Capítulo 6
seis
DECLAN
Una pelota de hockey me pasa zumbando junto a la cabeza al entrar en el apartamento de Mike.
—¡Maldita sea, Maine! ¡Para ya con el hockey callejero! —la voz de Linc retumba desde la cocina, acompañada del traqueteo de ollas—. ¡Me estás arruinando la vibra!
Sigo los sonidos del caos, y la escena que me recibe es puro desastre: Maine empuñando un palo de hockey como si fuera una espada, Mike agachado detrás del sofá con un cojín a modo de escudo, y Linc en la cocina, blandiendo una cuchara de madera como si estuviera listo para el combate.
—No es hockey callejero —Maine sonríe sin el menor remordimiento—. Es hockey de apartamento. Un deporte completamente distinto.
—Sí —Mike asoma la cabeza por detrás del sofá y le lanza una pelota a Maine que le pasa rozando—. Mucho más refinado.
—Voy a acabar con los dos —Linc los apunta con la cuchara en tono amenazante—. Dec, apóyame aquí.
Sonrío.
—Lo siento, pero soy Suiza. Territorio neutral.
—Traidor —Linc entrecierra los ojos, luego apunta con la cuchara a Mike y Maine—. ¡Ustedes dos! ¡Pongan la maldita mesa antes de que le dé su comida al novato de abajo!
—¿Trevor? —Mike se levanta de detrás del sofá—. ¿El del tatuaje del Che Guevara que intentó convencer al decano de que las notas son un constructo capitalista?
—Ese mismo —Linc se ríe—. El tipo que pregona las bondades del socialismo mientras vive en la propiedad número catorce de su padre...
—Mierda —Maine suelta el palo de hockey—. Seguro la tiraría a la basura porque tiene carne. ¿Dónde están los platos?
Linc señala una alacena con la cuchara.
—Estante de arriba. Y Mike...
—Sí, sí —Mike se dirige al cajón de los cubiertos—. Ya voy.
Me apoyo contra el marco de la puerta, con una media sonrisa, mientras observo el caos controlado.
—¿Necesitas ayuda, Linc? —digo.
—Mantén a esos dos... —Linc señala a Mike y Maine con la cuchara— ...lejos de romper algo más. Y quizá saca la ensalada del refrigerador.
Abro el refrigerador y veo el enorme bol de ensalada. Junto a él hay otro bol con...
—¿Eso es masa de galletas?
—Ni se te ocurra —la voz de Linc lleva un tono de advertencia—. Mike ya se metió en ella. Como un animal.
Mike ni siquiera intenta parecer culpable.
—La dejaste desprotegida.
—¡Estaba en el refrigerador! —Linc levanta las manos—. ¡Detrás de la ensalada!
—Error de principiante —Mike sonríe—. Sabes que yo siempre reviso detrás de lo saludable. Ahí es donde la gente esconde lo bueno.
Agarro el bol de la ensalada, intentando no reírme de la expresión de traición en la cara de Linc.
—Estas cenas de equipo fueron idea tuya —digo.
—Sí, bueno —el suspiro de Linc suena a derrota—. Alguien tenía que tomar la iniciativa. La mitad de los chicos no saben cocinar nada que no venga con instrucciones de microondas.
—¡Yo sé cocinar! —protesta Maine.
—Los batidos de proteínas no cuentan como cocinar, hermano.
—¿Y mis nachos...?
Linc lo corta:
—Ponerle queso a unos totopos tampoco es cocinar.
Dejo la ensalada sobre la encimera, fuera de la línea de fuego.
—No te estreses tanto, Linc. Es solo una cena, no Acción de Gracias en casa de tu abuela...
—Primero: nada es tan estresante como Acción de Gracias en casa de mi abuela. Y segundo... —prueba lo que sea que hay en la olla y añade más condimento— no estoy estresado.
—No estás... —repite Mike con voz inexpresiva.
—Correcto —dice Linc—. Estoy intentando crear una atmósfera. Una vibra. Un ambiente. No es que ustedes, animales, lo aprecien.
—La única vibra que yo percibo es la de «chef estresado a punto de asesinar a sus compañeros de equipo» —Maine esquiva el trapo de cocina que Linc le lanza.
—¿Qué hay en el menú? —digo, mientras a Maine casi se le caen los platos y luego procede a distribuirlos.
—Pollo Marsala —el orgullo en la voz de Linc es evidente—. Más pan de ajo, ensalada y, si cierta gente no se hubiera metido en ella, galletas con chispas de chocolate de postre.
—La masa de galletas cruda es mejor de todas formas —interviene Mike, mientras coloca los tenedores con una precisión sorprendente para alguien que acaba de usar un cojín como armadura.
—Entonces, Dec —la voz de Linc baja de volumen mientras Mike y Maine discuten sobre quién tiene que sacar los vasos—. ¿Adónde desapareciste anoche?
Trago saliva, porque esperaba evitar esta conversación.
—¿De qué hablas?
—No te hagas el tonto. Desapareciste, hermano —revuelve la salsa, y el rico aroma del vino Marsala inunda la cocina—. Déjame adivinar. Te fuiste a tu casa a dibujar.
—La verdad es que... —dudo, y una calidez se me extiende por el pecho al recordar la sonrisa de Lea—. Yo... eh...
—¡No me jodas! —suelta incrédulo—. ¡Conociste a alguien!
Suspiro. No tiene sentido negarlo.
—Conocí a alguien.
Linc alza las cejas.
—¿En una fiesta? ¿Tú?
