Mas allá de la realidad Capítulo 41 Marcas de Fuego
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Capítulo 41 Marcas de Fuego

La Nueva Realidad

Tras vueltas y vueltas de placer imposible, se quedaron dormidos, abrazados en un enlace perfecto, el cuerpo de Marta acunado en el fuerte pecho de Erik. Él no pensó en soltarla; al contrario, encontró una nueva forma de paz enlazado a su cuerpo.

Se despertó por la mañana sintiendo esa paz desconocida de nuevo.

Sabía que era la primera vez que dormía al lado de una mujer después de tantos años.

En el pasado, huía o las echaba amablemente después, invocando cualquier motivo.

Pero con Marta no quería irse. Su deseo en ese momento era hundirse otra vez en su interior, pero se contuvo para no despertarla.

Se deslizó fuera de la cama con sumo cuidado y se dirigió a la ducha. Luego se vistió y le preparó el desayuno, dejándolo dispuesto sobre la mesa con el mismo esmero que el día anterior.

Se acercó a la cama, le dio un tierno beso en la frente y, con una sonrisa de felicidad contenida, se fue corriendo a trabajar. La urgencia de los negocios era real, pero su corazón se había quedado en ese pequeño dormitorio.

Antes de irse a la sede, Erik envió un mensaje. No a Leo, sino a su ama de llaves, una mujer de confianza, dándole instrucciones precisas:

“Ayudar a la señorita Suárez con la limpieza y el baño. Que no haga absolutamente nada. La espero aquí en media hora y le envío la dirección de Marta.”

La Coartada de la Calidad

Marta se despertó un tiempo después y se sintió completamente sola en la cama. El vacío junto a ella le hizo creer por un momento que todo había sido un sueño. Pero la huella de su cuerpo en la almohada y en la cama la hizo sonreír.

Además, su cuerpo llevaba marcas visibles de la pasión nocturna; cada pequeño hematoma, cada sensación muscular, le recordaba lo vivido. Cada vez que lo recordaba, se sonrojaba. Nunca había sentido tanto; nunca la habían mimado tanto ni la habían hecho gritar por no poder soportar tanto placer.

“Fue una experiencia perfecta. Debería repetir esto”, pensó, intentando imponer la lógica a la emoción.

Intentó convencerse a sí misma, repitiéndose las palabras de su propia armadura: “Solo es sexo, Marta”. Se riñó mentalmente por la oleada de ternura que sentía. “De calidad, pero solo sexo”. Necesitaba reducir el evento a una transacción física para proteger su corazón de la conexión.

No era que no quisiera enamorarse o tener una relación, sino que la mala fama de Erik la echaba atrás. Tenía miedo de salir herida, así que intentó ver aquello como algo frío y puramente una necesidad fisiológica.

La Intervención del Ama de Llaves

Escuchó un ruido en el salón, un sonido discreto de movimiento.

—¿Erik? —preguntó Marta, sin levantar la voz.

Una voz de mujer, cálida y profesional, respondió:

—Soy la ama de llaves del señor Erik. ¿Puedo entrar?

La mujer, vestida con un uniforme impecable, entró y le explicó su misión con absoluta naturalidad:

—El señor Erik se aseguró de que usted esté cómoda y cuidada. Estaré aquí el tiempo que me necesite.

El ama de llaves, con la calma de la experiencia, la ayudó a bañarse y vestirse. Luego la llevó al sofá, donde ya estaban esperando su manta y su ordenador.

Antes de irse, dejó la mesa dispuesta para la comida del almuerzo, todo etiquetado con instrucciones sencillas.

Marta se quedó sola, rodeada por el recuerdo del cuidado intrusivo de Erik, el calor residual de la pasión y la mentira que se repetía sin cesar: “Solo sexo, Marta”.

Pero si solo era sexo, ¿por qué Erik había enviado a su ama de llaves? Y si solo era sexo, ¿por qué no podía dejar de sonreír al recordar cada caricia?

Da igual lo que fuera. Era de calidad.