Capítulo 94 El Silencio
La Espera Solitaria
El tiempo, implacable, pasaba deprisa y se llevaba las semanas de duelo, pero no el dolor. La barriga de Marta iba creciendo, una curva palpable que era la prueba irrefutable de lo que había perdido y lo que estaba por ganar.
Estaba en el hospital esperando turno para su revisión, con la mano protectora sobre su vientre.
Se había rendido en la batalla por Erik; el desprecio helado en el restaurante había sido el punto final.
A pesar de esa rendición, sentía su ausencia con toda su alma, un vacío punzante en cada rincón de su vida.
El bebé de su barriga tenía ya casi cinco meses.
Hacía tiempo había sentido su primera patada —un pequeño golpe de vida que la sobresaltó— y había llorado desconsolada después.
No era solo la emoción; era la conciencia de que esa vida no tendría a su padre a su lado desde el principio.
¿Era su culpa? ¿Él se había rendido? Recordaba, con una nostalgia amarga, lo bien que él la trataba, como a una diosa, con amor, cariño y ternura.
Un trato que contrastaba brutalmente con el extraño indiferente que la había apartado en el pasillo.
El Consuelo de una Nueva Vida
Finalmente, la llamaron.
Minutos más tarde, salió del médico con el informe y un vídeo en 3D de su bebé en su móvil.
El rostro pequeño, las manitas agitándose en el útero…
todo era perfecto. La imagen del pequeño ser, que se parecía increíblemente a Erik en esa proyección, le llenó el pecho.
El niño era su consuelo, la única razón para seguir adelante.
Se dirigía a su coche cuando su móvil de repente sonó. Era una llamada urgente de su empresa.
La voz en el teléfono sonaba muy alterada:
—Marta, es una catástrofe. La Corporación Fénix ha sido atacada. La empresa ha sido atacada por un hacker a través de un virus malicioso infiltrado. Han bloqueado los sistemas clave y piden un rescate.
El Deber Llama
El pánico de la otra persona era evidente, pero Marta sintió una oleada de adrenalina profesional que hacía tiempo no experimentaba. Las emociones personales quedaron súbitamente silenciadas.
Marta, con voz tranquila, tomando el control:
—De acuerdo. Mantén la calma. ¿Qué nivel de cifrado tienen? ¿Se ha accedido a datos sensibles? Dame la dirección exacta y avisa al equipo de crisis.
Era su trabajo, su especialidad. No había tiempo para pensar en que era la empresa de Erik; solo era la corporación que él dirigía y que ahora estaba en peligro crítico, y su empresa era la responsable única de la ciberseguridad.
Colgó, marcó a dos de sus contactos más competentes y les dio instrucciones concisas:
—Necesito a los dos en el sitio de Fénix en menos de una hora. Es una infección de alto nivel. Preparen los módulos de aislamiento y backups de emergencia. ¡Vamos a la guerra!
Guardó el móvil y, a pesar del peso en su vientre, la vieja chispa de la batalla se encendió en sus ojos. Se dirigió al coche. Ahora no era Marta la amante abandonada, sino la experta en ciberseguridad que iba a salvar el imperio de Erik.