Capítulo 52 La Furia Desatada
La Furia
Justo cuando Marta estaba abrumada, sintiendo el peso de la trágica verdad, la puerta de la sala se abrió con una violencia sorda.
Erik estaba parado en el umbral. No era el amante tierno ni el CEO sarcástico. Su mirada era diferente, desencajada, y lanzaba puñales con una furia fría que Marta nunca le había visto. El dolor por la violación de su único santuario había transformado su rostro.
Ignorando a Marta por un segundo, fue directamente a la máquina y la apagó con un golpe seco. La luz azul de los servidores se extinguió, dejando el cuarto en penumbra.
Luego se giró hacia Marta. Se acercó a ella y la cogió por la muñeca con una fuerza que no era de pasión, sino de rabia. La arrastró prácticamente fuera del cuarto, cerrando la puerta con un portazo que resonó en el silencio del ático.
Una vez fuera, en el pasillo iluminado, la empujó suavemente, pero con la fuerza del impulso, sujetándola del brazo.
El Grito de la Traición
Marta dio un paso hacia atrás. Estaba asustada y sorprendida, incapaz de articular palabra. El contraste entre la ternura de sus abrazos y aquella furia desatada era terrorífico.
Erik estaba a centímetros de ella, con el rostro desencajado por la traición. Le gritó con una intensidad que la hizo temblar, rompiendo la paz del ático.
—¡¿Quién te dio permiso para entrar ahí?!
Su voz no era la de un amante celoso, sino la de un hombre al que le habían arrancado la última parte de su alma. Marta supo que había cruzado una línea, que no podía deshacer nada. Había entrado en la única parte de su vida que él no quería compartir: el infierno privado de Evelyn.