Más Allá de los Límites (Universidad Pine Barren 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

cuatro

DECLAN

Los fluorescentes de la cafetería bañan todo con una luz cruda que hace que los reservados de vinilo rojo parezcan radioactivos.

Pero también iluminan a Lea de maneras que la penumbra de la fiesta no permitía: puedo ver las tenues pecas esparcidas por la nariz, las motas de ámbar en sus ojos verdes, la forma en que sus labios se curvan en un puchero natural casi imperceptible aunque no se lo proponga.

Esos labios. Dios, esos labios.

Aprieto la taza de café con más fuerza, esperando que el calor abrasador me queme algo de esta atracción que siento.

Porque sí, quiero besarla —inclinarme sobre esta mesa de Formica pegajosa, acercar su cara a la mía y perderme en ella—, pero por instinto sé que besarla ahora sería un error.

Y no pasa nada, porque me interesa aún más hablar con ella.

Descubrir qué la mueve, qué impulsa su arte, qué la trajo aquí.

De repente, quiero saberlo todo sobre esta chica.

—Cuéntame más sobre tu viaje por Europa —digo, observando cómo trocea una tostada francesa en cuadraditos diminutos y perfectos—. ¿Cuál fue tu lugar favorito?

Una sombra le cruza la cara, tan fugaz que casi me la pierdo.

Pero los artistas nos fijamos en los detalles, y ese destello momentáneo de dolor en sus ojos es el tipo de detalle que te hace querer agarrar el cuaderno de bocetos, pero también el tipo que tiene el potencial de torpedear una noche mágica.

—Podemos hablar de otra cosa —le ofrezco rápidamente, dándole una salida.

—No, tranquilo. —Descarta la idea con un gesto del tenedor—.

Es solo… un mal recuerdo, pero el viaje en general fue increíble.

—Su cara se ilumina al continuar—. Grecia sobre todo.

Hay un pueblo diminuto a las afueras de Atenas, de donde es la familia de mi madre.

Te encantaría. La luz es increíble. Como miel derramándose sobre todo.

Me inclino hacia delante, genuinamente fascinado.

—¿Pintaste o dibujaste mucho mientras estuviste allí?

—Algo… —Se le apaga la voz, apuñalando un trozo de tostada francesa con más fuerza de la necesaria—. Aunque me resultó difícil concentrarme en el arte estando allí…

—¿Por qué?

La risa de Lea tiene un filo.

—Porque mi madre me dice que lo estoy haciendo todo mal. Mi abuela era de ese pueblo, pero también era una artista famosa en Grecia que dejó la escuela de arte para montar su propia exposición. Se construyó toda una carrera exponiendo en París, Londres, Atenas, Madrid y Nueva York…

—Suena a una abuela bastante de armas tomar… —Mi voz se apaga, invitándola a seguir.

—Lo era. La adoraba con locura. Pero también estaba completamente loca. —Lea niega con la cabeza—. Una vez pintó una serie entera usando solo vino tinto.

Sonrío de lado.

—Eso suena increíble, la verdad.

—Lo era. Hasta que se emborrachó con el material y trató de pelearse con un vendedor ambulante que le criticó la técnica.

Me río más fuerte de lo que me he reído en meses, haciendo que todos los demás clientes de la cafetería se me queden mirando.

—Dime que ganó ella, por favor.

—Resulta que su pincel servía como arma efectiva.

—Sonríe con el recuerdo, luego da un sorbo de café, y noto que le tiemblan ligeramente las manos—.

Total, que mi madre cree que debería seguir sus pasos.

Vivir como una bohemia, exponer en galerías rebeldes.

No «malgastar cincuenta mil dólares al año en una carrera de arte».

—Yo nunca tuve ese problema —me río—. Mis padres no querían otra cosa que verme ir a la universidad y alejarme del rancho…

—¿Un rancho? —Abre los ojos como platos—. ¿Como un rancho de verdad, con vacas y todo?

—Con mi padre gritándome que dejara de dibujar y le ayudara a reparar las cercas incluido.

—Sonrío con cariño, aunque omito la parte de que mi madre siempre me decía que me concentrara más en el hockey porque…

bueno, porque por alguna razón no quiero compartir nada sobre hockey con Lea—. Sí, vacas y todo…

—Casi puedo imaginarte con botas vaqueras y un Stetson —dice con una sonrisa burlona, dando un mordisco a la tostada francesa.

—Esa sí que es una imagen que destruiría mi aura —me río.

—Yo no diría eso… —dice, con la mirada clavada en mí.

Su mirada me calienta tanto como la comida y el café, y noto que me estoy poniendo rojo. Considero brevemente la idea de besarla otra vez, pero la descarto, porque si hay una manera posible de dinamitar una noche que va genial, esa podría ser. Y ahora mismo no vale la pena arriesgarse.

—Entonces… ¿tus padres? —Rompe el silencio, buscando cualquier tema que nos devuelva al cauce.

Me recuesto, apoyando el brazo en el respaldo del reservado, rompiendo la conexión.

—Mi padre es ganadero de tercera generación, mi madre tiene un restaurante de kilómetro cero en Billings que se abastece de toda la carne de nuestro rancho. Es la chef principal y mentora de otras mujeres chefs. Bastante de armas tomar.

