Capítulo 77 El Engaño Peligroso y el Malestar Ignorado
El Plan Desesperado
La suite del hotel, al amanecer, después de su noche de pasión. Erik está vestido, mirando a Marta dormir.
Erik se movía por la habitación, incapaz de quedarse quieto.
«Esto no es sostenible. No puedo seguir así. ¿Solo somos compatibles en la cama? ¡No! Yo no soy un juguete de fin de semana para que ella me descarte cuando se acabe el acuerdo o quiera alejarme. Pero si la presiono, huye. Si le confieso mi amor, huye».
Se detuvo, pasando la mano por su cabello. «Ella necesita una razón para quedarse que supere su miedo a mi pasado. Una certeza. Algo que la haga ver que el tiempo se acabó y que somos inevitables».
Se acercó a la mesilla de noche, donde vio el estuche de los parches anticonceptivos de Marta.
«Ella es tan eficiente… parches. Tan seguros. Pero la seguridad es el problema. Necesito que se rompa esta seguridad. Es la única forma de que se dé cuenta de que el destino es más fuerte que su lógica».
Sacó su teléfono y llamó a un contacto discreto en la industria farmacéutica.
Erik, en voz baja:
—Necesito un favor. Algo totalmente inofensivo, parches dérmicos… sí, con hialurónico, algo que simule la textura. Necesito que se vean absolutamente idénticos. Urgente y muy privado.
Colgó, con una sensación de náusea. «Sé que es horrible, sé que es un engaño… pero si la pierdo, me muero. Un hijo… un hijo nos obliga a la verdad. La amaré por dos».
El Malestar Estomacal
Varias semanas después, en el apartamento de Marta, preparándose para una cena «de novios».
Marta se inclinó sobre el lavabo, sintiendo un leve mareo. Esto se había vuelto habitual, sobre todo por la mañana.
«Uf, otra vez. Este estómago… Deben de ser los nervios por la prensa o la mala calidad de esa cena de anoche». Se tocó la frente. «Me siento tan cansada últimamente. No puede ser. No he cambiado de rutina. Es el estrés, seguro. El acuerdo con Erik me está agotando».
Se miró al espejo, notando su piel extrañamente luminosa, pero lo atribuyó al buen maquillaje.
Ella no podía estar embarazada. Era imposible.
Lo pensó por unos instantes y luego apartó el pensamiento con la mano, como si fuera una mosca.
«Es imposible. Llevo mis parches religiosamente; soy la persona más organizada del mundo.
No hay forma. Debe de ser un malestar estomacal o la alergia a las nuevas velas aromáticas.
Demasiadas noches de champán y nervios».
Se puso un vestido ajustado, sintiéndose molesta porque le apretaba un poco más de lo normal, y pensó: «Necesito hacer más ejercicio. ¡Y menos postres en las cenas de Erik! Debería decirle que me pida una infusión».
Su mente, programada para el control, negaba categóricamente la posibilidad porque contradecía su lógica de planificación y su método anticonceptivo.
El Secreto que Latía
Marta estaba en una reunión de negocios con Celia, incapaz de concentrarse, sintiéndose inusualmente sensible y distraída.
Celia:
—Marta, ¿estás bien? Estás muy pálida. Y te has saltado el café, cosa que jamás haces.
Marta, irritada pero conteniéndose:
—Estoy bien, Celia. Es solo la tensión con Erik. Ya sabes, el estrés.
—Mira, si no te sientes bien, deberías… ¿ir al médico? Llevas así casi dos meses. ¿No será algo más?
Marta sintió un pinchazo de pánico, recordando el ligero retraso en su ciclo. Al llegar a casa, usó un test que había comprado días antes, impulsada por un instinto que no era lógico.
Al ver las dos líneas, el mundo se detuvo.
Marta susurró, con las lágrimas asomándose:
—No… ¡No puede ser! ¡Los parches! ¿Cómo…?
Nada es 100 % seguro…
El miedo la golpeó otra vez. El shock era tan grande que la idea del engaño de Erik ni siquiera cruzó su mente. Solo vio la realidad: si se lo decía ahora, la llevaría al matrimonio, y no quería eso. Quería un amor verdadero, seguro, sincero, sin fantasmas de otras mujeres merodeando.
«No, Erik. No voy a forzar la situación. Esto no será una obligación. Si me quieres, tiene que ser por mí, no por un bebé. El acuerdo sigue. Seguirás jugando a mi juego de “solo sexo”. Y cuando llegue el momento, cuando esté segura de que me quieres sin fantasmas, entonces te lo diré».
El secreto se instaló en su vientre, la única verdad innegable que contrastaba con la farsa que vivía.