Capítulo 14
catorce
DECLAN
El pestillo se cierra con un chasquido que parece imposiblemente fuerte en el diminuto baño, y antes de que pueda pensar realmente en lo que estoy haciendo —encerrar a una mujer en un espacio cerrado y bloquearle la salida— estamos tan cerca que puedo sentir el calor que irradia del cuerpo de Lea.
—¿Qué demonios, Declan? —exige, con la voz baja pero vibrando de furia—. ¡Esto es totalmente inapropiado, joder! ¡Te pueden expulsar por esto! ¡Sal de aquí!
Puedo ver cómo su pecho sube y baja rápidamente mientras intenta desesperadamente controlar sus emociones. El espacio apenas es lo bastante grande para una persona, mucho menos para dos, y ella está justo ahí delante de mí, con los ojos vidriosos y las lágrimas amenazando con desbordarse.
Se me encoge el pecho al verla.
Yo puse esa expresión en su cara.
—No odié tu dibujo —suelto de golpe, ignorando por completo sus palabras, aunque retrocedo un centímetro para intentar mostrarle que no soy una amenaza.
Intenta reírse, pero lo que sale es un sonido ahogado a medio camino entre una burla y un sollozo mientras retrocede un paso.
—Claro. Seguro.
—No lo odié.
—¿Por qué mientes? —Una lágrima se escapa al fin, rodándole por la mejilla—. Tenías la misma expresión que aquella noche en clase, cuando escribiste… —Se le quiebra la voz y traga con fuerza—. ¿Sabes que no he podido dibujar nada decente desde aquella clase?
Me muero por acercarme a ella, pero es evidente que quiere un poco de distancia, y el hecho de que no haya gritado pidiendo ayuda ni me haya dado una patada en los huevos es suficiente por ahora. Y, sinceramente, ni siquiera sé qué hago aquí, persiguiendo a alguien que claramente quiere espacio…
La puta hermana de Mike, imbécil , contribuye mi mente, tan servicial como siempre. La chica que lleva semanas furiosa contigo…
Suspiro, destierro el pensamiento y vuelvo a centrarme en ella.
—Lea, de verdad necesitas dejarme expl—
—No, Declan, yo no necesito hacer nada. —Ya ni siquiera intenta ocultar las lágrimas—.
Cada vez que pongo el lápiz sobre el papel, oigo tu voz en mi cabeza diciéndome que voy a lo seguro.
Pero ¿sabes qué es lo que jodidamente me destroza?
¡Que tienes razón! Y la única noche que me arriesgué, me mentiste y me destrozaste…
La pieza del puzle encaja con la fuerza de un cañonazo.
La mentira no era solo por el hecho de que yo fuera jugador de hockey.
Era porque se había arriesgado con un chico, tan poco después de que le rompieran el corazón, y le habían tirado tierra a la cara.
Y justo cuando empezaba a superarlo, el tipo que le había tirado la tierra —yo— la había criticado en público por no arriesgarse.
Joder.
Se me cae el estómago al suelo. Después de conectar los puntos por fin, la idea de que haya dañado su confianza o de que la haya hecho dudar de su talento es insoportable. Pero, por alguna razón, no creo que repetirle mis excusas sea el enfoque correcto. Es momento de atacar, no de defender.
—Tu dibujo era genial, Lea —digo.
—Deja de mentir —espeta—. Se te da fatal disimular. Vi tu reacción.
No sé si es desesperación o estupidez o cómo se ve con lágrimas en los ojos y la barbilla levantada en desafío, pero me inclino y presiono mi boca contra la suya.
Tarda en reaccionar, y durante una fracción de segundo, estoy convencido de que va a darme un rodillazo en los huevos.
Y, como preparándose para eso, sus manos suben a mis hombros.
Me preparo para el contacto y un dolor incapacitante.
Pero entonces está agarrando puñados de mi camiseta, tirando de mí hacia ella, y nada de esto tiene sentido, pero me da igual porque sus labios son suaves y cálidos. Abre la boca contra la mía, emitiendo un sonido desesperado y furioso que me dispara directo a la entrepierna.
Este beso no se parece en nada al primero. No es tierno ni explorador ni dulce. Es pura emoción y deseo, como alguien que se ahoga aferrándose desesperadamente a quien intenta rescatarle, intentando arrastrarlo bajo el agua también.
Sus dientes atrapan mi labio inferior, mordiendo con la fuerza suficiente para hacerme gemir.
La empujo contra el lavabo, con las manos deslizándose hasta sus caderas, apretando con fuerza suficiente como para dejar marcas.
Se merece algo mejor que este baño diminuto, algo mejor que yo, pero no soy capaz de apartarme.
—Te odio —susurra, pero su cuerpo cuenta una historia diferente cuando se arquea hacia mí. Sus manos se mueven frenéticamente por mi pecho, mis hombros, y suben hasta mi pelo, donde sus dedos se enredan y tiran, enviándome escalofríos por la columna—. Me haces sentir tan jodidamente pequeña.
Le agarro el culo y la subo al borde del lavabo, y ella envuelve las piernas alrededor de mi cintura, atrayéndome contra su centro. Mi polla presiona contra los vaqueros, y cuando muevo las caderas contra las suyas, la fricción es eléctrica incluso a través de capas de tela.
