Capítulo 16
dieciséis
LEA
Me hundo más en la silla mientras mi madre sigue hablando sin parar sobre su último paciente: un tipo con un trastorno sanguíneo raro.
Normalmente haría al menos un poco más de esfuerzo por interesarme, pero ahora mismo su voz es simple ruido de fondo para el bucle constante de recuerdos que se repiten en mi cabeza.
Recuerdos en los que aparece cierto jugador de hockey.
—…¡y entonces los valores volvieron completamente normales! ¿Te lo puedes creer? —Mi madre hace una pausa, esperando claramente una respuesta—. ¿Leanndra?
—Qué locura —ofrezco, sin tener ni idea de con qué estoy de acuerdo—. La verdad es que la vida es muy corta…
—No me estás escuchando, Leanndra. —Suspira, y puedo imaginarla pellizcándose el puente de la nariz, como hace siempre que la estoy decepcionando de forma especialmente notable, lo cual parece ser casi todo el tiempo—. ¿Qué te pasa? ¿Va todo bien en la universidad?
—Todo bien, mamá. —Enrollo el cable de los auriculares alrededor de mi dedo hasta que la punta se pone morada—. Solo estoy cansada. Adaptándome a la vida universitaria, ya sabes.
—Hmmm. —Esa única sílaba contiene al menos diecisiete capas de escepticismo—. ¿Cómo van tus clases? Parecías entusiasmada con ese curso de dibujo.
El estómago se me cae más rápido que un ascensor con los cables rotos.
Clase de dibujo. Declan. Sus manos. Su boca. Ese baño.
¡Argh!
Han pasado tres días desde el incidente del baño y estoy bien.
Totalmente bien. Tan bien que he desarrollado una nueva habilidad: la capacidad de esprintar entre edificios del campus mientras escaneo el horizonte en busca de jugadores de hockey absurdamente guapos de uno noventa. Mi cardio nunca ha estado mejor.
Ni tampoco mi gratitud hacia Em.
Después de mi crisis total, no me presionó para que le diera más detalles de los que ya le había contado.
En su lugar, ha estado haciendo de escudo: comprobando las entradas del comedor antes de que entremos, creando rutas elaboradas entre edificios para evitar a Declan, y manteniendo un suministro constante de sidra de canela y carbohidratos.
Sin ella, probablemente seguiría escondida en la cama.
Pero, hasta ahora, he conseguido evitar ver a Declan y casi he evitado pensar en él y en su…
todo. El reloj corre, porque nuestra próxima reunión programada para el proyecto es mañana por la noche, pero ese es un problema para la Lea del Futuro que la Lea del Presente está encantada de ignorar por ahora.
—Leanndra —la voz de mi madre suena aún más frustrada esta vez, como si le estuviera haciendo perder su valioso tiempo—. Tengo pacientes pronto…
Cierro los ojos con fuerza, como si eso pudiera de alguna manera bloquear mis pensamientos. No funciona. —La clase de dibujo es… —¿Traumática? ¿Incómoda? ¿Un desastre literal?— …bien.
—¿Solo bien? —Chasquea la lengua—. Aunque tu abuela siempre decía que las clases de dibujo al natural eran para mediocres sin imaginación.
Y ahí está: la inevitable comparación con mi legendaria abuela.
—Ya, bueno, también pensaba que llevar algo que no fuera negro era señal de debilidad moral, así que quizá sus opiniones no eran palabra de Dios —digo.
Y me arrepiento de las palabras en cuanto salen de mi boca.
—¡Leanndra! —La voz de mi madre se afila—. Tu abuela era una visionaria. Dejó…
—Dejó la escuela de arte para montar su propia exposición, ya lo sé. —Recito la leyenda familiar de memoria—. Y ganó suficiente notoriedad como para construir una exitosa carrera en la que expuso con frecuencia en París, Londres, Atenas, Madrid y Nueva York.
El silencio al otro lado de la línea crepita de desaprobación.
—Lo siento —suspiro—. No pretendía ser irrespetuosa. La clase es de verdad muy interesante y exigente.
Y en ella hay un jugador de hockey de uno noventa que lleva días persiguiéndome en sueños.
—Bien. ¿Y las demás clases? ¿Estás al día con las lecturas de todas?
Dejo que lleve la conversación a aguas más tranquilas, detallando mis otros cursos, mis profesores y la cantidad ridícula de lecturas que mandan en la clase de historia del arte. Todo con tal de no hablar de dibujo al natural y del lío complicado que es Declan Andrews.
—¿Y cómo está tu hermano? —Mi madre lanza la pregunta que llevaba temiendo—. No contesta a mis mensajes. Solo me manda monosílabos.
Mierda.
Jugueteo con el libro de texto, trazando las letras en relieve de la portada. La verdad es que he estado evitando a Mike tanto como he estado evitando a Declan. Cada vez que mi teléfono se ilumina con su nombre, me entra el pánico imaginando que de algún modo sabe lo que pasó en ese baño.
—Mike está genial —miento, con una voz artificialmente alegre—. Ocupado con los entrenamientos y esas cosas. La temporada se está intensificando.
—Hmm. —Ahí está otra vez, el murmullo escéptico que indica que me ve de parte a parte y que, al mismo tiempo, está decepcionada de que Mike siga eligiendo jugar a hockey—. Bueno, cuando lo veas, dile que llame a su madre. He tenido pacientes bajo anestesia con mejores habilidades comunicativas.
