Capítulo 47 El Asedio Silencioso
La Cena Formal
Por la noche, Marta bajó de su suite de cristal, sintiéndose una intrusa en la fastuosa sala.
Cenaron en la inmensa mesa con vistas a la ciudad.
La conversación fue formal y superficial, limitada a la logística del anuncio de la Fundación y a diálogos monótonos sobre el trabajo.
El silencio era un peso palpable, el castigo por las palabras que Marta había pronunciado.
Erik sirvió la comida y luego el vino, con la misma cortesía distante de un anfitrión de negocios. Después de la cena, le sirvió un delicioso postre.
Con el vino, la atmósfera se relajó ligeramente. Charlaron un rato sobre temas menos profesionales, pero la intimidad seguía ausente.
Cuando Marta hizo un amago de levantarse para recoger los platos, Erik la detuvo con un gesto de la mano.
—No, Marta. Yo me encargo.
Marta se retiró al sofá, sintiendo una mezcla de frustración y extrañeza. Se quedó tranquilamente con su copa de vino, viendo algo en la televisión, mientras él fregaba los platos en la cocina abierta. La escena era doméstica, pero la frialdad era abrumadora.
El Ataque de la Proximidad
Marta decidió que no podía soportar más la distancia. Le gustaba más cuando él la mimaba en la cama que este Erik distante y formal. El silencio era el peor de los castigos.
Se levantó del sofá, dejó el vino y se acercó a la cocina. Se colocó justo detrás de Erik, que seguía enfrascado en fregar un plato.
Intentó cambiar algo de su actitud. Primero se quedó quieta. Erik hizo como que no le importaba que ella estuviera cerca, moviendo el estropajo con concentración.
Marta cedió a la desesperación por la conexión. Se pegó a su espalda y rodeó su cintura con los brazos, apoyando la cabeza en su espalda.
Erik no reaccionó. Siguió fregando el plato con una determinación inquebrantable.
Su cuerpo estaba rígido, tenso. Pero, en su interior, el corazón le latía tan fuerte que temía que ella pudiera oírlo.
Estaba a punto de explotar, luchando por mantener la indiferencia como escudo de su orgullo herido.
Marta esperó. El silencio, roto solo por el sonido del agua, fue ensordecedor. Al ver que no conseguía ninguna respuesta, creyó que no podía hacer nada para cambiar las cosas y que había perdido el juego.
Intentó soltarlo y marcharse hacia las escaleras que llevaban a su suite.
Pero, justo cuando ella intentó zafarse, él la atrapó.
Erik cerró el grifo con brusquedad, giró su cuerpo y la acorraló contra la encimera. Sus ojos brillaron con el fuego que había estado reprimiendo.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó Erik, con la voz profunda y llena de advertencia—. Tú iniciaste este juego, Marta. Y yo quiero seguirlo. Ahora me toca a mí decidir cuándo termina la noche.