Capítulo 42 El Sofá
La Recarga de Energía
A la hora de la comida, Erik regresó, entrando en el apartamento con la clave de la misma manera que uno vuelve a su hogar. Pero esta vez todo era diferente. La cautela se había evaporado.
Al ver a Marta, la abrazó inmediatamente con una ternura profunda y la besó con un toque de posesión y necesidad.
Se quedaron un rato abrazados, y Erik sintió cómo se recargaba de energía y pasión con solo tenerla cerca.
El ambiente de la oficina, por muy productivo que fuera, palidecía ante su presencia.
Ninguno dijo nada sobre lo que había pasado. Solo dejaron que fuera. Parecía que los dos aceptaban esta evolución en su relación.
La llevó a la mesa. Comieron con la misma rutina que habían establecido: se alimentaron recíprocamente, un juego íntimo que se había convertido en su lenguaje. Se miraban sonriendo, hablando de todo y siguiendo el juego del coqueteo.
El Sofá
Después de la comida, Erik la instaló cuidadosamente en el sofá, con la pierna en alto. Él pensaba irse directamente al trabajo, pero sentía que necesitaba un poco más de su presencia. La simple vista de ella, tan accesible y suya, era una tortura.
Se tumbó a su lado y la abrazó contra su pecho, buscando la paz que solo encontraba en su piel. El contacto era suave, protector, pero la química que existía entre ellos era un polvorín.
—Déjame estar un ratito a tu lado. Necesito recargar pilas.
Ella, sintiendo la comodidad de estar en sus brazos, empezó a juguetear. Su mano subió por su pecho, sus labios buscaron su cuello… y, como era inevitable, aquello no acabó bien.
El sofá se les quedó corto inmediatamente.
La necesidad era demasiado grande para la restricción.
Erik se sentó y, con un movimiento de su cadera, la sentó sobre él, un ajuste de posición que hizo que todo volviera a estallar en una locura total.
La pasión fue rápida, furiosa y totalmente descontrolada, una respuesta animal a la represión de la mañana.
La Promesa de la Noche
Cuando por fin el torbellino se detuvo, Erik maldijo en voz baja al mirar su reloj.
—¡Marta! ¡Tengo que irme! Llego tarde a una reunión de inversores.
Tuvo que llevársela de nuevo corriendo al baño para una limpieza rápida. La ayudó a asearse, susurrándole promesas al oído mientras el agua corría.
—Te lo prometo —le dijo Erik, con los ojos brillando de deseo y un toque de culpa por la prisa—. Te lo compensaré bien esta noche.
Marta, agotada pero radiante por la atención, se sonrojó hasta las orejas al escuchar la promesa. Pero su sonrisa tímida era una confirmación silenciosa de que esperaba ansiosa esa “compensación”.
Erik la besó con urgencia, tomó su maletín y se fue. Marta se quedó en el sofá, con el corazón latiéndole como un tambor y la lógica desmantelada. El sexo de calidad se estaba convirtiendo peligrosamente en una rutina de amor.