—Oye, yo voy a fiestas —protesto.
—Ajá —Linc prueba la salsa de nuevo—. ¿Y quién es?
Antes de que pueda responder, la puerta principal se abre de golpe y la voz de Rook retumba por el apartamento.
—¡Huele increíble!
—Y algo se ve increíble —Simon, uno de los chicos de la segunda línea, entra detrás de él con el teléfono en la mano—. Miren a esta chica de mi clase de Bio con la que acabo de hacer match...
El resto del equipo se amontona detrás de ellos, una oleada de ruido y movimiento que ahoga cualquier posibilidad de continuar mi conversación con Linc.
Él me lanza una mirada que dice claramente después hablamos antes de alzar la voz por encima del caos.
Asiento, agradecido por el respiro, y sin ninguna intención de retomar el tema.
—¡A ver, animales! —apunta con la cuchara hacia el comedor—. ¡La comida está lista! ¡Intenten comportarse como seres civilizados!
El equipo se abalanza sobre la cena como una manada de lobos hambrientos.
En cuestión de minutos, la mesa del comedor —que estoy bastante seguro de que Mike compró en IKEA en su segundo año— cruje bajo el peso de platos, vasos, codos y el verdaderamente impresionante banquete de Linc.
Y la mesa no da para todo el equipo, así que algunos terminan en el banco, el sofá o directamente en el suelo.
Termino sentado entre Linc y Simon, frente a Mike y Maine. Rook, nuestro portero novato, reclama el asiento en la cabecera como si fuera un trono. El resto de los chicos llenan los huecos, dándose codazos y robando panecillos antes de que Linc pueda terminar de poner el último plato.
—Bueno —Mike golpea su vaso de agua con el tenedor, y el sonido agudo corta el caos—. Antes de comer...
—¡Vamos, Capi! —protesta Maine—. ¡La comida se enfría!
—Tradición, imbéciles —la voz de Mike lleva ese filo de autoridad que lo hace un buen capitán—. Primera cena del año, ronda de mesa, cada uno dice sus metas para la temporada.
Un quejido colectivo se alza de la mesa, pero no hay resistencia real. Venimos haciendo esto desde primer año, cuando nuestro entonces capitán —Tommy Rubisky, ahora jugando en la NHL— lo instauró. Es cursi como pocas cosas, pero funciona: nos enfoca y nos hace pensar en lo que queremos lograr.
—Empiezo yo —Maine agarra un panecillo, ignorando la mirada asesina de Linc—. Esta temporada, quiero hacer reír al entrenador Barrett con un chiste de hockey.
—Imposible —bufa Simon—. Ese hombre no tiene sentido del humor.
—Reto aceptado —la sonrisa de Maine se vuelve maliciosa—. Estuve trabajando material todo el verano. ¿Cómo se llama el mono que gana la Copa Stanley?
La mesa queda en silencio, esperando, con las miradas ya vidriosas.
—¡Un chimpancampeón! —Maine sonríe radiante, como si acabara de resolver el hambre mundial.
Otro quejido general recorre la mesa, alguien le tira una servilleta a la cabeza, y entonces Rook interviene:
—Eso fue terrible.
—Tu cara es terrible —le responde Maine, pero sigue sonriendo—. Bueno, Simon. Tu turno. ¿Cuál es tu meta?
Simon se recuesta en la silla con una sonrisa de suficiencia.
—Bueno, hay una chica en mi clase de Bio...
—Ya sabemos —corean la mitad de los presentes, todos hartos de oír hablar de la chica a la que llama su musa.
—Y la verdad quiero ponerme bien... —hace un movimiento sugestivo con la cadera— ...biológico con ella, si me entienden...
Alguien murmura «joder» por lo bajo, y las confesiones de metas poco serias continúan hasta que Mike se aclara la garganta. La mesa vuelve a quedar en silencio; cada uno de nosotros respeta su papel de capitán, incluso fuera del hielo.
—Mi turno —la expresión de Mike se pone seria, y algo en su voz me hace enderezarme en la silla—. Esta es mi última temporada como Devil.
El peso de esas palabras se posa sobre la mesa. Mike ha sido nuestra roca durante tres años. Nuestro líder. El tipo que nos une cuando nos estamos desmoronando. Pero está en su último año, y si todo sale según lo planeado, se irá a la liga en busca de fortuna y fama.
—Quiero darlo todo —continúa—. Ganar más partidos. Dejarlo todo en el hielo.
—¡Y ligarse a más chicas! —añade Rook con una sonrisa.
Mike le lanza un panecillo y le da de lleno en la cara.
—Bonita atajada, portero...
La mesa estalla en carcajadas, lo que significa que la declaración sincera de Mike nunca recibe la atención que creo que merece.
Puedo ver que hay algo de dolor detrás de su sonrisa forzada, como si hubiera querido compartir sus metas con los chicos y dejar las estupideces de lado por un momento. Tendré que hablar con él después.
—¡Bueno! —Linc alza un poco la voz, calmando a la horda—. La comida se enfría. Podemos terminar las declaraciones después de comer.
Nadie discute. El repiqueteo de tenedores contra platos llena el aire, junto con el caos habitual de las cenas de equipo: chistes, risas, historias de aventuras veraniegas y conquistas fallidas. Voy por mi segunda porción de pollo Marsala cuando Linc se inclina hacia mí.
—Entonces —su voz es lo suficientemente baja para que solo yo la oiga, pero sus ojos están clavados en mí como un rayo tractor—. Sobre esta chica...