Mas allá de la realidad Capítulo 37 La Confianza
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Capítulo 37 La Confianza

La Cesión de la Clave

Marta sabía que su resistencia era inútil. Erik había demostrado que ignoraría su «no» por el bien de su cuidado, obligándola a cojear hasta la puerta cada vez.

Durante su visita de la hora del almuerzo, Erik planteó la petición con la misma lógica implacable que usaba en los negocios:

—Marta, esto es ineficiente y arriesgado. Mientras tu tobillo esté lesionado, necesito tener el código de tu apartamento. Es una medida de seguridad, no de intrusión. Podrás retirar mi acceso en cuanto te quiten las muletas.

Marta protestó, invocando la violación de su privacidad, pero el pensamiento de tener que levantarse a abrirle a las siete de la mañana o en medio de la noche la hizo ceder.

—De acuerdo —suspiró ella, creándole un código solo para él—. Pero si veo que entras sin un motivo médico o logístico, te hackeo la cuenta offshore de Suiza.

Erik sonrió ante la amenaza. Él podría regalarle sus cuentas, pero solo quería su permiso.

El Regreso Silencioso

Cuando Erik salió de su trabajo, que había terminado inusualmente pronto, se dirigió directamente al apartamento de Marta. Usó la contraseña con una sensación extraña, pero solo después de llamar con el dedo en la puerta: era la primera vez que una mujer le daba acceso total a su vida.

Al entrar, la encontró dormida en el sofá, con la manta que él le había puesto arrugada a un lado. El portátil seguía encendido en su regazo, prueba de que había intentado trabajar hasta el agotamiento.

Erik se movió con un silencio reverencial, como si estuviera en un templo. Había traído la cena, preparada por el chef de su restaurante favorito, y se dedicó a organizarla.

En la mesa del salón instaló el escenario para la cena. Puso una silla extra con un cojín al lado de la mesa, pensada para que Marta pudiera apoyar su pie elevado mientras comía. Era otro gesto de cuidado que la desarmaría.

Él pensaba que solo quería conquistarla para pasar un tiempo; le gustaba consentir a las mujeres y persuadirlas con empeño, mantenerlas contentas y cuidarlas.

Aunque tenía sus propios límites, solía ser muy gentil y se lo tomaba en serio.

Le gustaba ofrecer para luego recibir. Es verdad que esta vez sentía muchas más ganas de estar con ella que con las demás mujeres de antes y se sentía muy ansioso por recibir el «gran premio».

Siempre había mujeres que lo atraían más que otras, pero el final seguía siendo el mismo.

Aunque sentía algo diferente y más fuerte, pensaba que era normal; no aceptaba estar enamorado.

La Sonrisa y el Derrumbe

Cuando todo estuvo listo, Erik se acercó al sofá. Se sentó a su lado y, con la misma ternura de la madrugada, le apartó un mechón de pelo de la frente.

El ligero contacto hizo que Marta abriera los ojos. Por un segundo, su mirada estaba aturdida, pero al enfocar el rostro de Erik, una sonrisa genuina, amplia y sin barreras floreció en sus labios. Una sonrisa que le iluminó la cara.

En ese instante, Erik se derritió. La armadura de CEO y la frustración de la conquista fallida se evaporaron. Esa sonrisa, entregada solo a él, era la victoria más dulce.

—Buenas noches —susurró Erik, con voz grave y cargada de emoción.

—Hola —respondió Marta, con la voz suave.

—La cena está lista. Pero primero, el tratamiento VIP.

El Ritual de la Intimidad

Sin decir más, Erik la alzó con facilidad, acunándola en sus brazos. La llevó directamente al baño. El contacto, aunque necesario, era electrizante. Él la sentó con cuidado en el borde de la bañera y luego salió.

Después, cuando ella abrió la puerta, volvió a cogerla en brazos y la llevó a la mesa de la cena. La sentó en la silla preparada, colocando su pie cuidadosamente en el apoyo.

—Tú comes, yo te sirvo. Hoy solo tienes un trabajo: recuperarte —dijo Erik, con los ojos fijos en los de ella.

Marta, con el corazón latiéndole a un ritmo frenético, no pudo protestar. Había accedido a darle la clave, pero parecía haberle dado la llave de su propia vulnerabilidad, y esa noche el frío caparazón se estaba rompiendo.