Capítulo 107 El Abrazo
El Grito del Amor
Erik se paró en seco al escuchar el susurro, pero la incredulidad lo mantuvo inmóvil. No se dio la vuelta. Necesitaba la confirmación.
Erik dijo con voz tensa, sin moverse:
—No he escuchado qué es lo que dijiste, Marta.
Ella, ahora roto el hielo del orgullo y del miedo, ya no dudó. La confesión se convirtió en liberación.
Marta lo dijo fuerte, casi gritando, rompiendo el silencio en la paz del jardín:
—¡Te amo, Erik!
Esta vez, la respuesta fue inconfundible. Él se volvió hacia ella en un solo movimiento, su rostro transformado por una alegría salvaje e inmensa. La atrajo y la abrazó con fuerza. La levantó, dando vueltas y girando con ella en un torbellino de felicidad.
Marta, riendo y mareándose a la vez:
—¡Para, para! ¡Me mareo!
—¡También te amo, Marta! ¡Me has vuelto completamente loco! ¡Ten piedad!
La Revelación
Él paró de repente y la besó, un beso hambriento y definitivo, pegando su cuerpo al suyo. Fue en ese contacto donde la realidad, hasta ahora disfrazada, lo golpeó. «¿Pero cómo había engordado tanto?», pensó Erik. Marta era delgada y ahora, de repente, ¿esta barriguita?
Se separó de ella de golpe y la miró bien. Estaba asustado y al borde de la histeria solo por pasar por su cabeza un pensamiento loco… Su mirada recorrió el vestido holgado y el chaleco de ganchillo. Vio las curvas evidentes en la cintura y el pecho.
Quiso tocar su barriga, casi de forma inconsciente, como para comprobar algo. La miraba a los ojos como para obtener su aprobación o, al menos, una respuesta.
Ella no lo dudó. Era el momento. Le cogió la mano con suavidad y la colocó en su barriga justo donde, en ese momento de euforia, el bebé estaba pateando.
La Patada de la Realidad
Erik sintió este movimiento bajo la piel de Marta y se quedó helado.
Retiró asustado la mano como si le quemara.
No podía ser. ¿Por eso estaba tan sensible?
¿Por eso vomitaba? ¿Por eso vestía ropa ancha?
¡Estaba embarazada! ¡Cómo no había observado esto hasta ahora!
¡Cómo la había dejado pasar sola por esto!
Sus ojos se llenaron de culpa y asombro, fijos en su vientre.
Volvió a tocar la barriga de ella con la otra mano, sintiendo de nuevo la vida bajo la palma, y miró sus ojos, buscando la verdad.
Ella sonríe, con la sonrisa más radiante y honesta que le había dedicado jamás:
—Es nuestro bebé, Erik.
Se arrodilló en el sendero ancho del jardín sin importarle si pasaba alguien y besó su barriguita. Luego dijo con torpeza:
—Hola, hijo, soy papá.
Él, al pasar el asombro de la noticia de que sería papá, pensó: «Jamás le confesaré lo de los parches. Ella nunca me lo perdonaría. Será mi secreto».