Capítulo 50 El Cargador Perdido y el Santuario Oculto
La Rutina
Los días pasaron en una extraña rutina dual.
Las jornadas estaban marcadas por la distancia profesional: Erik en su oficina, Marta en su suite, ambos trabajando intensamente y manteniendo la cortesía formal.
Sin embargo, las noches eran una rendición total.
El deseo y la pasión se consumían en abrazos y exploraciones, donde el fuego de su conexión borraba la fachada de indiferencia de Erik y la coraza de «solo sexo» de Marta.
El Día
Finalmente llegó el día de la fiesta de la Fundación, el evento elegido para el anuncio de la relación y para “callar las malas bocas”. Todo debía ser perfecto.
Marta, a pesar de su belleza natural, pasó la mañana en salones de belleza.
Al volver al ático, se sentía en la obligación de ser la imagen de la socia y prometida perfecta, una tarea que la ponía nerviosa.
Debería parecer muy enamorada para acallar a la prensa, a los enemigos y, sobre todo, a la competencia.
Pero aquello parecía no importarle en absoluto.
Debería vestirse elegante y ser perfecta, aunque no se sintiera ella misma.
La Búsqueda y la Puerta Cerrada
Mientras se preparaba, un problema trivial se convirtió en un obstáculo monumental: se había quedado sin batería en su móvil. Necesitaba cargarlo con urgencia.
Recordó que su cargador de repuesto se había quedado en su apartamento. Buscó en su suite y en el salón, pero no encontró un cargador compatible. Erik tenía varias bases de carga inalámbrica en la mesita de noche y en otros lugares, pero no eran compatibles con el modelo de su teléfono.
La frustración la obligó a seguir buscando. Se dirigió a la otra ala del dúplex. Buscó en los cajones y estanterías del dormitorio de Erik. Abrió alguna habitación de servicio; no se atrevió a entrar en la de Leo.
Finalmente se encontró con una puerta cerrada con llave.
«¿Qué será?», pensó Marta. «Quizás ahí tenga un cajón con cables o algo».
Regresó al dormitorio de Erik para buscar la llave. En el cajón superior de su mesilla de noche, entre unas gafas de sol y un libro de negocios, encontró un manojo de llaves. Las cogió para probar si alguna era la adecuada.
Las introdujo en la cerradura una por una y, finalmente, una encajó. Con un clic al girarla, la puerta se abrió.
El Santuario Oculto: Evelyn
Marta no encontró un despacho. En su lugar, entró en una sala inmensa y oscura. Encendió la luz. Parecía insonorizada y totalmente distinta al lujo minimalista del resto del ático.
La sala era un centro de juegos virtuales, forrado de paneles acústicos y con una configuración tecnológica que superaba cualquier cosa que Marta hubiera visto en su vida.
En el centro, una cápsula de RV de última generación, que parecía un sarcófago futurista, estaba conectada a una red de servidores que emitían una luz azul fría. El aire estaba cargado de electricidad.
Marta, experta en hackeo y tecnología, se acercó a la cápsula, sintiendo que había descubierto un santuario. Era el corazón oculto del “viejo”.
En un display holográfico apagado vio una sola palabra en bucle, el nombre que él había negado: Evelyn.
Aquello no era un despacho; era el refugio virtual que Erik usaba, el santuario de su pasado y la clave para entender su obsesión por la Realidad Virtual. Evelyn no era solo un nombre; era un mundo.