Más Allá de los Límites (Universidad Pine Barren 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

tres

LEA

—Oye.

Me tenso cuando un chico cerca me llama. Mi primer instinto es decirle a quien sea que se largue —no estoy de humor para los intentos borrachos de ligar de algún tipo de fraternidad, teniendo en cuenta que ya casi me vomita encima el muro humano. Pero algo en el tono me hace darme la vuelta.

Y… oh.

Está sentado en un tocón, una pierna recogida, la otra estirada frente a él. Las luces de la fiesta que salen de dentro iluminan los ángulos marcados de su cara, bañando la mitad en un dorado cálido, la otra en sombra. El pelo oscuro le cae sobre la frente en un desorden estudiado.

El corazón me da un vuelco en el pecho, y me descubro recorriéndolo con la mirada de arriba abajo.

Es guapísimo. Músculos para rato, y es alto.

Lo mejor de todo es que no me transmite las vibras de imbécil que emiten muchos tíos, y el hecho de que esté aquí fuera en vez de empinándose el cóctel del cubo de basura o tirándose a alguna novata borracha le da al menos alguna posibilidad de no ser un idiota.

Mientras lo evalúo, él me observa, y sus labios se curvan en una ligera sonrisa. Y madre mía. No es solo que esté bueno —que lo está, totalmente— sino que es esa sonrisa. Una tímida, sutil, que no grita: «Voy a tirarte los trastos porque eres una novata sola en una fiesta de fraternidad».

Para ya, Lea. Se acabaron los tíos, me grita mi mente. ¿Embargo, recuerdas?

Pero incluso mientras lo pienso, y aparto a la fuerza los pensamientos sobre Chris y el desamor, sé que estoy en problemas.

Porque este chico es mi tipo —del tipo que me hace querer agarrar mi cuaderno de bocetos y volverme loca— y la forma en que sus ojos están clavados en mí sugiere que el sentimiento podría ser mutuo.

—¿Estás bien? —pregunta, con la voz ronca, como si hubiera estado gritando por encima de la música dentro.

Me tenso un poco ante lo presuntuoso de la pregunta. —¿Por qué no iba a estarlo?

—Parecías bastante cabreada cuando saliste. —Su sonrisa se ensancha ligeramente—. Como si estuvieras a punto de declararle la guerra a esa piscina de gelatina… o tirarte de cabeza…

La tensión se disipa de inmediato y me río. —¿Con este vestido?

Aprovecha la mención de mi ropa como invitación para recorrerme con la mirada otra vez, pero no se siente invasivo ni siniestro. —Podrías meterte hasta las rodillas sin mancharte nada…

—Paso. —Echo un vistazo a la piscina de aspecto tóxico llena de gelatina verde—. Si el alcohol de dentro es un indicador, lo que hay en esa piscina me va a derretir los zapatos…

Se ríe y se mueve en el tocón, haciendo sitio. —Parece que esos zapatos te están torturando, ¿quieres sentarte?

No se equivoca. Me siento con cuidado en el borde del tocón, dejando escapar un pequeño suspiro de alivio. —Estos definitivamente no están hechos para caminar.

—Ni para estar de pie. Ni para existir en nuestro plano actual de la realidad. —Estudia mis cuñas—. Aunque hacen que tus piernas se vean increíbles.

El calor me sube por el cuello con el cumplido, pero su tono es más de observación que de baboso. Y algo en este chico me tranquiliza —quizá es la forma en que mantiene una distancia respetuosa, incluso cuando estoy justo a su lado.

—Gracias. Creo. —Me ajusto el vestido, de pronto muy consciente de lo corto que es—. Dejé que mi compañera de cuarto me vistiera.

—Ah, la confianza ciega de la amistad nueva. —Sonríe—. ¿Qué tal te está funcionando esta noche?

—Bueno, estoy sentada en un tocón a la una de la mañana con un desconocido, así que… —Me callo, dudando de cuánto le estoy contando a este tío.

Debe de leerme la expresión, porque añade: —Información completa: yo solo estoy aquí fuera porque odio el EDM, odio las fiestas como esta, y me gusta el aire.

Además, llevo como diez minutos viendo a esa chica…

¿Sarah? ¿Sienna? —Señala con la cabeza hacia la mujer que grita al teléfono—.

…destruir a un tal Brad. Es mejor que Netflix.

No puedo evitar sonreír. —¿Qué hizo Brad?

—Bueno, de momento acumula tres cargos de ser un «mentiroso, tramposo y cabrón» y un cargo de «pensar con la polla en vez de con el cerebro». —Pone cara seria—. El caso de la fiscalía parece bastante sólido, aunque a veces parece a punto de retirar los cargos…

Esto me arranca una risa larga y genuina. —Parece que Brad lo está pasando peor que yo.

—Entonces sí estás pasándolo mal. —Su expresión se vuelve comprensiva—. ¿La fiesta no está a la altura de las expectativas?

No llegamos a tocarnos, pero puedo sentir el calor que irradia de él, acelerándome el pulso. —Se podría decir.

—Déjame adivinar. Tus amigas te arrastraron aquí prometiéndote «la experiencia universitaria» y luego te abandonaron a merced de los chicos de fraternidad.

—Eso es… inquietantemente preciso. —Le dedico una sonrisa pícara—. ¿Y tú? ¿Mala noche?

—Qué va. —Da un trago a una botella de lo que parece cerveza decente de verdad—. Es solo que no me interesa mucho, después de que mis amigos básicamente me secuestraran esta noche.

—¿Y eres de alguna fraternidad?

