Capítulo 9 #2
—Mi padre piensa que debería dedicarme a algo más estable y práctico —explico, observando a los jugadores recolocarse para el saque de centro, mis ojos otra vez —exasperantemente— atraídos hacia él—.
Y mi madre piensa que si voy a perder el tiempo con el arte, al menos debería hacerlo "bien", como mi abuela.
No le he contado mucho a Em sobre mi abuela, bajo cuya sombra he vivido desde antes de tener edad para sostener un lápiz. ¿Cómo explicarle que la mujer a la que se supone que debo admirar, la mujer cuyo talento supuestamente corre por mis venas, es también un peso enorme sobre mis hombros?
—¿"Bien"? ¿Qué significa eso? —La indignación de Em en mi nombre me reconforta más que el chocolate caliente.
—Según mi madre, significa ser salvajemente original y asumir riesgos. —Me encojo de hombros, intentando mantener un tono ligero—. Ya sabes, dejar la universidad para montar tu propia exposición.
—Eso suena…
—¿Terrorífico? ¿Irresponsable? ¿Completamente irreal para cualquiera que no sea rica de cuna o no esté dispuesta a pasar hambre durante una década?
—Resoplo—. La ironía no se me escapa. Quieren que Mike vaya a Medicina porque es estable, en vez de ir al hockey profesional, donde puede ganar millones.
Y quieren que yo sea una artista muerta de hambre.
Em se ríe.
—Bueno, yo iba a decir "artista rebelde y malota con actitud", pero tu versión también vale.
—Mi abuela era una artista increíble —admito—, pero también tuvo una suerte increíble. Y tenía contactos. Y vivió en otra época.
En el hielo, Declan le da un pase precioso a Mike, que tira y… falla. Puedo ver la frustración de mi hermano incluso desde aquí, cómo su lenguaje corporal grita decepción. No he visto muchos de sus partidos, pero todo en él está raro, y otra vez me descubro preguntándome qué le pasa.
—Eso es duro —dice Em con suavidad—. Para los dos.
—No pasa nada —insisto, de pronto avergonzada por lo mucho que he revelado—. Son buenas personas. Solo se preocupan. Quieren que tengamos un futuro seguro.
Em no parece convencida.
—Aun así, tiene que doler.
—Mira quién se ha vuelto psicóloga de repente —bromeo, desesperada por aligerar el ambiente.
—Tengo una especialización en Cantar las Verdades —corrige Em con una sonrisa—. Y lo que estoy viendo son dos padres muy exitosos intentando meter a sus hijos en moldes que no les quedan, en lugar de dejarlos florecer en lo que aman y se les da bien.
—Puede ser —concedo—. Pero al menos les importa lo suficiente como para querer lo mejor para nosotros, aunque se equivoquen sobre qué es lo mejor.
—De acuerdo. —Em me da un empujoncito con el hombro—. Aunque para que lo sepas, creo que tu arte tiene mucha alma.
Me vuelvo hacia ella, sorprendida.
—Si ni siquiera has visto mi arte.
—Vi tu cuaderno de bocetos en tu escritorio el otro día. —Tiene la decencia de parecer ligeramente culpable—. Puede que echara un vistazo.
—¿Fisgoneaste? —pregunto, más divertida que enfadada.
—Prefiero llamarlo "operación de reconocimiento" —dice con aire solemne—. Y mis hallazgos confirman que Declan el Imbécil está lleno de mierda.
—Gracias —digo, y lo digo en serio.
—Cuando quieras. —Em levanta su vaso de refresco—. Por la decepción de nuestros padres y por hacer lo que amamos de todas formas.
Choco mi chocolate caliente contra su vaso.
—Por eso brindo.
Cuando volvemos a prestar atención al partido, veo que Declan mira hacia las gradas, directamente hacia mí. Por su expresión, le sorprende que esté aquí, y cuando nuestras miradas se cruzan, algo pasa entre nosotros.
Furia y rabia y dolor.
Pues a la mierda con él.
No aparto la mirada y mantengo la cara dura como el granito, hasta que Mike lo llama. Declan se da la vuelta, y me quedo preguntándome por qué el corazón me late de repente de una forma que no tiene nada que ver con el frío.
—¿Y tus padres? —Me vuelvo hacia Em, desesperada por tener conversación—. Apenas los has mencionado…
—No hay mucho que contar. —Se encoge de hombros—. Mi madre es modista, mi padre escribe libros. Me quieren. Me apoyan. Fin.
—Qué lujo —me río, sin lograr ocultar del todo la amargura.
