Capítulo 89 La Farsa y el Desprecio
El Martirio
Erik seguía inmerso en su martirio, reforzando su narrativa interna. Estaba convencido de que para ella solo era una diversión; jugaba con él, y su ego, mezclado con su amor, no podía soportarlo.
Los días que pasaban eran insoportables para él, pero para Marta eran peores. El dolor de la ruptura y el peso del secreto la devoraban.
Esa mañana tenía una obligación profesional ineludible.
Debía salir con un posible cliente importante a comer.
Se vistió con cuidado, pero priorizando la comodidad.
La ropa empezaba a apretarle un poco la cintura y los pechos (el embarazo avanzaba).
Optó por vaqueros elásticos cómodos, blusa holgada y botas vaqueras negras de cuero, cortas y calentitas, una concesión a su estado.
La Escena
Se dirigió al restaurante, un sitio exclusivo a la altura del gran cliente, buscando asegurar un contrato estratégico.
Se sentaron a conversar en el reservado con el cliente, un hombre moreno, con cuerpo impresionante, cara de perfil duro pero elegante y dentadura perfecta.
Celia y la secretaria de este los acompañaban en la cita.
Marta comía poco a poco (las náuseas estaban cediendo poco a poco, dando paso a ardentías algo soportables) y mantenía una sonrisa profesional, mirando atentamente a los ojos del interlocutor.
En ese instante, Erik pasó con un grupo por delante de su mesa. Una mujer, una rubia alta y delgada que trabajaba en su departamento de marketing, iba muy pegada a él, riendo de forma exagerada ante un comentario suyo. La pareja se dirigía a otro reservado.
Ella no lo vio de momento, pero él sí la vio. La imagen de Marta sonriendo a otro hombre, con una intimidad que no le correspondía, hirió a Erik profundamente. Apretó los dientes, sintiendo la puñalada.
Al levantar un poco la mirada, ella también lo vio y sintió celos al verlo tan cerca de otra.
Y entonces ocurrió el desastre. Mientras Marta gesticulaba un poco distraída por la imagen de fuera para enfatizar un punto, tiró sin querer un vaso de vino tinto de la mesa que salpicó la ropa del hombre.
Él vio la escena del vaso tirado y sintió hervir por dentro. La imagen de Marta, con esa sonrisa radiante, tan cerca de otro hombre, era insoportable. Los celos se apoderaron de él.
El Choque y el Desprecio del Extraño
Marta, con cuidado y avergonzada, cogió un paño perfecto de la mesa, intentando limpiar la camisa del hombre. Erik vio el gesto, la cercanía de sus cabezas, y su furia se desató.
Celia se levantó rápidamente para ayudar. Marta, molesta por el percance y con el estómago revuelto, decidió salir un momento a tomar aire.
Salió del reservado a toda prisa. Justo en la puerta, en el pasillo estrecho del restaurante, se chocó de frente con Erik, que la esperaba con el rostro duro como una piedra.
Marta, intentando recuperar el equilibrio:
—¡Erik! ¿Qué haces aquí?
Él no respondió. La miró a los ojos con un desprecio helado que la atravesó. No había rabia, solo una indiferencia total. La apartó con un gesto brusco, como si fuera un estorbo, y siguió su camino como si fuera una desconocida total. No dijo una palabra; su silencio era la bofetada más cruel.
Marta se quedó paralizada en el pasillo. Sintió que el alma le dolía por la mirada de Erik. El rechazo era absoluto, y la frialdad con que la había tratado era una herida más profunda que cualquier golpe.