Capítulo 65 El Engaño
El Despertar
Marta se despertó primero, sintiéndose extrañamente cómoda y segura. Pero al abrir los ojos, se encontró cara a cara con el rostro de Erik, durmiendo apaciblemente a escasos centímetros de ella.
La rabia y la traición borraron la ternura del sueño.
—¡¿Qué haces aquí?! —le gritó, y en el mismo instante lo empujó con todas sus fuerzas fuera de la cama.
Erik cayó con un golpe sordo en el suelo alfombrado. Estaba aún adormecido y visiblemente sorprendido. Parpadeó, aturdido.
—Marta… estoy durmiendo —murmuró, sin entender la agresión.
—¡¿Pero cómo llegaste aquí?! ¡Te dije que durmieras en el sofá!
La Mentira Oportunista
En un instante, la mente de Erik, el estratega, se activó. Vio la confusión en los ojos de ella y recordó su estado de embriaguez la noche anterior. Era la oportunidad perfecta para neutralizar la agresión sin confesar la realidad. Una pequeña venganza por el mal despertar.
Aprovechó la confusión y el malentendido. Se levantó con una sonrisa socarrona.
—Marta, fuiste tú. Te llevé a dormir a la cama y no me dejaste ir —dijo, envolviendo la mentira en una voz suave de asombro.
Ella se miró. Estaba vestida, pero con la blusa medio abierta y el botón del pantalón desabrochado. Él, por su parte, estaba en camiseta y calzoncillos, una imagen de intimidad. El escenario era convincente.
—¿Qué me has hecho? —preguntó ella, con la voz apenas un susurro de pánico y confusión.
—¿Yo? Nada —mintió Erik con una inocencia magistral—. Te lo dije: fuiste tú. Me sedujiste y me abrazaste toda la noche. Dijiste que necesitabas abrazarme para dormir.
La Confirmación Fría
Ella no recordaba nada después de la tercera copa de champán. El vacío en su memoria le hizo pensar que, efectivamente, se había acostado con él. La pasión de la noche anterior había sido tan intensa que, bajo los efectos del alcohol, no era impensable que lo hubiera arrastrado a la cama.
Para negar el significado del acto, repitió su mantra:
—Es solo sexo, no pasa nada.
A Erik le disgustó al principio la frase, sintiendo el pinchazo en el orgullo y el corazón. Pero luego, su mente estratégica encontró un resquicio de esperanza en esa negación. Si ella seguía haciendo esa separación entre el acto físico y el sentimiento, había un camino.
«Porque, al final, todo es lo mismo: apego, cariño y amor», pensó él. Si lograba mantener la cercanía física y la costumbre, la emoción vendría por inercia.
Erik le sonrió con una dulzura peligrosa.
—No pasó nada que no hubiéramos hecho antes. Me voy a duchar.
Se fue al baño adyacente, dejándola sola. Marta se quedó sentada en el borde de la cama, mirando el lugar donde él había dormido y aún intentando recordar lo ocurrido, sin éxito, con la punzada molesta de haber roto sus propias reglas.