Capítulo 14 #2
—Deberíamos parar —dice, pero sus piernas se abren más, invitándome a acercarme, y las señales contradictorias me hacen avanzar un poco más…
—Totalmente. —Hago otra pausa—. Pero ¿quieres?
Como respuesta, simplemente me agarra del pelo y tira de mí hacia arriba para besarme otra vez.
Es urgente, feroz, y puedo sentir tanta duda y tanto dolor irradiando de ella que solo quiero ser la cura para su mal.
Sus manos vuelven a colarse dentro de mi camiseta, sus uñas arañándome el pecho, y me pregunto si esto es la cura.
Mientras la beso, engancho los dedos en la cinturilla de sus bragas y las bajo lo justo para dejarla expuesta. Luego me aparto del beso y me dejo caer de nuevo. Está reluciente, hinchada de deseo, y verla así —deseándome a pesar de todo— hace que mi polla palpite casi dolorosamente.
Se le corta la respiración de forma audible.
—Declan…
No sé si es una protesta o una súplica, pero cuando me acerco y arrastro la lengua por su humedad, sus objeciones se disuelven en un gemido.
Sus muslos tiemblan mientras la exploro con la boca, aprendiendo qué la hace agarrarse al borde del lavabo hasta que los nudillos se le ponen blancos, qué la hace morderse el labio para ahogar sus gemidos.
Se retuerce contra mi cara como si intentara exorcizar algo doloroso a través del contacto físico, y la dejo usarme, dispuesto a ser lo que necesite en este momento.
Cuando concentro mi atención en su clítoris, succionando suavemente mientras deslizo dos dedos dentro de ella, todo su cuerpo se tensa.
—Dios —jadea, una mano volando a enredarse en mi pelo, sujetándome contra ella mientras se acerca al límite, palpitando alrededor de mis dedos.
La acompaño durante el orgasmo, suavizando el contacto a medida que se vuelve hipersensible, sintiendo un absurdo orgullo por lo receptiva que es a mi tacto. Cuando por fin me aparto, limpiándome la boca con el dorso de la mano, me mira desde arriba con una expresión que no logro descifrar.
—Tu dibujo era precioso —le digo en voz baja.
Sus labios esbozan una media sonrisa.
—Ahora lo sé…
—¿Cómo?
—La forma en que me miras ahora es como miraste mi dibujo.
Y entonces volvemos a besarnos, pero ella deja claro que lleva las riendas.
Baja del lavabo de un salto y se pone de rodillas, todavía urgente y enfadada, pero con algo distinto ahora.
Es como si fuéramos dos cables sueltos que por fin se han conectado, el peligro neutralizado y la electricidad fluyendo.
Pero conectado y eléctrico no significa estable, y la frustración de Lea es evidente en cada gesto mientras forcejea con mi cinturón, los dedos temblándole por lo que parecen partes iguales de deseo y emoción.
El tintineo metálico resuena en el pequeño espacio como un cañonazo mientras tira de la hebilla.
—Deja que te ayude —murmuro, cubriendo sus manos con las mías.
Se echa hacia atrás, mirándome con fiereza.
—Puedo hacerlo sola.
Pero no puede —no con lo mucho que le tiemblan las manos— y después de otro momento de forcejeo, suelta un sonido frustrado a medio camino entre un gruñido y un quejido. Le aparto las manos con suavidad y me desabrocho el cinturón de un solo movimiento.
Sus ojos se clavan en los míos, desafío ardiendo en esa mirada verde dorada, antes de que saque el cinturón de las trabillas ella misma y lo tire a un lado. Y luego hay algo casi punitivo en sus movimientos cuando me desabrocha los vaqueros y baja la cremallera de un tirón.
Sus dedos me rozan a través de los bóxers y se me corta la respiración por el contacto. Incluso ese ligero toque me envía electricidad por la columna. Cuando desliza la mano dentro y me agarra, la sensación es casi dolorosa de lo intensa.
—Joder, Lea —siseo, y mis caderas se sacuden hacia delante involuntariamente.
Jadea cuando me saca de los bóxers, con los ojos abriéndose de par en par.
—Joder tú también…
La expresión de su cara —sorpresa mezclada con algo parecido a admiración— sería cómica en otras circunstancias. Pero no tiene nada de gracioso la forma en que cierra la mano a mi alrededor, con un agarre casi punitivo en su firmeza.
Sus caricias son erráticas, a juego con la energía caótica entre nosotros: a veces dolorosamente lentas, a veces casi frenéticas. Es como si no pudiera decidir si quiere darme placer o torturarme, y, sinceramente, no estoy seguro de que haya diferencia ahora mismo.
—Lea —digo, con la voz tensa—. No tienes que—
Me calla metiéndose mi polla en la boca.
Su calor húmedo me envuelve, y tengo que apoyar una mano contra la pared para sostenerme. Mi otra mano se mueve a su pelo, sin guiar ni controlar, solo necesitando tocarla, anclarme a este momento que parece demasiado intenso para ser real.
