Capítulo 81 La Decisión de la Ruptura
El Corazón Encogido
Marta bajó las escaleras despacio; cada escalón se sentía pesado, como si arrastrara cadenas.
Su corazón estaba encogido y notaba cómo el pulso latía más fuerte ese día, un golpeteo constante en sus sienes.
Intentó racionalizarlo: «Seguro que es por el embarazo», pensó, «que me ha pasado factura con las emociones».
Se sentía muy sensible, irritada, con una mezcla volátil de ganas de llorar o euforia, y esa pérdida de control emocional no le gustaba nada. Todo esto, sumado a la fatiga y las náuseas matutinas, le pasaba factura, dejándola vulnerable justo en el momento de la verdad.
La Mirada del Sacrificio
Erik la observó mientras bajaba. La miró, sintiendo el golpe agónico de la belleza a la que estaba a punto de renunciar.
La veía tan guapa y perfecta, con sus ondas negras encuadrando su cara morena, sus ojos azules grandes contrastando con su piel morena de mestiza y sus labios llenos, hechos para besar.
La amaba. Y sentía un nudo en la garganta al verla y pensar que la iba a soltar ahora, que la dejaría ir. Era la única manera, pensó, de que ella pudiera ser feliz y libre. Era un acto de amor definitivo. Por el bien de los dos.
El Golpe Final
Se sentaron en el gran salón, donde, con una formalidad fría, había dos tazas de té preparadas sobre la mesa de centro. El silencio era el de la sala de un tribunal antes de la sentencia.
Erik la miró a los ojos, sintiendo la garganta seca. No iba a usar rodeos; ya habían perdido demasiado tiempo en juegos y mentiras. Tomó un sorbo de una de las tazas de té, la miró fijamente y, con voz firme pero con el dolor palpable, dijo:
—Rompamos.
La palabra fue un dardo helado. Marta se quedó inmóvil, la mano a medio camino de la taza de té. Había esperado una pelea, una súplica, una negociación. Nunca la rendición. Su corazón, ya golpeado por las hormonas, se detuvo un instante ante la certeza del abandono.