—Parece que es algo de familia. —Lea sonríe, y añade rápidamente—: Lo de las matriarcas de armas tomar, digo. No lo de ser chef. Yo…

—Entendí lo que querías decir. —Sonrío ante su corrección atropellada—. ¿Y qué hay de los tuyos?

—Mis padres son los dos médicos en Nueva York —ofrece, removiendo el café distraídamente—.

Mi padre es pediatra, lo que básicamente significa que es un payaso profesional.

—Sonríe con cariño—. Mi madre es hematóloga.

Ella es… diferente. Más reservada. Observa todo como si estuviera recopilando datos para un estudio.

Noto que mide las palabras cuando habla de su madre, dosificándolas como ingredientes de una receta. Entre la historia de Grecia y la descripción escueta de su madre, ahí hay más —una tensión—, pero no la presiono para que me cuente. En lugar de eso, me centro en lo que está dispuesta a compartir.

—Así que eres hija de médicos —digo, sin poder resistir la tentación de meterme con ella—. Eso explica la forma metódica con la que estás diseccionando esa tostada francesa.

Baja la vista al plato, donde ha dispuesto los trozos en una cuadrícula perfecta, y se ríe.

—Dios mío, me estoy convirtiendo en mi madre.

—Podría ser peor —señalo—. Podrías estar convirtiéndote en tu abuela. Entonces tendríamos que preocuparnos de que te emborracharas y atacaras a la gente…

—¿Qué? —Los ojos de Lea se entrecierran cuando de pronto dejo de hablar.

Me tapo la boca para no reírme demasiado obviamente, y le señalo con la barbilla hacia la puerta. Se gira para ver lo que acabo de notar: la chica de la fiesta —¿Sarah? ¿Sienna?— y quien solo podemos suponer que es Brad, con un ojo morado recién estrenado…

—Ay —se ríe—. Pero al menos acertamos con lo del polo de cuello subido y los náuticos…

Sonrío.

—¿Qué tal si te los presento? ¡Dijiste que querías hacer más amigos esta noche!

—¡Yo no dije nada de eso! Y como te atrevas, te… —Me lanza un trozo de tostada francesa.

Lo atrapo y me lo meto en la boca, masticando con una sonrisa mientras mantengo el contacto visual. Entonces tenemos otro de esos momentos, el aire entre nosotros cargado de electricidad y promesa. Sus ojos se oscurecen ligeramente, pero luego esboza una sonrisa y niega con la cabeza.

—Eres un peligro —dice, aunque su tono sugiere que no le molesta el juego.

—Es mi segundo nombre. —Le guiño un ojo, y enseguida me pregunto si ha sido demasiado.

—¿En serio?

—La verdad es que mi segundo nombre es Terrance.

—Eso suena mucho menos genial que «peligro»… —Se ríe y me roba una de mis papas doradas.

—Ladrona. —Acerco mi plato en gesto protector.

—¿Y cómo si no van a vivir los artistas? —declara con dramatismo.

Y así, sin más, volvemos a la charla fácil, la tensión cálida difuminada pero no olvidada. Sigue ahí, vibrando bajo la superficie, pero ya no es abrumadora. Es simplemente… agradable. Cómoda. Como si nos conociéramos de mucho más que unas pocas horas.

Podría quedarme aquí toda la noche.

Quiero quedarme aquí toda la noche.

Pero cuando miro el reloj, me doy cuenta de que ya pasan de las tres de la madrugada. Llevamos horas hablando, y aunque no quiero que esto termine, tampoco quiero ser el culpable de que mañana esté agotada para el primer día de clases. Vaya manera de dejar huella.

—Deberíamos volver —digo a regañadientes—. Es tarde, y este sitio cierra pronto.

Mira el móvil y abre mucho los ojos.

—Vaya, no me había dado cuenta. Tengo planes para desayunar dentro de unas horas…

—Perdona si te estoy arruinando el sueño reparador —sonrío, y luego rectifico—. No es que lo necesites, claro…

Se sonroja, y me mira con algo vulnerable en la expresión. De repente, me pregunto si tiene que ver con el destello de dolor que vi en su cara cuando le pregunté por Europa, pero no voy a soltárselo así sin más. Si quiere contármelo, lo hará cuando esté lista.

—Gracias, Declan —dice—. Esto… ha sido muy bonito…

—Sí —coincido en voz baja—. Lo ha sido.

Pido la cuenta, y cuando llega, tenemos nuestro primer momento incómodo de la noche discutiendo sobre quién debería pagar. Gano yo señalando que fui quien sugirió venir aquí.

—Vale —se ríe—. Pero solo puedes pagar si me haces un dibujo en el margen…

Sonrío y me pongo manos a la obra para satisfacer su exigencia. Anoto cuánto de propina y el total, y luego hago un pequeño garabato de los dos sentados en el reservado, compartiendo tostadas francesas, los dos sonriendo.

Por un momento me pierdo en el dibujo, pero cuando termino levanto la vista hacia ella. Se ha derretido entera, sonriéndome desde el otro lado de la mesa, y cuando la camarera viene a recoger el dinero, Lea le pregunta si se puede quedar con la cuenta.

—Claro que sí, cielo —la camarera sonríe con complicidad—. Parece que has encontrado uno bueno…

Ver a Lea radiante me dispara el corazón hasta la luna, y después de que guarda el dibujo en el bolso, nos batimos en retirada de la cafetería conteniendo la risa al pasar junto a Brad y Sarah/Sienna.