Su boca es implacable, tomándome más profundo de lo que esperaba, su lengua haciendo cosas que hacen imposible cualquier pensamiento coherente. Mis dedos se enredan suavemente en sus rizos, acariciándole el cuero cabelludo, y recorriendo la curva de su mejilla donde me siento dentro de su boca.
—Dios, eres increíble —consigo decir, con la voz apenas reconocible.
Ella responde tomándome más profundo, una mano acunándome los huevos ahora, un poco más fuerte de lo cómodo. Pero el leve dolor solo intensifica todo lo demás, creando un contrapunto perfecto al placer que me da con precisión de artista.
Le acaricio la cara con una ternura que parece contradecir la energía desesperada entre nosotros. Pero necesito que sepa que esto no es solo físico para mí, que hay algo más pasando aquí, un peso que se me levanta de encima y que no sabía realmente que llevaba.
—Tu arte —digo, y las palabras salen rotas cuando llego al fondo de su garganta y ella tiene una leve arcada—. Me encanta.
Titubea un segundo, el ritmo roto, y sus ojos vuelven a brillar con lágrimas.
No sé si es por el esfuerzo de abarcar todo lo que puede con la boca, o por las palabras que acabo de pronunciar, pero me preocupa haber arruinado el momento.
Pero entonces redobla sus esfuerzos, como si intentara silenciarme con placer.
—Lo digo en serio —continúo, necesitando que lo entienda—. Aquella noche en clase… estaba furioso, celoso. Tu trabajo es crudo. Como si pudiera ver el dolor y la esperanza en cada trazo.
Sus ojos suben hasta encontrar los míos, y la intensidad en ellos casi me deshace ahí mismo. Mi mano le acuna la cara con suavidad, el pulgar acariciándole la mejilla donde está hundida a mi alrededor.
—No quiero seguir peleándome contigo —susurro—. No soporto saber que te hice daño.
Emite un sonido —a medio camino entre un gemido y un quejido— que vibra a través de todo mi cuerpo. Su ritmo se acelera, y sé que no voy a aguantar mucho más. Verla de rodillas, tomándome tan profundo, me empuja rápidamente al límite.
—Lea —advierto, con la voz tensa—. Estoy cerca.
No se aparta. En cambio, sus ojos se clavan en los míos mientras me toma imposiblemente más profundo, y la imagen de ella —desafiante, hermosa, con el maquillaje corrido por las lágrimas y mi polla enterrada en su boca— es demasiado.
Gimo, más fuerte de lo que pretendía, apretando los dedos en su pelo.
—Joder, Lea —digo—. Voy a—
Presiona la lengua plana contra la base de mi polla, y me pierdo. El orgasmo me desgarra con una intensidad que me nubla la visión en los bordes. Mis rodillas casi ceden bajo ola tras ola de placer, una fuerza como un tsunami a la que no puedo resistirme.
Lea se queda conmigo durante todo, tragando todo lo que le doy, sus ojos hinchados y rojos sin apartarse de los míos. Es el momento más íntimo que he experimentado nunca, y está ocurriendo en un baño diminuto con una mujer que supuestamente me odia.
Cuando por fin acaba, las últimas réplicas desvaneciéndose, se aparta despacio. Me inclino y la ayudo a levantarse, atrayéndola hacia mí sin pensar, necesitando abrazarla. Por un momento, se tensa entre mis brazos, y creo que va a empujarme.
Pero entonces se derrite contra mí, y nos quedamos ahí en un abrazo frágil. Pero todavía hay reserva en sus ojos, una cautela en su postura, que me dice que esto —sea lo que sea— no está resuelto. Estamos de pie en un campo de minas, y ninguno de los dos sabe dónde es seguro pisar.
Le aparto un rizo de la cara, se lo coloco detrás de la oreja, y me inclino para besarla en la frente.
—¿Y ahora qué?
Aprieta los labios, y puedo ver el conflicto desplegándose tras sus ojos.
—No lo sé.
Antes de que pueda responder, unos golpes en la puerta nos hacen saltar a los dos.
—¿Perdona? —Una voz femenina impaciente llama a través de la puerta—. Hay gente que de verdad necesita usar el baño.
El ruido hace que Lea vuelva en sí como si alguien le hubiera dado una bofetada. Se le abren los ojos de horror y se separa de mí tan rápido que casi se tropieza. Sus mejillas arden escarlata mientras se mira, como si solo ahora se diera cuenta de lo que acabamos de hacer.
—Dios mío —susurra, subiéndose las bragas y los vaqueros frenéticamente—. Dios mío.
Le tiemblan los dedos tanto que apenas puede abrocharse los vaqueros, y la transformación me resulta brutal: hace un momento estaba segura, al mando, y ahora es un manojo de nervios.
—Lea… —Extiendo la mano para ayudarla, pero se aparta de mi contacto como si quemara.
—No me toques —dice con sequedad.
Los golpes impacientes vuelven, más insistentes esta vez.
—¡Oye!
—¡Un momento! —grita Lea, con la voz quebrándose.
Sabiendo que va directa a la salida, aunque yo intento frenarla, me arreglo rápido, me coloco todo y subo la cremallera. Mis dedos se sienten torpes y descoordinados, la bruma del orgasmo convirtiendo la motricidad fina en un reto.
