Mas allá de la realidad Capítulo 55 La Culpa Devoradora
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Capítulo 55 La Culpa Devoradora

La Aceptación del Abandono

Erik se sentó en el borde de la inmensa cama de Marta, la misma que fuera testigo de su conexión noche tras noche. El pánico se transformó en una comprensión fría y terrible: ella no volverá. La firmeza con la que ella había actuado al huir contrastaba con la debilidad de su propia reacción.

Se levantó de golpe. Tenía que evitar el desastre público.

Llamó a Leo, con la voz ahora calmada, pero con una frialdad de hielo.

—Leo, sigue con la búsqueda. Y activa el Plan B: anuncia que Marta ha enfermado repentinamente. La fiesta queda aplazada para otra fecha. Que no haya rumores. Da la orden de que se llame a todos los invitados, uno por uno, para pedir disculpas personalmente en mi nombre y en el de Marta.

La farsa del compromiso público había sido suspendida.

El Corazón Aplastado

Al terminar la llamada, la calma profesional de Erik se derrumbó. Se dejó caer en el sofá. Se sentía culpable de una forma que nunca había experimentado. No solo por haber gritado, sino por haber defendido un recuerdo por encima de la mujer real y apasionada que le amaba.

Su corazón estaba como aplastado por el dolor de su partida. El vacío en la cama, en el silencio de la suite, era insoportable. Él mismo le había dado la razón para irse: «Vete ya».

La intensidad de su sufrimiento lo sorprendió. Era el dolor que había intentado enterrar con Evelyn, ahora duplicado y magnificado por la pérdida repentina de Marta.

La Tierra Prohibida

Erik, buscando una vía de escape, sintió el impulso de ir a la sala de RV. Siempre había sido su refugio, el lugar donde el tiempo se detenía.

Pero, al acercarse a la puerta cerrada, se detuvo.

Ni siquiera se atrevió a entrar en la sala virtual. Entendió que hacerlo ahora sería una doble ofensa: ofendería la memoria de Evelyn al buscar consuelo en ella después de haber entregado su corazón a Marta, y ofendería a Marta al preferir un fantasma a la realidad de su amor.

El santuario se había convertido en una tierra prohibida.

Se cubrió el rostro con las manos. Sin la lógica, sin el refugio y sin Marta, sentía que se volvía loco. El control se había esfumado y solo quedaba el inmenso y vacío ático de cristal, un testimonio de la riqueza que no podía comprar ni el perdón ni el amor.