—Ni de coña —se ríe—. Vivo en un apartamento fuera del campus…

—O sea que no eres de ninguna fraternidad y no querías venir —digo, con cuidado—. Y sin embargo, aquí estás.

—Aquí estoy. —Se encoge de hombros—. Si siempre hiciera lo que quiero —encerrarme en mi cuarto a dibujar— sería un amigo bastante mierda, y…

Se me corta el aliento, interrumpiéndolo. —¿Dibujas?

—Sí, yo… —Se calla, estudiándome con renovado interés—. ¿Por qué? ¿Tú también?

—Estudio Bellas Artes —admito—. Aunque después de esta noche, estoy considerando seriamente cambiarme a algo que requiera menos interacción social, como tanatopraxia.

—¿O biología? Para descubrir qué lleva el ponche. —Se ríe, y el sonido me provoca cosas peligrosas por dentro—. ¿Tan mala noche, eh?

—A ver. Me separé de mis amigas, casi me vomitan encima, me tiró los trastos alguien que pensé que era una pared, casi me tuerzo el tobillo con estos zapatos estúpidos…

—Resoplo y echo un vistazo a la casa, donde la música de alguna forma se ha puesto aún más alta—.

¿Crees que nuestros amigos se darán cuenta si no volvemos?

—Probablemente no. Aunque te aviso: si nos quedamos aquí mucho más, puede que presenciemos a los novatos de la fraternidad haciendo su tradicional actuación de medianoche de Sweet Caroline, completamente en pelotas, de pie encima de barriles de cerveza…

y, bueno, hay cosas que no puedes dejar de ver una vez que se te han grabado en las retinas…

—Estás de broma.

—Ojalá. —Se estremece de forma dramática—. Nunca volveré a ser el mismo.

Me río otra vez, sorprendida de lo fácil que resulta esto.

Lo natural. Quizá es la hora, o la forma en que la fiesta parece lejana aquí en nuestro pequeño rincón del jardín.

O quizá es simplemente él —este chico guapo que dibuja y me hace reír y no parece importarle que básicamente sea un desastre andante esta noche.

No lo hagas, advierte la voz en mi cabeza que suena sospechosamente como mi madre. ¿Recuerdas lo que pasó la última vez que te dejaste llevar por un desconocido encantador?

Pero esto se siente distinto a lo de Chris.

Menos como dejarse llevar, más como… encontrar suelo firme.

Cállate, pienso, desterrando mis pensamientos estúpidos. No es como si estuviéramos haciendo nada… (¿todavía?)…

Me tiende la mano y su sonrisa se ensancha, y oh, eso no es nada justo. —Declan. Todo el mundo me llama Dec.

—Lea. —Le estrecho la mano, notando la forma cuidadosa en que sostiene la mía—. Diminutivo de Leanndra, pero solo mi madre me llama así… cuando está enfadada…

—Intentaré no hacerte enfadar, Lea —dice.

—Cuéntame de tu arte…

Se le iluminan los ojos, y mientras se lanza a contarme sobre su último proyecto —una serie de paisajes rurales hechos con carboncillo— me descubro cautivada por su entusiasmo, por la forma en que sus manos se mueven cuando habla, y por cómo las luces de la fiesta le bailan en los ojos.

Estoy tan metida en un lío, pienso. Pero los líos pueden ser divertidos, ¿no?

—¿Y cuál es tu medio? —pregunto, incapaz de ocultar mi emoción al encontrar a otro artista, e intentando ignorar mi atracción—. Mencionaste el carboncillo…

—Sí, hay algo en la forma en que se mueve, en cómo puedes crear sombras muy profundas… —Se le iluminan los ojos—. Pero también pinto. Óleos, sobre todo. ¿Tú?

—Grafito para los bocetos —digo—. Pero para pintar, acuarelas. Aunque estoy intentando pasarme a los acrílicos.

—Mola. ¿Qué es lo que te atrae?

—¿Qué me atrae del dibujo? —Sonrío ante mi propio chiste, y luego lo considero un momento—. Creo que… son las historias que el buen arte puede contar…

—¿Y prefieres pintar rostros?

Dudo, de repente cautelosa. —¿Cómo lo sabes?

Se encoge de hombros, con una ligera sonrisa en los labios. —Solo una intuición. Por cómo hablabas de las historias… los rostros también cuentan historias, ¿no?

—¡Exacto! —Me inclino hacia delante, emocionada—. Cada línea, cada arruga, son como un mapa de la vida de alguien. Aunque tengo que decir que después de pasar el verano en Europa, estoy obsesionada otra vez con pintar arquitectura. Había un edificio en Bulgaria…

—¿Bulgaria? —Abre mucho los ojos con interés—. Tuvo que ser increíble.

—Lo fue. Aunque me quedé encerrada en un museo de arte allí…

Se ríe. —¿Cómo conseguiste eso?

—Perdí la noción del tiempo mirando un cuadro. Estaba tan absorta…

—¿Como ahora? —pregunta con una sonrisa burlona.

Siento que me arden las mejillas, y de pronto me alegro de que estemos a oscuras. Encontrarme a este tío de la nada, y tener conversaciones así de cómodas… es como si un poder superior me hubiera visto rumiando sobre Chris y hubiera dejado caer al hombre más compatible del mundo delante de mí.

—Entonces, ¿qué pasó? —pregunta, para romper el silencio incómodo.

—¿Perdona? —Lo miro, confusa y perdida en mis pensamientos.

—Con el museo.

—¡Ah! —exclamo, demasiado alto—. Eh, apagaron las luces, hice saltar una alarma, y me echó un guardia de seguridad que estaba furioso.