—Lea —digo de nuevo, sin saber qué voy a decir, pero necesitando decir algo.
No me mira. En cambio, se gira hacia el espejo y retrocede al ver su reflejo. Su maquillaje es un desastre: el rímel corrido por las mejillas de las lágrimas, el pintalabios extendido más allá de los labios, y el chupetón que le dejé ya oscureciéndose en su cuello.
—Esto ha sido un error —dice, con la voz vacía mientras agarra el borde del lavabo.
—No lo ha—
—¡Mírame! —Señala su reflejo—. ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estamos haciendo nosotros?
La verdad es que no sé qué estamos haciendo. Lo único que sé es que se siente bien a pesar de todas las razones por las que no debería, y que quiero más, y que estoy dispuesto a luchar por ello. Pero está claro que ella no siente lo mismo.
O no ahora mismo, al menos.
Se echa agua en la cara, intentando limpiar los estragos, pero solo empeora las cosas, extendiendo los churretones negros por sus mejillas. Coge una toalla de papel y se frota la cara frenéticamente.
—Mike te mataría —murmura, más para sí misma que para mí—. Y no me volvería a hablar jamás…
—Yo—
Sigue hablando, cortándome antes de que pueda articular palabra.
—Hay razones por las que me blindé contra ti después de que me mintieras… me criticaras…
Es como si estuviera deshaciendo un hechizo de su propia creación, su mente inventando todas las excusas del mundo para ignorar algo que su corazón está sintiendo con la misma fuerza que el mío. Pero ahora mismo, en este momento, es una fuerza de la naturaleza.
Innegable.
Irracional.
Otro golpe, este tan fuerte que la puerta vibra en su marco.
Lea levanta la cabeza de golpe, pánico escrito en su cara.
—¡Ya salgo!
Se rinde con su apariencia y coge el bolso de donde cayó al suelo. Le tiemblan las manos visiblemente mientras forcejea con la correa, y algo en mi pecho se retuerce dolorosamente al verlo.
—Lea, espera— —Alargo la mano hacia ella, pero me la aparta de un manotazo como si quemara.
—No. —Su voz es cruda, las lágrimas cayendo libremente ahora—. Esto no ha pasado nunca.
Antes de que pueda responder, abre el pestillo y tira de la puerta. Una estudiante de último año furiosa con una melena rubia a la altura de la barbilla y un jersey de aspecto caro está ahí plantada, con la boca ya abierta para soltar lo que seguro iba a ser una diatriba mordaz.
Pero se detiene en seco al ver la cara llena de lágrimas de Lea.
Lea pasa de largo sin decir una palabra, dejándome a solas con la Rubia del Bob, que ahora me mira como si fuera algo que se ha raspado de la suela del zapato, o alguien a quien habría que llamar a la policía.
—¿Qué coño le has hecho? —exige, entrecerrando los ojos hasta convertirlos en rendijas.
Levanto las manos en señal de rendición mientras salgo del baño.
—Es complicado.
—Hombres —escupe con asco antes de entrar al baño.
Cuando la puerta se cierra de un portazo detrás de ella, me quedo ahí plantado, todavía tambaleándome por la montaña rusa de los últimos veinte minutos.
El eco del portazo parece reverberar a través de todo mi cuerpo, una manifestación física de la forma abrupta en que han terminado las cosas con Lea.
Con la reacción de Lea, debería sentirme avergonzado o culpable. Debería preocuparme de que Mike se entere o de lo que diría la profesora Lucas si supiera que acabo de tener sexo oral con mi compañera de proyecto, y el posible impacto en mi matriculación en el seminario selectivo…
Pero no siento nada de eso.
En su lugar, hay una claridad que no he sentido en meses, quizá años. Como piezas de un puzle encajando en su sitio, revelando una imagen que no sabía que estaba intentando componer. Es una imagen desordenada, llena de dolor y pasión, rabia y anhelo, pérdida y anhelo.
Y, cuando la considero, la imagen me grita una sola cosa.
Quiero a Lea Altman.
No solo su cuerpo, aunque esa parte ha sido lo bastante alucinante. Quiero su mente, su perspectiva y su arte. Quiero la forma en que ve el mundo y la forma en que me desafía a verlo de otra manera. Quiero su rabia y su vulnerabilidad y cada parte complicada y contradictoria de ella.
Quiero ayudar a sanar el dolor que claramente sigue supurando dentro de ella, y quiero que ella me ayude a navegar el Royal Rumble que tiene lugar en mi cabeza. Y, más que querer hacer estas cosas, creo que podemos hacerlas… necesitamos hacerlas.
Solo he tenido un atisbo esta noche, pero me alimentará durante días.
Pero mientras estoy plantado en medio de la biblioteca como un pasmarote, me doy cuenta de que estoy sonriendo.
A pesar del desastre, a pesar de sus lágrimas y declaraciones de que todo fue un error, y a pesar de que mi mejor amigo —su hermano— probablemente me mate, me siento mejor de lo que me he sentido en semanas.
Porque ahora lo sé.
Sé lo que quiero.
Y que Dios ayude al desgraciado que se interponga en mi camino.