Mas allá de la realidad Capítulo 82 El Adiós Helado
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Capítulo 82 El Adiós Helado

La Parálisis del Abandono

Marta se quedó paralizada unos instantes, el cuerpo tenso, sin poder abrir la boca siquiera. Su mente luchaba por procesar el golpe. Él la miraba directamente a los ojos y le había soltado la sentencia: «Rompamos», que sonó en su mente sin que pudiera procesarla directamente.

Marta intentaba procesarlo con la mente en blanco: «¿Qué se suponía que debía decir? ¿Sí? ¿No? ¿Por qué?». No era lo que había esperado. Había anticipado que ella pondría el límite, no él. Su corazón se encogió del golpe.

La respuesta que dio fue impulsada por su orgullo, su última línea de defensa contra el dolor que la inundaba. Con el rostro frío, forzando una sonrisa de superioridad, solo dijo:

—Vale. Me alegro de que hayas recapacitado y finalmente pueda vivir mi propia vida.

La Salida

La respuesta de Marta, tan rápida y libre de dolor aparente, le dolió a Erik; fue un revés devastador a su sacrificio. Pero se contuvo, interpretando su reacción como la confirmación de que su decisión era correcta.

—Pues, desde ahora mismo eres libre —dijo Erik, con la voz ahora distante—. Solo colaboración empresarial. Nuestros relaciones públicas se encargarán del anuncio de la ruptura formal.

Marta sintió cómo la garganta se le cerraba. Estaba a punto de llorar. El nudo en la garganta se hizo insoportable, una reacción que atribuyó inmediatamente a la traición de sus hormonas.

Marta, tragando saliva, con la voz apenas audible:

—Me alegro.

Se levantó de golpe y salió huyendo escaleras arriba, incapaz de contener el impulso. Vomitó de la emoción y, cuando se calmó, apareció con la maleta que había deshecho hacía semanas y que ahora representaba su salida.

«¿Tanta prisa tenía?», pensó Erik, sintiendo un escalofrío de rabia y tristeza.

Él se levantó, su rostro un mármol de dolor contenido.

—De aquí en adelante, no miraré atrás y no volveré a molestarte, Marta. Vive bien tu vida.

El Alma Rota

Para Marta, cada palabra era un golpe. Le dolía el alma de verdad, pero se aferraba a la excusa: «Seguro que por el embarazo soy más sensible…».

—Entonces me voy.

—Te llevo…

—No hace falta, he llamado a un coche.

La vio salir por la puerta. El sonido del clic al cerrarse resonó en el inmenso ático y en su corazón. Salió de su vida, y Erik sintió cómo algo en él se rompió definitivamente. El fantasma de Evelyn había sido reemplazado por el vacío palpable de Marta, una pérdida real que no podía borrar.

¿Y ahora qué?