Más Allá de los Límites (Universidad Pine Barren 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

veinticuatro

DECLAN

Mike aparece a mi derecha justo cuando lo necesito, como si me hubiera estado leyendo la mente toda la noche.

Sin palabras, solo una mirada rápida, y sé que tengo que pasarle el disco.

Lo recibe, amaga a la izquierda, confunde al portero, y me lo devuelve en un solo movimiento fluido.

El portero de Rutgers se lanza desesperado, volcándose demasiado hacia el lado de Mike. Veo mi hueco y lanzo.

La luz roja se enciende.

La grada estalla.

3–0.

El ruido me golpea como una ola física mientras mis compañeros se estrellan contra mí, dándome palmadas en la espalda y el casco.

Por encima de sus hombros, capto el gesto de Mike —ese leve movimiento de barbilla que vale más que mil choques de manos de cualquier otro.

Viniendo del Capitán Estoico, es prácticamente un abrazo entre lágrimas.

—¡Joder, qué jugada, Dec! —me grita Linc al oído, su pelo rojo de duende visible incluso bajo el casco—. ¿Qué te ha inspirado?

Buena pregunta.

La respuesta es la chica que ha pasado las últimas semanas enseñándome exactamente cuántas terminaciones nerviosas tiene el cuerpo humano, y que después se queda despierta hasta tarde conmigo hablando… dibujando… y básicamente aislándonos del mundo.

El entrenador Barrett hace señal de cambio de línea, pero mientras patino hacia el banquillo, mi mirada se escapa hacia las gradas, más allá de las chicas con sus carteles brillantes de FÓLLAME (que parecen decepcionadas de que no les devuelva la mirada), buscando la única cara que me importa ahí arriba.

Ahí está —Lea, con mi camiseta de entrenamiento, algo que le provocaría un aneurisma a Mike si se enterara.

Me pilla mirándola y sonríe, articulando algo que no puedo oír por encima del público pero que me imagino perfectamente en su voz, algo sarcástico sobre que el hockey es «ballet asesino sobre hielo»…

Mi atención vuelve al partido cuando el entrenador me da una palmada en el hombro mientras me siento en el banquillo. —Buen trabajo, Andrews. Sigue así.

Asiento, bebo agua y observo el juego. El entrenador de Rutgers les está gritando a sus jugadores, la cara acercándose al mismo tono que el pelo de Linc.

Hasta me dan pena —sé exactamente lo que se siente cuando no te sale nada— porque hace un mes yo producía tanta mierda que podrían haberme comercializado como laxante.

Pero eso ha cambiado.

Mis entrenamientos han sido sólidos.

Mi juego ha vuelto a donde tiene que estar.

Hasta mi arte ha fluido mejor últimamente.

Todo encaja, y sé exactamente por qué.

Rima con «Flea Schmaltzmann».

La razón por la que no puedo ni pensar su nombre ahora mismo está a mi lado en el banquillo.

Mike tiene los ojos fijos en el hielo, concentrado y decidido de una forma que no le veía en semanas.

Esta noche está jugando como antes, como el Mike que tenía a los ojeadores babeando las dos últimas temporadas.

—Vamos a cerrar esto limpio —dice, con toda su autoridad de capitán—. Quedan noventa segundos. Nada de penaltis estúpidos. Nada de lucirse. Ceñidos al plan.

Nada que espante al ojeador de las gradas, añado mentalmente. Los tres hemos jugado bien —Mike, Linc y yo—, así que mandémoslo a casa contento.

Su mirada se cruza con la mía, y hay algo ahí que no veía hace tiempo: confianza. Como si supiera que lo cubro en el hielo, aunque en secreto me esté acostando con su hermana fuera de él. La culpa que dispara ese pensamiento es momentánea pero afilada.

La aparto.

Lea y yo hemos hablado de esto: se lo diremos cuando sea el momento. Después de la temporada. Después de que los ojeadores tomen sus decisiones. Cuando Mike no tenga la presión de todo su futuro pendiente de cada partido. Y en ese punto, o le parecerá bien o no.

Echo otro vistazo a las gradas y localizo al ojeador en primera fila. Un tipo de mediana edad con traje oscuro, completamente fuera de lugar entre los universitarios pintarrajeados. Observa a Mike como si estuviera intentando memorizarlo, con una sonrisa sutil en los labios.

Eso es bueno.

Eso es muy bueno para Mike.

La segunda línea mantiene el partido bajo control y, cuando el timbre suena por fin cerrando el marcador en 3–0, suspiro aliviado. Saludamos a los jugadores de Rutgers —la mayoría tipos decentes, al contrario que los de Princeton— y luego saludamos a los aficionados, que han estado geniales.

Mientras vamos hacia el vestuario, miro hacia arriba una última vez. Lea sigue mirándome, con esa sonrisa que me revuelve el estómago. Me levanta un pequeño pulgar que de alguna forma dice más que toda la grada gritando junta.

Mike me da un golpe con el hombro en el túnel. —Buen partido —dice, simple pero sincero.

—Tú también —respondo—. Has estado en llamas esta noche.

—Ya iba siendo hora de que me acordara de cómo se juega.

No decimos nada más, pero hay una soltura entre nosotros que llevaba desaparecida desde su mala racha. Pero entonces noto las líneas tensas alrededor de sus ojos. Esta noche ha estado bien, pero sigue cargando algo. Un partido no arregla lo que sea que lo está consumiendo.

