Capítulo 96 La Victoria Amarga
La Distracción Irritante
En el momento más crítico de la lucha contra el ransomware , la puerta de la sala se abrió. De repente entró la mujer que lo acompañaba el otro día, la rubia del departamento de marketing. Ella se acercó a Erik con un café y una sonrisa de preocupación exagerada.
Marta la vio con el rabillo del ojo, sintiendo cómo la irritación se mezclaba con la adrenalina.
No podía permitirse el lujo de desviar la mirada de la pantalla, pero intuía que aquella se estaba acercando a Erik, insinuándose, ofreciéndole apoyo físico y emocional.
Esto la puso nerviosa de una manera que no tenía nada que ver con los códigos.
Paradójicamente, la presión emocional se convirtió en un catalizador profesional. Bajo presión trabajaba mejor: la rabia la hizo enfocarse.
La Victoria y el Abrazo Traicionero
De repente, una línea de código final se ejecutó, aislando el virus. En unos minutos se escuchó un grito unánime de victoria: «¡Aniquilado!».
La tensión estalló en euforia. Los técnicos se felicitaron. Inmediatamente, la mujer rubia abrazó a Erik con una familiaridad que a él no le gustaba, apretándose contra él para felicitarlo por la victoria de su corporación.
Aunque a Erik le molestaba el gesto de la chica, prefirió aceptarlo para alejar aún más a Marta. Era la fachada que había construido y ahora le costaba renunciar a ella por orgullo.
Marta, que también se levantó con el resto del equipo, vio la escena. Su corazón se encogió. La derrota personal era más fuerte que la profesional. Para devolver el golpe, se abrazó a su joven compañero, el técnico que estaba a su lado, con una efusividad forzada.
El Puñal de los Celos
Le tocó a Erik sentir el puñal frío de los celos atravesando su corazón. Al ver a Marta en los brazos del joven colega, riendo y celebrando con una intimidad que antes solo compartían ellos, el sacrificio que había hecho se sintió insoportable.
Había roto con ella para darle la libertad, pero la libertad de Marta significaba que ella podía irse a los brazos de otro, con la misma pasión y sin el equipaje emocional de su pasado. El dolor era el precio de su nobleza.