Mas allá de la realidad Capítulo 46 El Lujo Aislado y la Herida del Conquistador
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Capítulo 46 El Lujo Aislado y la Herida del Conquistador

El Frío del Desencanto

A pesar de la rendición estratégica de Marta, Erik no se sentía victorioso. Su orgullo, acostumbrado a los halagos y las conquistas rápidas, se había visto gravemente pisoteado por la fría declaración de Marta: «Solo es sexo».

Aunque su mente racional entendía la necesidad de controlar la narrativa (y agradecía el acceso total a la vida de Marta), su corazón seguía doliéndose por la falta de correspondencia amorosa. Él había entregado su vulnerabilidad; ella había respondido con un cálculo de control de daños.

Decidió que necesitaba recuperar la distancia emocional y dejarle espacio, aunque estuvieran bajo el mismo techo.

Marta se quedó atormentada por la velocidad de los acontecimientos y las cosas no le quedaban claras: «¿Qué compromiso? ¿No era solo una relación? ¿Cómo pudo llegar esto tan lejos sin pedida de mano ni noviazgo? ¿Era una broma?».

La Suite de Cristal

Esa tarde, Erik llevó a Marta a su espectacular dúplex de cristal. Pero, en lugar de llevarla al dormitorio principal, la dirigió a la planta superior.

—Esta es tu suite —anunció Erik, con una formalidad inusual que Marta notó de inmediato—.

Es el ala de invitados. Tienes tu propio vestidor, baño y un salón privado.

Tienes acceso al resto del ático, por supuesto, pero he pensado que, dado que no quieres “presión”, esto te dará la autonomía que tanto valoras.

Marta entró y se quedó impactada. La suite era más grande que medio bloque de apartamentos donde ella vivía.

Las paredes de cristal ofrecían vistas panorámicas de la ciudad.

El lujo era abrumador, frío e impersonal.

Nunca había visto la parte superior de aquel gigantesco dúplex; era un mundo de opulencia que apenas podía concebir.

Lujo, Obligación y Disgusto

La reacción de Marta fue compleja.

Por un lado, era algo increíble. La belleza, el espacio, las comodidades… era el epítome de la perfección material.

Pero, por otro lado, sentía un profundo disgusto por la situación. No sentía alegría, sino obligación. Estaba allí, supuestamente, por una estrategia corporativa forzada por su propio error. La suite era un exilio de oro, un recordatorio de que su relación era, por ahora, un acuerdo.

—Gracias, Erik —dijo Marta, con voz tensa—. Es… increíble.

—El ama de llaves te ayudará a instalarte y a desempacar tus cosas. Yo estaré en la planta baja o en la oficina. Si necesitas algo, llama —respondió Erik, manteniendo la distancia. No la besó al despedirse.

Marta comprendió: él estaba molesto y herido. Le había dado el lujo que cualquier mujer desearía, pero le había negado la calidez que ella, ahora, realmente ansiaba. Estar separada por un piso en el ático de cristal era mucho peor que estar separada por varios kilómetros en la ciudad.

La verdad es que Erik sentía la necesidad de castigarla por tratarlo como un juguete sexual. Ella estaba ahora algo arrepentida, pero eso no significaba que sintiera algo por él, solo que quería jugar un poco más.

Ahora él mismo se sentía culpable por todo lo que podía haber pasado con las chicas que se habían relacionado con él en los últimos diez años. Sentía remordimientos de verdad.