Capítulo 7
siete
LEA
—Y entonces me miró con esos ojos color avellana tan preciosos… —Marnie suspira soñadora, apuñalando su ensalada con un tenedor de plástico.
Asiento mecánicamente, empujando la comida por el plato. Las luces fluorescentes del comedor proyectan un resplandor enfermizo sobre todo, haciendo que la comida, ya de por sí poco apetecible, tenga un aspecto aún peor.
No es que tenga hambre, de todos modos: mi apetito desapareció en algún punto entre el análisis detallado que hizo Marnie de la «mandíbula perfecta» de Trevor y su monólogo de veinte minutos sobre lo «adorable» que le queda el pelo cuando está nervioso.
No tan mono como el de Declan…
El pensamiento se cuela antes de que pueda frenarlo, y de pronto estoy otra vez en el pasillo de Mike, viendo los dedos de Declan hundirse en su pelo empapado de Marsala mientras intenta explicarse. El recuerdo me golpea como un puñetazo a traición…
Basta , me grita mi mente. Te mintió.
—¿Lea? —Marnie agita la mano frente a mi cara—. ¿Estás bien? Pareces… asesina.
—Estoy bien. —Las palabras salen más cortantes de lo que pretendía—. Solo… cansada.
Em me lanza una mirada cómplice desde el otro lado de la mesa.
Es la única que conoce la historia completa de lo que pasó con Declan.
Y, de no ser por ella, probablemente habría hecho las maletas y me habría ido a casa, sintiéndome estúpida por confiar en un tipo y salir herida otra vez, apenas unos meses después de Chris.
En los pocos días desde entonces, no he sabido nada de Declan, y me alegro.
No tengo duda de que Mike le habría cortado las alas de todas formas, con su numerito de «no salgas con mi hermanita» tan eficaz como exasperante, pero que Declan ni siquiera haya intentado escribirme zanja el asunto de todos modos.
Es solo otro jugador de hockey.
Diciendo y haciendo lo que sea para meterse en las bragas de la novata.
Conozco el tipo, porque mi hermano es el tipo.
Y yo no debería haber sido tan jodidamente estúpida.
En fin, agua pasada…
—Entonces —continúa Marnie, ajena a mi crisis interna—, Trevor me preguntó si quería que estudiásemos juntos algún día, y…
—¡Ah! —La voz de Em corta el parloteo enamorado de Marnie como un cuchillo piadoso—. ¿Oyeron lo del festival de puestos de comida de la semana que viene?
Podría besarla.
Besarla de verdad, ahí mismo, en sus labios brillantes y perfectamente delineados.
—¿Festival de puestos de comida? —Ping, una de las otras descarriadas que hemos ido recogiendo, se anima desde su extremo de la mesa—. ¿Cuándo?
—El jueves —dice Em—. Justo antes del partido contra Princeton.
Se me encoge el estómago al oír lo del partido. Porque claro. Últimamente todo parece girar en torno al hockey, como si el universo estuviera torturándome a propósito. Es lo único de lo que habla Mike, es de lo único que Declan no habló, y ahora hasta mis amigas se han sumado al numerito.
—¡Deberíamos ir! —Marnie da saltitos en su silla, casi volcando el vaso de agua—. Oí que va a estar el puesto de barbacoa coreana. Y quizás…
—¿Quizás qué? —Em entorna los ojos.
—Quizás Trevor también esté, porque vi en Insta que le gusta la comida coreana… —Sonríe—. Igual me pongo un…
—Dios nos libre de hacer algo sin la posibilidad de cruzarnos con Trevor —murmuro entre dientes.
Em me da una patada por debajo de la mesa. Fuerte.
—¡Ay! —La fulmino con la mirada—. ¡Esa era mi espinilla!
—¿Sí? —Parpadea con inocencia—. Se me habrá resbalado el pie.
Entorno los ojos, pero ella se limita a sonreír y le da un mordisco deliberado a su manzana. Suelto un suspiro y concluyo que probablemente me lo merecía. Llevo días dándole vueltas a lo de Declan, a Mike y a toda la situación de mierda, y seguramente he sido una compañía pésima.
Estoy enfadada con Declan, por mentirme…
Con Mike, por ser un imbécil sobreprotector…
Con toda la estúpida situación, porque había sido feliz y ahora soy una desgraciada…
Y, si soy honesta, conmigo misma.
Había puesto un embargo sobre los tipos por una razón. Después del verano y del puto desastre con Chris, me había dicho que simplemente me instalaría en la universidad y me olvidaría del romance por un tiempo. Porque, a diferencia de algunas chicas, no me interesa ir sumando nombres a la lista.
Estoy aquí por el arte.
Y, por un momento, pensé que Declan también.
—¿Entonces qué dices, Lea? —pregunta Ping, devolviéndome la atención al grupo—. ¿Puestos de comida? ¿Y después podemos ir todas al partido?
—Yo… —La palabra se me atasca en la garganta—. Eh, no sé…
Ir al partido significa ver a Declan. Verlo con Mike. Verlo haciendo lo que convenientemente olvidó mencionar que le apasionaba, lo que no tiene que ver con bocetos ni pintura ni ir a galerías…
Se le veía tan entusiasmado hablando de arte aquella noche.