El vestuario vibra con la victoria: Linc ya planeando la celebración, Maine hablando del pedido de comida a domicilio, y Rook todavía radiante por su blanqueada. Me quito el equipo, y los dolores familiares de después del partido se van asentando en los músculos.

Pero todos se callan cuando entra el entrenador Barrett.

Se apoya en la pizarra, brazos cruzados sobre el pecho, su ceño habitual de después de los partidos reemplazado por algo cercano al orgullo. Para un tipo que cree que sonreír da ventaja táctica al rival, es prácticamente euforia.

—Buen partido, caballeros. —Asiente, repasándonos a todos con la mirada—. Trabajo en equipo de manual. Es lo que hemos estado buscando toda la temporada.

Linc levanta un puño al aire. —¿Eso significa que nos invitas a cócteles y bailarinas, Coach?

La casi-sonrisa del entrenador se esfuma. —Mi sueldo no da para tirar carne cruda a la jaula donde los tengo, animales.

—Había que intentarlo —murmura Linc, arrancando unas cuantas risas.

—Rook —continúa el entrenador—, buena blanqueada. El resto, buen posicionamiento, buenos pases, buenos tiros. —Su mirada se posa en Mike—. Capitán, así se lidera con el ejemplo.

El orgullo le cruza la cara a Mike, aunque intenta disimularlo con un gesto casual. Esto significa mucho para él, y me ha matado ver a mi amigo luchar en silencio con su bajo rendimiento estos últimos meses.

Entonces capto el sutil gesto de dolor cuando cambia el peso, favoreciendo la pierna derecha.

Ahí pasa algo, seguro.

Antes de que pueda darle más vueltas, el entrenador está encima nuestro con las notas habituales sobre áreas de mejora —porque Dios no quiera que nos vayamos sin críticas— y después nos pide a Mike, Linc y a mí que nos quedemos cuando el resto se haya cambiado y se haya ido.

El resto del equipo intercambia miradas, pero nadie lo cuestiona.

A medida que el vestuario se vacía, me pongo ropa limpia, intentando parecer tranquilo mientras mi cabeza va a mil. Puede que el entrenador nos pida quedarnos por lo del ojeador —buenas noticias, con suerte— o está a punto de echarnos una bronca por algo que no sabemos que hicimos mal.

En cualquier caso, pronto estamos solo los tres esperando.

—¿Han visto al ojeador? —pregunta Linc, rompiendo por fin el silencio, con la voz baja pero vibrando de emoción.

Mike levanta la cabeza de golpe, con una expresión en la cara que no logro descifrar. —Sí. Tercera fila, ¿corbata azul?

—Primera fila, en realidad —le corrijo—. Traje oscuro. Parecía sonreír bastante por lo que pude ver…

—Tenía pinta de estar prestándote atención extra a ti, Mikey —añade Linc, dándole un golpe con el hombro.

La risa de Mike suena forzada. —Solo porque no di asco del todo por una vez. He jugado como basura el resto de la temporada.

—Eso no es verdad —empiezo, pero Mike me interrumpe.

—Esta noche ha sido diferente. Me he lucido gracias a ustedes dos.

—Nos señala a Linc y a mí con la cabeza.

Ahí está, inconfundible: bajo el cumplido hay un destello de envidia que me retuerce el estómago, apenas perceptible pero detectable si lo conoces—.

Ustedes han sido sólidos toda la temporada.

Linc se desploma en el banco, estirando las piernas. —Eres nuestro capitán por algo, hermano. El ojeador lo ve.

—Ya veremos… —Mike cambia de peso otra vez, y lo veo flexionar el tobillo derecho con disimulo, como probándolo.

—¿Estás bien? —pregunto, señalándole el pie con la cabeza—. He notado que le has dado fuerte al Deep Heat después de los entrenamientos.

La cara de Mike se cierra. —Estoy bien.

—Si algo te molesta…

—He dicho que estoy bien —me corta, y al instante parece arrepentido—. Solo un poco de rigidez. Nada que importe.

Antes de que pueda insistir, el entrenador Barrett vuelve. —Quería hablar con ustedes tres porque el ojeador de esta noche era Kyle Morrison, de los Harriers —dice.

Linc contiene la respiración a mi lado.

No le culpo. Los Harriers son un equipo de primer nivel.

—Ha quedado impresionado. —El entrenador echa un vistazo a su carpeta—. Ha pedido información de contacto de García y Andrews. Quiere concertar reuniones con los dos.

Linc suelta un grito que podría romper cristales, se levanta de un salto y me aplasta con un abrazo que me tritura los huesos. —¡Joder, sí! —exclama, la cara partida por una sonrisa.

Fuerzo una sonrisa, intentando igualar su entusiasmo, pero mi reacción se siente mecánica.

Hace un mes esta noticia me habría puesto en órbita.

Ahora solo estoy… ¿aliviado? Contento por Linc, sin duda.

Pero en lo que a mí respecta, hay una extraña desconexión, como si estuviera viendo cómo se cumple el sueño de otro.

Entonces me fijo en Mike.

La rigidez con la que se sostiene.

La sonrisa forzada que no le llega a los ojos.

La devastación que intenta ocultar desesperadamente.

El entrenador no ha mencionado su nombre.