Capítulo 68 El Beso y la Cruda Realidad
La Llama Acelerada
En medio del flash de las cámaras, Erik cumplió su promesa de seducción. Le dio un beso suave en los labios, más al aire que en los propios labios, un roce etéreo que prometía todo y no entregaba nada. Era un beso diseñado para el tormento.
Marta sentía la necesidad de comérselo a besos, una urgencia que rayaba en la desesperación.
La diferencia de edad entre ellos no solo encendía fuegos, sino que, cuando ella pensaba en ello, quería que solo él los apagara.
Era la pasión incontrolable que le despertaba la imagen de las noches locas, de los sitios locos donde habían hecho el amor en el ático y en su piso.
El control que ejercía sobre él la hacía sentir poderosa, pero el deseo que él generaba la hacía sentirse vulnerable.
La Cobertura Perfecta
La pareja entró al bar, dejando que los paparazzi tuvieran suficiente material.
Erik había elegido bien. Si bien el sitio era muy solitario, lo que hacía que hubiera pocos medios para entrevistas, esa escasez aumentaba el valor del material.
Las fotos se iban a comprar por millonadas, asegurando la cobertura y el inicio del control de daños.
Se sentaron en una mesa al lado de la gran cristalera y pidieron el desayuno. Se miraban sin cesar, sonriendo y conversando en voz muy baja para que nadie pudiera escuchar. Además, los medios no podían acercarse tanto.
—Eres tan falso, Erik. Cómo te gusta aprovechar la situación. En el futuro no intentes tal acercamiento.
—Cariño, si no actúo así, ¿cómo se lo creen?
Con un gesto, él le quitó una miga invisible del labio y, sin dejar de mirarla, se chupó el dedo. Esto hizo, otra vez, que el estómago de Marta se llenara de mariposas aleteando sin piedad. Fue más efectivo que cualquier beso.
Después de una hora de sonrisas y miradas intensas, dieron por terminada la actuación.
La Humillación
Se fueron de vuelta a la suite. Una vez allí, Marta se sintió incómoda con su presencia. Intentó convencerlo de coger otra habitación, pero no era posible.
Marta se giró hacia Erik.
—Ya hemos actuado. Tienes las fotos. Debes irte.
La frialdad con la que Marta lo despachaba, después de la intimidad forzada y real de la mañana, hirió a Erik en lo más profundo. Se sintió humillado otra vez, pero se tragó el orgullo.
—Solo me utilizas y me desechas —dijo Erik, con la voz baja y llena de amargura—. ¿Qué soy yo para ti, Marta?
Ella lo miró, obligada a ponerle una etiqueta cruda a lo que era para él.
—Pues entiendes que somos socios, ¿amigos? No lo creo. Mejor dicho, ya que dices que hubo sexo anoche… ¿follamigos?
La palabra fue como un latigazo. Eso le dolió a Erik más que la expulsión. Era la confirmación de que ella no veía la emoción. Pero recordó su promesa de aguantar.
—De acuerdo, seremos eso. Me gusta —dijo Erik, tragándose el dolor.
El Ritual Prohibido
Erik se acercó a ella. La ayudó a quitarse los zapatos y luego el vestido elegante, con la misma ternura que usaba para desvestirla antes de hacer el amor. Ella no opuso resistencia.
La llevó a la ducha.
—Te lavo, guapísima —le susurró al oído, insinuando con el tono protector que volvía a su voz.
Ella sonrió ante la familiaridad del ritual.
No dijo nada para detenerlo, sino que se rindió a su cuidado.
La pasión se encendía de nuevo, a pesar de las etiquetas y las condiciones impuestas.
El acuerdo de «solo noviazgo» iba a ser mucho más difícil de cumplir de lo que Marta había imaginado.
No podía resistirse a él… pero marcaba las condiciones. Además, era algo bueno desahogarse así.