¿Algo de eso era real?
Busco desesperadamente una excusa para escabullirme.
Porque, desde aquella noche, todo el campus ha estado inundado de cháchara y carteles sobre el partido.
Los pósteres llevan la cara grande y tonta de Mike.
Y el vídeo promocional en las redes de la universidad lleva el cuerpo grande y precioso de Declan…
¡Agh!
¡De eso nada!
¡No puedo!
—Lo siento, yo… —Busco una excusa. Cualquier excusa—. Tengo una cosa. De la clase de arte. Un proyecto.
—¿Un jueves por la noche? —El escepticismo de Marnie es evidente—. Trevor estudia Derecho, y ni siquiera él tiene clase un jueves por la noche…
—Pues sí. —Me meto un tenedor lleno de carne misteriosa en la boca para no tener que dar más explicaciones—. Un proyecto muy importante.
—Pero el partido contra Princeton es, o sea, el partido —protesta Ping—. Va todo el mundo. Hasta la gente que odia los deportes.
—Que soy yo —digo con la boca llena de supuesta carne—. Odiar los deportes, quiero decir. Con una pasión ardiente. Tipo odio a nivel olímpico.
El pie de Em conecta con mi espinilla otra vez.
—¡Joder! —chillo—. ¿Puedes parar?
—¿Parar qué? —Se examina las uñas impecables, burbujeante como si nada a pesar de repartir castigos corporales bajo la mesa—. Yo solo estoy aquí sentada, siendo una amiga muy comprensiva, que piensa que quizá salir de tu cuarto para algo que no sea clase te vendría bien.
Le lanzo una mirada asesina.
—Yo…
—¡No he terminado de hablar! —dice—. Y que espera que una amiga que ha sido un bajón total durante, no sé, tres o cuatro días, reconozca que sus amigas supercomprensivas se están esforzando mucho por animarla y sacarla de la cama…
—¡Ayer fui a la biblioteca!
—A esconderte de Trevor. —Em me fulmina con la mirada—. Cuando vino buscando a Marnie…
—¿Trevor preguntó por mí? —dice Marnie, con una voz empalagosa que da arcadas—. Se acabó, le voy a escribir y…
—Ofrécete a follártelo hasta dejarlo sin sentido, por favor, por el bien de todas —se ríe Ping, cortando a Marnie antes de que se deshaga en babas otra hora, y se gira hacia mí—. Lea…
—Vale, iré al estúpido partido, pero no prometo que me guste —suspiro—. ¿Pero podemos dejar de hablar de esto?
—¿Alguna vez dejo de hablar de algo? —se ríe Em, pero al menos ha dejado de darme patadas—. ¡Va a ser divertido! Podemos pintarnos la cara con los colores de la uni…
—Ni de broma —digo.
—…hacer carteles…
—Rotundamente no.
—…decidir de qué miembros del equipo nos inventamos rumores…
Sonrío de lado.
—Ahora sí que hablamos…
—…y cuáles seguro que tienen enfermedades venéreas…
Me echo a reír, y la alegría y la insistencia de Em cortan mi humor negro como el sol entre las nubes.
Las demás se unen, y por un momento me olvido del estúpido de Declan, y del estúpido de Mike, y de la estúpida de mí por ser lo bastante estúpida como para dejarme engatusar por otro chico tan pronto…
Pero entonces, así sin más, vuelve la nube negra.
—Tengo que irme. —Las palabras salen a borbotones mientras cojo mi bolso—. Acabo de acordarme de que tengo… una cosa.
—¿Otra cosa? —Marnie frunce el ceño—. Pero si ya tienes una cosa el jueves por la noche, ¿no?
La miro, preguntándome cómo la admitieron en la universidad, pero me encojo de hombros.
—Es otra cosa distinta, Marn. Una cosa muy importante. Que tengo que hacer. Ahora mismo.
Ya estoy a medio camino de la salida cuando Em me alcanza.
—Lea, espera —dice.
—Estoy bien —digo automáticamente, aunque no me lo ha preguntado.
—Claro que sí. —Se pone a mi lado—. Por eso estás huyendo del comedor como si se estuviera incendiando. Porque estás total y completamente bien.
—Es que… —Empujo las puertas pesadas hacia el aire fresco—. Es que no puedo quedarme ahí sentada mientras Marnie babea por Trevor y todas hablan del partido…
—Lo siento. —Me coge de la mano y me envuelve en un abrazo feroz—. Pero sabes que ir al partido no será lo peor del mundo. Le demostrará que no te estás escondiendo.
—No me estoy escondiendo —digo, con la barbilla apoyada en su hombro. Debería apartarme, porque estamos dando el espectáculo y todo el mundo nos mira, pero no quiero.
Me mira y levanta una ceja perfectamente perfilada.
—Bueno, lo admitas o no, ¡me niego a dejar que ese imbécil te arruine el año antes de que empiecen las clases siquiera!
A pesar de todo, se me escapa una sonrisa.