—No, no lo haces —digo, mientras dejo un rastro de besos calientes y con la boca abierta por su cuello—. Solo estás asustada, y todavía te duele…
Se le escapa un jadeo, ya sea por mis palabras o por mi boca, y como respuesta succiono con fuerza.
Quiero dejarle una marca, quiero que todo el mundo sepa que es mía, aunque no tengo ningún derecho a reclamarla.
Y cuando me aparto, una sonrisa me asoma en la comisura de los labios, porque hay un recordatorio rojo encendido para cuando se mire al espejo.
—Imbécil… —Se ríe, todavía sollozando, amarga y dulce a la vez.
Luego me agarra la camiseta y me arrastra de vuelta a su boca una vez más. Pero esta vez, cuando me besa, es más lento y profundo, su lengua explorando con movimientos deliberados que me debilitan las rodillas.
Mis manos se abren camino bajo su jersey, con las palmas planas contra la piel cálida de su espalda. Es tan suave, tan perfecta, y cuando llevo las manos al frente y rozo con extrema delicadeza la parte inferior de sus pechos, emite un sonido que es mitad gemido, mitad maldición.
Interrumpo el beso para mirarla, necesitando ver su cara.
Todavía quedan los restos de antes —el maquillaje corrido, el rastro húmedo de sus lágrimas—, pero ahora tiene las pupilas dilatadas, los labios hinchados y rosados, y las mejillas encendidas de deseo o rabia o ambas cosas. Nunca he visto nada más hermoso.
—¿En qué piensas? —exige, sin aliento.
—En que quiero dibujarte así —admito—. Sonrojada y furiosa. Es precioso.
Una de mis manos sube más, por dentro de su camiseta, ahuecándose sobre su pecho a través del fino sostén de encaje. Es pequeña pero perfecta, encajando exactamente en mi palma. Cuando le rozo el pezón con el pulgar, gime contra mi boca, y el sonido reverbera a través de mí.
Quiero sentirla. Quiero perderme en su cuerpo hasta que ninguno de los dos recuerde por qué se supone que debemos odiarnos. Mi mano baja hasta el botón de sus vaqueros, dudando ahí mientras me echo atrás lo justo para mirarla a los ojos, pidiéndole permiso en silencio.
Su respuesta es meter la mano entre los dos, la palma presionando con firmeza contra mi bulto.
—Joder —siseo, dejando caer la frente sobre su hombro.
Le desabrocho los vaqueros, saboreando la anticipación. Levanta el culo del lavabo un instante mientras se los bajo, y entonces todo se dispara. Mis dedos se deslizan justo por debajo de la cinturilla de sus bragas, sintiendo la piel suave, y el leve temblor que la recorre.
—Tócame —dice, con la voz rota—. Ya.
Obedezco, deslizando la mano más abajo, y mis dedos la encuentran caliente y mojada de deseo.
Sus caderas se sacuden contra mi mano mientras la acaricio, trazando círculos sobre su clítoris con el pulgar.
Observo su cara mientras el placer la invade, catalogando cada expresión, cada respiración entrecortada, cada…
—Deja de hacer eso —medio solloza y medio ríe, sin aliento de placer.
—¿Hacer qué? —Congelo la mano en su sitio—. ¿Esto?
—¡No! —Protesta, agarrándome la mano y forzando el movimiento—. Digo que dejes de mirarme como si me estuvieras memorizando para un dibujo.
Casi me río mientras retomo el ritmo, ganándome un gemido a cambio.
—¿Me lees el pensamiento?
Se echa hacia atrás, entrecerrando los ojos.
—Como un libro abierto —dice, y se lanza hacia delante para atrapar mi boca otra vez.
Mientras nos besamos, mis dedos continúan su exploración, hundiéndose dentro de ella, sintiéndola contraerse a mi alrededor.
¿Mi otra mano? Bueno, se lo está pasando en grande con uno de sus pechos, pellizcando el pezón hasta que se pone duro como una piedrecita.
Entre las dos cosas, tengo suficientes señales de su cuerpo como para saber que me desea.
No me odia.
No me detesta.
Me desea.
El sentimiento es mutuo, y cuando su mano se aprieta sobre mi polla, incluso a través de la tela, siento cómo palpito en respuesta. Pero no es tanto una caricia como una posesión, como si soltarme o romper el momento la hiciera caer en espiral otra vez…
Y de pronto estoy de rodillas frente a ella, bajándole los vaqueros por los muslos. Ella levanta las caderas para ayudar, y pronto está medio desnuda en este diminuto baño, sus bragas lo único que separa mi boca de donde me muero por probarla.
Levanto la vista hacia ella, golpeado de nuevo por lo perfecta que es: los rizos alborotados por mis manos, las mejillas encendidas, los labios entreabiertos.
Nuestras miradas se encuentran, y algo cambia entre nosotros.
La rabia sigue ahí, pero debajo hay algo crudo y vulnerable que me hace doler el pecho.
Baja la mano y me aparta el pelo de la frente con una suavidad que parece fuera de lugar en este encuentro frenético.
—Esto es mala idea —dice en voz baja.
—La peor —coincido, pero no me aparto. En vez de eso, presiono un beso en la cara interna de su muslo y la siento estremecerse.