—O sea, no les hizo mucha gracia que me tomara un tiempo después de la secundaria, pero necesitaba un año por unas… cosas personales… y al final lo aceptaron.
—No puedo imaginarme crecer así —admito—. Con padres que respetan tus decisiones.
—Y yo no puedo imaginarme padres que te hagan dudar de todo. —La voz de Em se suaviza—. Con razón siempre te estás disculpando por tener emociones.
Parpadeo, atónita.
—¿Qué quieres decir?
—Cada vez que te enfadas o te emocionas por algo, te echas atrás, como si tuvieras miedo de sentir demasiado. —Se encoge de hombros—. Lo noté el primer día que nos conocimos.
La verdad de lo que dice me cala hondo.
—Me tratan como si fuera de cristal por el hecho de que me guste el arte. Como si ser creativa significara que soy extrasensible o algo así.
—Eso es una mierda —dice Em con sencillez.
—Creen que soy demasiado emocional cuando simplemente estoy…
reaccionando con normalidad —continúo, y las palabras empiezan a salir solas—.
Como cuando Chris me dejó, mi padre intentó animarme diciéndome que había "muchos peces en el mar", como si hubiera perdido un pez de colores en vez de que me hubieran arrancado el corazón.
—Ay.
—Y mi madre dijo que era "demasiado sensible" y "demasiado confiada", como si fuera culpa mía. —Resoplo, evitando los ojos de Em—. Mike fue el único que lo entendió. Me ayudó a superar todo aquello, y ni una sola vez me hizo sentir estúpida por estar disgustada.
—Tu hermano parece una joya —dice Em con una sonrisa suave—. Todo el mundo necesita a alguien así.
—Es genial —coincido, buscándolo con la mirada en el hielo—. Puede ser sobreprotector, pero nunca ha invalidado lo que siento. Cuando estoy mal, simplemente… me deja estar mal.
Suena la bocina, sobresaltándome. Pine Barren ha marcado de nuevo: gol de Mike, con asistencia de Declan. Sin pensarlo, me pongo de pie de un salto, con las lágrimas pinchándome los ojos por el recuerdo de Chris y la gratitud que siento por mi hermano.
—¡VAMOS, MIKE! —grito, y las palabras me salen de la garganta con una fuerza sorprendente, atrayendo miradas a mi alrededor, incluidas las de las conejitas del hockey.
Em salta a mi lado, uniendo su voz a la mía.
—¡BIEEEN! ¡VAMOS, ALTMAN!
Abajo en el hielo, Mike mira hacia las gradas.
Incluso a través del casco y el protector bucal, sé que está sonriendo.
Levanta el palo en señal de reconocimiento, y una extraña ligereza me llena el pecho.
Pero cuando ve que Declan me está mirando, le ladra al equipo —o, más bien, a Declan— que se concentren.
Cuando nos sentamos de nuevo, tengo las mejillas encendidas por la emoción y el sentimiento inesperado.
—Compensa lo de nuestros padres horribles —murmuro.
Em me observa pensativa.
—¿Y cómo crees que reaccionaría si se enterara de lo que Declan dijo sobre tu arte?
No lo había pensado desde ese ángulo.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, suena como un hermano mayor protector —dice Em, observando a los jugadores recolocarse—. ¿Qué haría si supiera que Declan insultó tu trabajo? ¿Crees que montaría una pelea en pleno partido? ¿Lo estamparía contra la pared del vestuario? ¿Lo retaría a un duelo con pistolas a diez pasos?
La imagen es casi cómica —Mike enfrentándose a Declan por una crítica de arte—, pero conociendo el temperamento de mi hermano cuando se trata de gente que me hace daño, no es del todo descabellada.
Y Declan sí me hizo daño dos veces en una semana, algo con lo que no contaba durante mis primeras semanas en la universidad.
—Nunca tendremos que averiguarlo —digo con firmeza—, porque he terminado con Declan el Imbécil para siempre.
—Cierto —concede Em—. Además, si Mike le pegara, a lo mejor Declan se pone todavía más bueno —los moratones están de moda ahora mismo— y eso haría más difícil odiarlo…
A pesar de todo, me río.
—No tienes remedio.
—Solo digo las cosas como son —sonríe—. Además, podemos fastidiarlo de formas más creativas. Tengo contactos en el departamento de Química. Solo lo dejo caer.
—Tentador —admito—, pero estoy intentando ser una adulta madura.
—Sobrevalorado —declara Em—. Ser mezquina es mucho más satisfactorio.