Capítulo 60 La Furia del Herido
El Ego
Erik se volvió loco. Su orgullo herido era una herida abierta. Nadie, en su mundo de poder y control, se había atrevido a tratarlo así, a dejarlo tirado como a una colilla.
Intentó racionalizar su rabia: «Al final, solo había perdido un poco la compostura, no era nada», pensó, ignorando la magnitud de su grito y el trauma de Marta. «Podía haber esperado a que se calmara todo, pero ¡no!, ella quiso irse».
En un intento desesperado por recuperar su dominio, se dijo: «Pues que se vaya». Él la iba a tratar igual, con la misma indiferencia que ella le había mostrado. Su vida debía seguir adelante, aunque por dentro estuviera roto y aplastado por la pérdida.
El Fantasma Intocable
En un arrebato de furia, se dirigió a la puerta de la sala de RV. Su primer impulso fue borrar a Evelyn para eliminar la causa de todo. Pero se detuvo, con la mano suspendida sobre el panel. No tuvo el valor.
«Al fin y al cabo, ella no tenía la culpa. Era solo mía», murmuró. Evelyn era su víctima, y ahora Marta también. El único culpable era él y su incapacidad para dejar ir, su incapacidad para amar.
Pero tampoco podía permitir que lo trataran así a él, el hombre más deseado del momento. Pues habría otra mujer, y otras más…
«¿Quién se cree para enfrentarse a mí así? ¿Quiere huir? ¡Que huya!».
La Caza
De nuevo, el orgullo de conquistador que se había visto pisoteado se impuso al dolor del amante abandonado. Él no podía aceptar la derrota ni el ninguneo.
En un instante cambió de opinión con la velocidad del rayo. Cogió su móvil y llamó a Leo, con la voz ahora gélida, no desesperada, sino amenazante.
—Leo, quiero que encuentres a Marta aunque tengas que cavar bajo tierra. No me importa la hora ni el método. Si no lo haces, mañana no vengas a trabajar. ¿Entendido?
—Sí, señor. Lo haré —respondió Leo, sabiendo que su trabajo dependía de esa única tarea.
Leo, bajo la presión extrema, hizo su primer movimiento: llamó a Celia. Ella se negó rotundamente a divulgar nada.
—No tengo ni idea de dónde está —repitió, fiel a Marta.
Pero la presión de un ultimátum no era el único recurso de Erik.
Leo recurrió a métodos prohibidos pero efectivos: a los registros financieros de Marta, rastreando su última transacción importante con tarjeta de crédito.
No tardó en encontrar la reserva: el balneario de aguas termales.
Un lugar aislado, pero geográficamente localizable.
—La tengo, señor —anunció Leo, llamando a Erik con un tono triunfal y nervioso—. ¿Va a buscarla?
Erik no respondió con palabras. En el siguiente instante, ya estaba en su coche deportivo. El motor rugió y el coche salió del parking como un misil. El camino era sinuoso, de montaña, pero Erik no aminoró la velocidad.
Estaba conduciendo a toda velocidad, impulsado por la rabia, la culpa y la desesperación por recuperar lo que su propia furia había arrojado.
La caza de la mujer que lo había humillado había comenzado. Aún no sabía cómo afrontar el encuentro, pero eso ya era secundario. La había encontrado.
A medida que se acercaba al destino, su corazón latía más rápido y su mente solo pensaba en ella, tan linda que parecía una niña juguetona, llenando de risas y alegría su casa y su vida.