—Eres insoportable.
—Prefiero «encantadoramente persistente». —Me aprieta fuerte—. Mira, lo entiendo. El tipo hizo una jugada asquerosa. Pero no puedes dejar que él, ni tu hermano, te digan adónde ir ni qué hacer. Ya sea que decidas volver a subirte al caballo… o a la po—
—¡Em! —chillo, riéndome.
—Al caballo, entonces… —Sonríe—. Solo intenta no dejar que esto te arruine todo lo demás, ¿vale? Hay clases increíbles esperándote… básicamente ya eres mi mejor amiga…
—Lo sé. —Suspiro—. Es que… me gustaba mucho, Em.
Mucho mucho, cuando me había dicho a mí misma que no iba a hacer lo de los chicos por un tiempo.
Y ahora cada vez que pienso en aquella noche, la primera noche de universidad, lo único que veo es lo falso que fue todo.
Cómo se sentó ahí a hablar de arte como si fuera su mundo entero, cuando en realidad…
—¿Cuando en realidad solo intentaba meterse en tus bragas?
—Cuando en realidad intentaba ser algo que no es —digo.
—Bueno, eso también.
—Y yo me lo tragué. Igual que me tragué el numerito de «viajero con alma» de Chris.
Em me estudia un buen rato y luego suspira.
—Ven al partido, ¿vale?
Dudo.
—¿Sin pintura de cara?
—Sin pintura de cara.
—¿Y sin carteles?
—Te lo juro. —Se dibuja una X sobre el pecho—. Aunque no puedo prometer que Marnie no se pase todo el rato buscando a Trevor.
—Como oiga una palabra más sobre su «culo de piedra»… —Me quejo—. Aunque al menos ha dejado atrás su «risa profunda».
—¡Pues es una cita! —Em sonríe—. Será mejor que vayas a clase…
Asiento, alargo la mano y le aprieto el hombro a Em.
—Gracias, Em —digo.
Me voy, y sigo pensando en las palabras de Em mientras cruzo el campus. Es un día precioso, y en cualquier otra circunstancia estaría sacando mi cuaderno de bocetos para capturar cómo la luz del sol se filtra entre las ramas de los árboles.
Pero ahora mismo estoy demasiado ocupada intentando no llegar tarde a mi primera clase de dibujo al natural. Es la clase que más ganas tenía de este semestre, y si algo puede sacarme de mi miseria es esto, y Declan no puede arruinarme esto, al menos.
Céntrate en los estudios , interviene mi mente, servicial. En el arte.
Miro el móvil.
Mierda.
Voy justísima.
Aprieto el paso, mi bandolera rebotando contra la cadera mientras medio corro a través de la explanada. El edificio de arte debería estar… justo… ¿ahí? No, ese es el de música. O… no… eso es un ala de administración…
Maldita sea.
A pesar de la visita guiada que me dio Mike el otro día y de todos los paseos a los que Em me ha arrastrado, me las arreglo para perderme. El campus no es tan grande, pero entre la colección de edificios idénticos de ladrillo rojo y los caminos serpenteantes, es como un laberinto.
El corazón me va a mil cuando por fin localizo el edificio correcto. Y, un minuto después, cruzo las puertas a toda prisa. Busco el aula doscientos cuatro. Segundo piso. El ascensor tardaría demasiado, así que subo las escaleras de dos en dos, con el bolso rebotando como loco.
Irrumpo en el aula, ligeramente sin aliento, y descubro que todos los caballetes están ocupados menos uno. La profesora, una mujer alta con pelo veteado de plata y vaqueros salpicados de pintura, ya está hablando, y se detiene cuando me ve.
—Qué amable de su parte unirse a nosotros. —La profesora arquea una ceja, cuestionando mi retraso, pero no detecto malicia en la mirada—. Siéntese ahí, por favor…
Asiento y me deslizo en el sitio vacío lo más silenciosamente posible, con los ojos bajos, intentando no llamar la atención. El corazón todavía me late con fuerza por la carrera y seguramente tengo las mejillas rojas, pero al menos he llegado.
La profesora continúa:
—Como iba diciendo, bienvenidos a Dibujo al Natural. Soy Grace Lucas. La mayoría ya me conoce, pero para quienes no, o para quienes han llegado tarde, espero excelencia, dedicación y, por encima de todo, respeto por el oficio y por sus compañeros artistas.
Mientras habla, saco mis materiales: carboncillo, lápices y gomas. Las herramientas familiares me calman, me anclan al momento, enviando una oleada de felicidad a mi corazón y a mi cabeza. Porque aquí es donde pertenezco, y para esto estoy aquí.
No para los chicos.
No para el hockey.
Para el arte.
El modelo toma su posición en la tarima, y estoy tan concentrada sacando mis materiales y escuchando las instrucciones de la profesora que solo cuando suena el temporizador reparo en la persona sentada a mi lado.
Se me cae el alma a los pies.
Porque claro.
Claro que tenía que ser él.
Declan.
En carne y hueso.
Y de pronto, la clase de dibujo al natural se vuelve mucho más complicada de lo que esperaba.