—Se lo diré. —Me encojo al oír lo falsa que sueno.
—Lo estás viendo, ¿no? —insiste mi madre, su intuición de doctora detectando debilidad en mi respuesta—. Siempre han estado muy unidos…
La culpa se retuerce como un cuchillo.
Mike y yo siempre hemos estado muy unidos.
Y ahora lo estoy evitando porque me lié con uno de sus compañeros de equipo.
Dios, soy lo peor.
—Lo voy a ver pronto —digo, lo cual no es exactamente mentira si defines «pronto» como «cuando reúna el valor suficiente para enfrentarme a él»—. Los dos hemos estado muy liados.
—Bien. La familia es importante, Leanndra. Especialmente cuando te estás adaptando a un sitio nuevo.
Emito un ruido vago de asentimiento, deseando terminar esta conversación antes de que haga más preguntas que no puedo responder honestamente. —Oye, mamá, tengo una reunión del grupo de estudio en como quince minutos, así que debería irme… —Ya estoy cerrando el libro de texto, lista para escapar.
—Está bien —suspira—. ¿Me llamas la semana que viene? Y no te olvides de decirle a tu hermano que mire sus mensajes.
—Lo haré —miento, y cuelgo.
Sé que necesito ver a Mike y que no puedo evitarlo para siempre. Debería escribirle ahora, pero ¿qué le diría?
Ey, hermano, ¿quedamos? Te prometo no mencionar que le hice una mamada a tu compañero de equipo en un baño público. P.D.: Mamá dice que la llames.
No. Mejor no.
El teléfono vibra y casi me caigo de la cama al cogerlo, medio esperando, medio aterrorizada de que sea Declan o Mike. Pero es Em:
Vía libre en el comedor de abajo. Equipo de hockey en partido fuera. Operación Esquivar al Buenorro Jodecabezas EN MARCHA. ¿Quedamos para comer a las doce?
Sonrío a pesar de todo. Em le ha puesto nombre en clave a todo como si estuviéramos ejecutando una misión de operaciones encubiertas en vez de simplemente evitar al compañero de equipo de mi hermano. Hay algo reconfortante en que se tome todo el asunto con una seriedad tan ridícula.
De repente me invade la gratitud hacia esta chica que era una desconocida hace apenas unas semanas y que ahora es de alguna manera esencial para mi supervivencia.
Los dioses de la lotería de compañeras de cuarto fueron amables conmigo.
No poder contar con Mike en esta situación —por razones obvias— ha sido duro, pero Em ha sido una ayuda enorme.
Le respondo:
Es una cita.
Miro el reloj. Todavía me quedan dos horas antes de encontrarme con Em para comer. Y unas treinta horas para la reunión del proyecto de mañana, que se cierne como una tormenta en el horizonte: inevitable, potencialmente destructiva y absolutamente aterradora.
Gimo y vuelvo a hundir la cara en la almohada. A este ritmo, la única forma de sobrevivir a este semestre es desarrollar amnesia selectiva o pedir el traslado a una universidad en otro continente.
He estado ganando tiempo, evitándolo, evitando todo contacto, con la esperanza de que el tiempo y la distancia pudieran atenuar la atracción y la tempestad de emociones y dudas y miedo y…
¡Argh!
Quizá lo que necesito es una distracción. Algo que me saque de la cabeza a Declan Andrews y su estúpida perfección en todo, y su estúpida forma de hacerme sentir cosas que no sé si estoy lista para volver a sentir.
Miro mi cuaderno de bocetos en blanco. Dibujar. Dibujar siempre me despeja la cabeza. Es mi meditación, mi terapia y el lugar donde puedo volcar todo el caos de mis sentimientos cuando se vuelven demasiado ruidosos para manejarlos.
¿Y ahora mismo?
Mis sentimientos son una puta orquesta.
Solo necesito dibujar algo.
Lo que sea para detener este bucle interminable de azulejos y barba y manos…
No.
Agarro el lápiz y empiezo con trazos sueltos y rápidos. Sin planificar, sin pensar, y sin intención de hacer nada con este arte excepto sentir. Solo formas. Color. Movimiento. Energía. Líneas que no tienen nada que ver con ojos azules ni manos fuertes ni el sabor de…
Joder.
Pero a medida que las líneas fluyen sobre la página, curvas y ángulos tomando forma bajo mis dedos, me doy cuenta de que estoy dibujando manos.
Manos fuertes con nudillos ligeramente rojos y agrietados.
Manos de hockey. Y una cara. Una cara muy concreta.
Con una mandíbula con barba incipiente. Con ojos intensos que ven demasiado.
Paso la página de golpe.
Al parecer, mi subconsciente es un traidor.
—¡No! —Cierro el cuaderno de un golpe—. ¿Qué me pasa?
Pero sé exactamente qué me pasa. Me atrae un tío que me mintió, que destrozó mi arte en clase, que es compañero de equipo de mi hermano, y al que después dejé que me comiera en un baño público… y le devolví el favor. ¿Y la parte más jodida?
Quiero que lo haga otra vez.
Abro el cuaderno por una página nueva, agarro el lápiz con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos, y empiezo a dibujar con trazos furiosos. Si no puedo dejar de pensar en ello, quizá puedo sacármelo del cuerpo dibujando.