Capítulo 63 El Acuerdo y las Reglas de Marta
La Estrategia del Respeto
Marta vio el dolor en el rostro de Erik y su mente, a pesar del champán y el resentimiento, se centró en la logística. Sabía que las cosas se habían complicado y, aunque no era su culpa (él la había echado), también sabía que era ella quien debía guardar las apariencias para proteger su carrera.
—Erik, detente —dijo Marta, bajando la copa—. Entiendo que estés molesto por tu empresa y la Fundación; lo demás no me importa. Pero tú solito has creado el problema.
Enderezó la postura, recuperando su manto de CEO.
—Puedo aceptar seguir con el plan de hacer pública la relación, pero lo haré poniendo condiciones. Aclaro que lo hago todo por mi propia imagen.
El rostro de él se iluminó ante la posibilidad de un regreso, sin importar el precio.
—¡Lo que tú quieras, preciosa! —exclamó Erik, acercándose de nuevo—. Cumpliré con gusto cualquier castigo o condición. ¡Lo prometo!
Las Reglas del Juego
Marta sintió una punzada de satisfacción al recuperar el control.
—Vale, tú lo has dicho —afirmó, estableciendo las reglas con la frialdad de un contrato.
• Primero, solo anunciamos el noviazgo, nada de compromiso. Se acabó la palabra «prometida». Soy tu novia, y no sueñes que lo sea de verdad. Solo eso.
• No viviré contigo bajo ningún concepto. Volveré a mi casa y tú a tu ático. No más intrusiones, ni amas de llaves, ni llamadas a las tres de la mañana.
• Si quieres aparentar un tiempo, jugaré contigo en esta obra. Nos dejaremos ver juntos y “felices” en eventos puntuales y en público. Cuando los rumores se acaben, romperemos y listo.
La Aceptación Forzada
El rostro de Erik se volvió más serio con cada condición. La idea de que su amor era un simple acuerdo con fecha de caducidad lo apuñaló, pero la alternativa era no tenerla en absoluto. La derrota era amarga, pero la aceptación era la única vía.
Aceptó a regañadientes, bajando la mirada.
—Acepto tus condiciones, Marta. Noviazgo temporal. Pero te prometo que voy a cambiar tu opinión sobre esa fecha de caducidad. Además, tendrás que quedarte a veces en mi casa. Ahí tienes tu espacio para tu intimidad y, si no quieres verme mientras estés, podrás evitarlo.
Marta tomó una respiración profunda, sabiendo que acababa de firmar un pacto peligroso.
—Bien. Ahora vete. Estoy esperando la cena.
Erik, sin embargo, vio una oportunidad única. Sonrió; el empresario volvía a la superficie.
—Mejor —dijo con un brillo en los ojos—. Ya que estamos aquí, nos dejamos ver un poco. Si hay paparazzi cerca de la entrada, declaramos nuestro amor en público ahora mismo y nos ahorramos la gala. Si no, en la fiesta reprogramada en tres días.
Marta puso los ojos en blanco, pero el punto era innegable. La farsa debía comenzar de inmediato.
—De acuerdo —suspiró ella.
Él hizo el gesto de cogerla de la mano, pero ella se retiró un paso.
—Pero no me toques.