Capítulo 36 El Asedio del Cuidado
El Asedio Telefónico
Apenas regresó a su pequeño apartamento, Marta se encontró bajo el asedio de la atención de Erik.
Su móvil no dejaba de sonar. Él la llamó un montón de veces durante el día: primero para asegurarse de que Celia la había instalado correctamente, luego para preguntar sobre la medicación, la posición del tobillo, la temperatura ambiente.
Marta respondía con monosílabos, manteniendo la fachada de la socia de negocios profesionalmente molesta por la interrupción. Pero cada llamada, cada muestra de preocupación, debilitaba su caparazón.
El Almuerzo Intrusivo
A la hora del almuerzo sonó el timbre. Marta abrió, apoyada en sus muletas, esperando a un repartidor enviado por Celia… Era Erik, con una bolsa de papel y una sonrisa firme.
—No te atrevas a decir que no —dijo él, entrando sin esperar invitación—. Sé que estás sola y que intentarás prepararte algo con una sola pierna. Eso no va a suceder.
La comida era exquisita y nutritiva. Lo que siguió fue una coreografía de intimidad:
• Le dio de comer: Con Marta sentada, él se acomodó a su lado y, con una naturalidad asombrosa, tomó un tenedor y le dio pequeños bocados, como si fuera una niña. Marta, avergonzada y sorprendida, se dejó hacer.
• El masaje: Después de comer, Erik se arrodilló, tomó el tobillo vendado y, con una delicadeza experta, le masajeó la pantorrilla y el pie, también el que no estaba lesionado, para aliviar la tensión de la mala postura.
• La instalación: La levantó suavemente y la llevó al sofá, donde la acomodó con la pierna elevada. Le acercó el ordenador y, con un movimiento final, la tapó con una manta suave.
El Fuego en la Frente
Marta, a pesar de su resistencia, se sentía completamente rendida ante la invasión de su espacio.
Su juventud y sus hormonas le jugaban malas pasadas.
No podía resistirse a sentir aquella atracción brutal por él.
El olor de su colonia, la dureza gentil de sus manos, la forma en que su cuerpo se inclinaba sobre el de ella…
Cuando él se acercó para ponerle la manta, se agachó sobre ella. El corazón de Marta latió con una furia sorda, amenazando con salirse de su pecho. Ella creyó —o esperó— que la iba a besar como lo había hecho en el ascensor. El aire se cargó de la promesa de un encuentro.
Pero Erik se detuvo. Furtivamente, y con una velocidad que la dejó confusa, le dio un casto y pequeño beso en la frente. Luego deslizó su mano hasta su cabello y le acarició el pelo una sola vez, con una ternura infinita.
—Descansa y no te estreses con el trabajo —susurró él, y se fue.
Marta se quedó sola en el sofá, el ordenador en el regazo y la manta hasta el cuello. El punto donde la boca de Erik había tocado su frente ardía como si un hierro candente la hubiera marcado.
El beso en la frente y la caricia en el pelo eran la prueba de que él estaba controlando su deseo, jugando bajo las reglas de la nobleza.
Era la versión más peligrosa y seductora de Erik: el hombre que podía tenerla, pero elegía esperar y cuidar.
Y eso, pensó Marta, era infinitamente más difícil de resistir que un asalto directo.