Más Allá de los Límites (Universidad Pine Barren 1) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Mi segundo orgasmo se construye más rápido que el primero, una ola gigante cobrando fuerza.

Las embestidas de Declan se vuelven más urgentes, menos controladas, y sé que él también está cerca.

Sus dedos continúan sus círculos implacables sobre mi clítoris, empujándome más y más alto, y con la cabeza enterrada en el colchón estiro la mano hacia atrás para agarrarle las piernas.

—Mírame —dice de pronto, con la voz rota—. Necesito verte.

Su mano deja mi cintura para girarme suavemente la cara hacia él. Es torpe, ese medio giro, pero cuando nuestras miradas se encuentran, algo eléctrico pasa entre nosotros. Estoy segura de que mi cara es un desastre, pero aun así me besa —desordenado, desesperado y perfecto— y me pierdo.

Jadeo contra sus labios. —Voy a…

—Yo también —gime, sus caderas chocando contra las mías—. Joder, Lea. Juntos.

El orgasmo me golpea como un relámpago: repentino, abrasador y arrollador.

Grito mientras mi cuerpo se convulsiona a su alrededor.

Durante todo ello, los ojos de Declan se mantienen fijos en los míos, íntimos de una forma que nunca he experimentado.

Sus pupilas están completamente dilatadas, su expresión de puro éxtasis mientras se corre con un gemido estremecido, vaciándose.

Nos desplomamos juntos sobre la cama, un revoltijo de extremidades sudorosas y latidos acelerados.

Durante varios minutos, ninguno habla, demasiado ocupados tratando de recordar cómo se respira.

Los brazos de Declan me envuelven desde atrás, atrayéndome contra su pecho en una cucharita.

Sus labios depositan besos suaves en mi hombro, mi cuello, en cualquier sitio que alcancen.

Poco a poco nuestra respiración se estabiliza, nuestros latidos se calman.

Estoy medio adormilada, en ese momento dulce y poscoital de felicidad absoluta.

Pero esta vez es diferente. Aquella mañana en su apartamento, mi mente me martilleaba con «¿y si…

?» y me gritaba que huyera. Pero ahora estoy perfectamente contenta de quedarme envuelta en los brazos de Declan para siempre.

—¿Estás bien? —murmura contra mi pelo al cabo de un rato.

—Mmm —respondo con elocuencia—. Muy bien.

Su risa suave vibra contra mi espalda. —Bien.

Un silencio cómodo se instala sobre nosotros.

Sus dedos trazan dibujos perezosos en mi brazo, y me siento más relajada de lo que he estado en meses.

Quizá desde aquellas primeras semanas doradas en Europa, antes de conocer a Chris, cuando solo éramos mi cuaderno de bocetos, yo y la posibilidad infinita.

Pero algo me ronda el borde de la conciencia, una pregunta que necesita ser formulada. Crece despacio, subiendo como la marea hasta que es imposible de ignorar. Porque, aunque decidí dar el salto con Declan, y sé lo que yo quiero, necesito saber que él todavía lo quiere…

—Entonces… —empiezo, intentando sonar casual—. ¿Vamos en serio con esto?

—¿Con qué? —Su mano se queda quieta en mi brazo—. Acabamos de hacerlo.

Me giro entre sus brazos, empujándole el hombro con suavidad. —Eso no, idiota. Esto. —Señalo entre los dos, sintiéndome de pronto torpe—. Tú y yo. Una… relación.

La palabra queda suspendida en el aire, cargada de implicaciones.

Contengo la respiración, observando su cara.

Se queda callado un momento, y por una fracción de segundo la voz negativa en mi cerebro grita que ya me lo había dicho, que esto era un error.

Pero entonces, despacio, una sonrisa se extiende por su rostro.

—Me gustaría —dice.

Algo cálido florece en mi pecho. —¿Sí?

—Sí.

La palabra es definitiva.

Firme.

Fiable.

—¿Y Mike? —dice.

—Creo que no deberíamos decírselo —lo interrumpo—. No ahora, al menos.

Mientras lo digo, las palabras de Em resuenan en mis oídos. Mike debería alegrarse si yo soy feliz, y si no lo hace, peor para él. Pero si no se entera, tampoco importará, ¿no? Y Declan y yo podemos decidir juntos cuándo decírselo en el momento adecuado.

—Se lo diremos cuando estés lista. —Siento su sonrisa contra mi piel mientras me besa el cuerpo—. Entonces, ¿esto significa que estoy perdonado por ser un imbécil con tu arte?

Me río, acurrucándome más contra él, si es que eso es posible. —Depende. ¿Vas a seguir siendo un imbécil con mi arte?

—Nunca. Tu arte es increíble. Tú eres increíble. —Me besa la punta de la nariz—. ¿Y lo de haber mentido sobre jugar hockey?

—Supongo que los jugadores de hockey no están tan mal —digo—. O sea, Linc tiene unas piernas de infarto…

Suspira con exageración. —¿Ya pensando en otros hombres?

—Depende —digo, estirándome satisfecha— de si te has recuperado lo suficiente para otra ronda…

Alza las cejas de golpe, y una sonrisa lenta se extiende por su cara. —¿Otra ronda, eh? Ambiciosa…

—Me han dicho que soy muy autoexigente —replico, bajando la mano para envolver mis dedos a su alrededor. Ya está medio duro otra vez, y mi contacto lo hace estremecerse.

—Joder —se ríe, con un espasmo de caderas—. ¿En qué me he metido?

Lo miro a través de las pestañas. —Creo que la pregunta es en quién te vas a meter.

Su risa se convierte en un gemido mientras lo acaricio con firmeza. —Serás mi perdición, Lea Altman.

—Pero qué forma de irse —digo con una sonrisa perversa, y entonces me deslizo por su cuerpo, lista para demostrarle exactamente lo autoexigente que puedo ser.