil y veo que hay una docena de mensajes y llamadas—. Mierda.
—¿Qué? —Em se acerca.
—Declan. —Esbozo una sonrisa entre feliz y triste—. Intentó avisarme.
Em asiente, comprendiéndolo al instante.
—¿Quieres que te acompañe?
—Gracias, pero no. —Respiro hondo—. Esto es algo que tengo que hacer sola.
Necesito estar con alguien que no me haga sentir que mis emociones son de algún modo incorrectas o excesivas. Alguien que me mire y vea fortaleza, no fragilidad. Alguien que me quiera exactamente como soy, y que le den a lo que diga cualquier otro… sobre esto o sobre nosotros.
—Dale recuerdos de mi parte —dice Em con una pequeña sonrisa—. Y dile que si te hace daño, conozco diecisiete maneras de hacer que una muerte parezca un accidente.
A pesar de todo, me río.
—¿Solo diecisiete?
—Las demás serían fáciles de rastrear hasta mí. —Se encoge de hombros—. Escríbeme si necesitas algo.
Asiento, cojo la chaqueta y el bolso. Cuando llego a la puerta, me detengo.
—¿Em? Gracias por apoyarme.
—Siempre —dice, ya empezando a limpiar los restos de nuestro aperitivo abandonado—. Para eso están las amigas.
Fuera, el aire de la noche es fresco. Me ciño más la chaqueta y empiezo a caminar, mis pasos decididos a pesar de las lágrimas que aún se secan en mis mejillas.
Los caminos del campus están más tranquilos de lo habitual, la mayoría de los estudiantes ya recogidos para pasar la noche o en fiestas de fin de semana.
El peso de las palabras de Mike me oprime el pecho, pero con cada paso hacia el apartamento de Declan, siento que algo más crece junto a ello: certeza. La certeza de que por una vez en mi vida, no estoy exagerando ni siendo demasiado emocional.
La certeza de que todo lo que quiero, todo lo que necesito, es a Declan.
Nunca se me ha dado bien admitir que necesito a alguien. Siempre me pareció una debilidad, una confirmación de todo lo que mis padres creen de mí. Pero ahora mismo, caminando hacia él con las lágrimas secándose en mis mejillas, es lo más fuerte que he hecho en mi vida.