Capítulo 59 El Exilio
El Bloqueo
Marta había tomado una decisión firme. Se negó a responder a cualquiera de las llamadas de Erik. Su nombre aparecía incesantemente en la pantalla de su móvil, un tormento que ella apagaba con una indiferencia forzada. Eran socios, por lo que no podía bloquearlo, pero sí podía silenciarlo.
Necesitaba distancia real para sanar la herida del rechazo.
Así, se marchó a un balneario exclusivo en la montaña, un lugar de aguas termales y lujo discreto.
Su excusa fue un retiro de trabajo intensivo.
Dio instrucciones estrictas: cualquier persona que quisiera contactar con ella, incluido Erik, debería hacerlo a través de Celia, su asistente, que se convirtió en la guardiana del muro de su dignidad.
El Llamamiento Ignorado
Llevaba todo un mes fuera, lejos de todo lo que podía herirla y buscando el olvido.
Marta estaba sumergida en el jacuzzi de aguas termales de su habitación, sintiendo cómo el calor y los chorros relajaban sus músculos tensos por el trabajo duro de todo el día. Cerró los ojos, intentando sumergirse en la paz que el dinero podía comprar.
En ese momento, el teléfono de la habitación sonó. Lo ignoró un rato, pero luego pensó que quizá era el gerente del restaurante del hotel para preguntar sobre los arreglos de la cena. Salió despacio, se envolvió rápidamente en una toalla y fue a coger el teléfono.
Era una llamada privada, pero al mirar la pantalla su corazón se aceleró por la familiaridad del número: era Erik. A pesar de la regla de Celia, él había encontrado la forma de eludirla y dar con el lugar.
Marta miró el teléfono, una mezcla de dolor y satisfacción recorriendo su rostro. No contestó. En su lugar, pulsó el botón de servicio de la habitación.
—Por favor, quiero una botella del mejor champán y que traigan muchas velas aromáticas —ordenó con voz firme—. Y, antes de dormir, por favor, que venga un masajista. Necesito que me dejen el cuerpo como nuevo.
Su terapia era el hedonismo puro, un contraste deliberado con el ascetismo emocional de Erik.
El Ultimátum de la Amiga
Minutos después, su móvil vibró. Era Celia.
—Marta, ¿puedes contestar? —Su tono no era de asistente, sino de amiga agotada.
Marta suspiró y respondió.
—Dime, Celia.
—¡Marta, no puedes actuar como una niña chica! —espetó Celia, sin rodeos—. Me tienes ya loca. Erik está al borde de un colapso, ha llamado diez veces en la última hora y ha amenazado con romper la colaboración si no apareces.
La voz de Celia se suavizó un poco.
—Si algo te molesta, da la cara y díselo. Ya se han calmado los espíritus y él está comportándose como un perro apaleado. No seas tan cruel.
Luego, el ultimátum profesional:
—Si no quieres nada con él, simplemente acláralo de una vez. Pero no hagas berrinches como niños, Marta. Esto está afectando al negocio.
Marta apretó la mandíbula. La lógica de Celia era inquebrantable, pero su dolor también lo era.
—Lo siento, Celia. Estoy ocupada. Dile que lo llamaré cuando pueda y tenga disposición. Además, ya me llamó al teléfono de mi habitación y sabe dónde estoy, así que por la mañana, a primera hora, me iré a otro lugar o volveré. Ya veré.
Colgó el teléfono y se hundió de nuevo en el jacuzzi, sintiendo que, aunque la habían llamado niña, la única forma de que Erik sintiera su dolor era el silencio y la ausencia. Además, ¿de qué servía arrepentirse ahora?