Capítulo 97 El Desafío
La Celebración
La euforia por la victoria contra el virus era contagiosa.
Alguien dijo de repente: «¡Vamos a tomar algo! ¡Esto se celebra!».
El equipo comenzó a recoger sus cosas y a dirigirse hacia la salida. Marta se puso su chaqueta, notando nuevamente cómo se le ajustaba demasiado a la cintura.
Saliendo, se cruzaron inevitablemente en el umbral de la sala de crisis.
Erik, con voz profesional, aunque con los ojos llenos de una intensidad reprimida:
—Marta, buen trabajo. Ha sido una intervención maestra. Has salvado la empresa.
Marta, con una sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos:
—Gracias.
El Ataque Frontal
Justo en ese momento, la mujer rubia apareció de nuevo al lado de Erik, tomándolo por el brazo con demasiada familiaridad. Marta sintió cómo la sangre le subía a la cabeza; hervía de celos y rabia.
La oportunidad de atacar era demasiado tentadora para resistirla.
Marta, directa y cortante:
—¿Es tu nueva conquista?
Erik se inclinó ligeramente, entendiendo el juego y decidido a devolverle el golpe por los celos que sentía por el joven colega. Con un tono sarcástico y una sonrisa cruel:
—¿Te importa?
Marta apretó los puños. Su orgullo no le permitía retroceder.
—Por supuesto que no. Era una pregunta retórica. Ya se sabe tu vida desordenada.
Erik acortó la distancia; su aliento caliente rozó la oreja de Marta. Le susurró al oído, con un tono triunfal pero esperando en secreto una respuesta afirmativa:
—¿Estás celosa?
La Huida Necesaria
Marta dio un paso atrás, con el rostro en llamas:
—¿Yo? ¡Ni hablar!
La negación era furiosa, pero el rubor la traicionaba. No podía prolongar el encuentro. La perspectiva de ir a un bar y fingir felicidad mientras olía el alcohol —algo impensable en su estado— se convirtió en la excusa perfecta para escapar del dolor.
—De todos modos, no voy a poder beber. Me voy a mi casa.
Y, sin esperar una despedida ni una respuesta, se fue, dejando a Erik en el pasillo con la rubia y la dulce victoria de haberla puesto celosa.
La reacción de Marta era la única prueba que él necesitaba para alimentar su esperanza.
Aun así, no esperaba que ella se fuera sin más, como si de verdad no le importara nada o, al revés, estuviera dolida.
Al final, él se quedó con más dudas que antes y con más ganas de verla y tenerla cerca.