Mas allá de la realidad Capítulo 39 La Llama
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Capítulo 39 La Llama

El Derrumbe del Control

El sutil y audaz roce de los labios de Marta fue el punto de quiebre. La voluntad de Erik se sintió traicionada por su propio cuerpo. El control que había ejercido desde el hospital, la paciencia impuesta por el respeto y el temor a alejarla, todo se vino abajo.

Después de un instante de bloqueo inmediato —un miedo fugaz a la bofetada o al rechazo que tantas veces había experimentado—, Erik reaccionó con una intensidad reprimida.

Le devolvió el beso.

Comenzó con pequeños piquitos, toques suaves y llenos de pregunta, esperando una reacción de freno después de cada uno. Pero Marta no se retiró; al contrario, solo esperaba más, sus labios respondiendo con una avidez que encendía la necesidad de él.

El juego de la cautela terminó. Erik rodeó su cuerpo con sus brazos y la levantó de la silla. No cesó de darle besito tras besito mientras la llevaba al dormitorio.

Fuego Ardiendo en el Santuario

Erik llegó al dormitorio y la depositó con una cautela reverencial sobre la cama, cuidando en todo momento el tobillo vendado.

Ella no soltó el agarre de su cuello. Al contrario, lo acercó más, obligando a Erik a caer sobre ella. La última barrera se había derrumbado.

En ese momento, la habitación se transformó en un incendio de pasión. El fuego, contenido durante semanas de tensión, sarcasmo y cuidado, ardió con una furia liberadora.

No fue una posesión de uno sobre el otro, sino una entrega recíproca.

Daban y recibían sin llevar la cuenta, buscando siempre más amor, más pasión y más ternura en el encuentro.

Cada caricia, cada beso, era una confirmación de que la barrera de la edad, del miedo o de los fantasmas había sido derretida por la fuerza de su química.

El encuentro fue agotador y liberador a partes iguales. Alcanzaron una unión y sincronización perfectas, desprovistas de las complejidades del día a día, en las que solo existían la piel, la respiración y el deseo compartido.

Al final, exhaustos y envueltos el uno en el otro, se miraron.

No había arrepentimiento, solo un reconocimiento profundo.

Vieron en los ojos del otro su propio deseo y pasión, y comprendieron que lo que había empezado con un accidente y un batido de chocolate había culminado en la conexión más real y total que ambos habían conocido.