Capítulo 33 El Cuidado
La Sentencia Médica
El traslado al hospital fue una carrera de tensión. Erik la sostuvo en brazos todo el camino, ignorando el polvo de la fábrica en su ropa y el pánico que le helaba la sangre. Leo, eficiente, había asegurado el acceso y la atención inmediata.
Tras una rápida radiografía, el médico confirmó el diagnóstico:
—«Solo es una torcedura fuerte en el tobillo. No hay fractura, pero debe guardar reposo absoluto, pierna en alto, tres días y usar muletas durante al menos una semana. Y hielo constante».
Erik respiró aliviado, pero la preocupación seguía marcada en sus ojos.
Al salir del hospital, Marta se preparó para ir a su pequeño apartamento.
—«Leo», ordenó Erik, con una firmeza que no admitía réplica. «A mi ático».
Marta, apoyada en unas muletas temporales, alzó la barbilla.
—«¡Erik, no! Voy a mi casa. No necesito invadir tu espacio».
—«No es una invasión, es una necesidad», replicó Erik, abriendo la puerta del coche para que ella entrara.
Su voz era tranquila, pero su mirada era absoluta.
«Marta, tu piso es minúsculo, tienes escaleras y no tienes a nadie que te cuide.
Yo tengo un dúplex que parece una suite de hospital, tengo asistentes y, francamente, es mi culpa que tropezaras en ese edificio que te hice visitar».
—«Es mi torpeza, no tu culpa».
—«Discute todo lo que quieras con Leo en el camino», zanjó Erik, metiéndose en el asiento del copiloto. «Pero te vas a quedar en mi casa».
El Lujo de la Convalecencia
Al llegar al rascacielos de Erik, Marta se quedó sin aliento. El lujoso dúplex de cristal era una obra de arte. El salón, de doble altura, ofrecía vistas panorámicas de la ciudad. El contraste con su pequeño apartamento no podía ser más brutal.
Erik la llevó directamente a una habitación de invitados en la planta baja, que parecía una suite presidencial.
—«Esta suite tiene baño adaptado y la cama es ajustable», explicó él con practicidad. «Voy a instalar una línea directa con la cocina y con el mayordomo. No te muevas. Y, por supuesto, he cancelado todo tu trabajo. No te preocupes por el proyecto de RV, yo lo adelantaré con mis ingenieros».
Marta estaba furiosa por la usurpación de su autonomía, pero su tobillo palpitante le recordaba la necesidad del reposo.
—«¡Erik, no puedes cancelar mi trabajo! ¿Qué dirá Celia?».
—«Celia ya fue informada y está trabajando desde su portátil», respondió Erik, mientras se agachaba con delicadeza para levantar su pie y colocarlo sobre una almohada de gel enfriadora que acababa de traer.
«No puedes trabajar, Marta. Y no voy a permitir que te estreses o que te muevas.
Estoy siendo un socio responsable, aunque algo intrusivo».
Mientras él ajustaba el ángulo del pie, ella lo miró. En su rostro no había deseo, sino una preocupación pura que disolvía su ira. Él la había secuestrado, sí, pero por una razón que su corazón encontraba difícil de rechazar.
—«¿Y qué hay de tu regla de “tres meses”?», le preguntó ella, buscando un ancla lógica.
Erik se enderezó, sus ojos fijos en ella.
—«Marta, esto no es una cita. Es un hospital de convalecencia. No te estoy seduciendo. Te estoy cuidando».
Y con esa declaración desarmante, la dejó en el silencio abrumador de su habitación.
Ella se quedó en silencio, mirando con atención a su alrededor e intentando averiguar algo más sobre él, algo que su casa pudiera decirle.
Todo estaba en perfecto orden. La cama era inmensa y muy cómoda.
Todo era muy lujoso, pero le pareció algo impersonal.
A lo mejor porque era una habitación de invitados…
Recordó cómo se sintió cargada en sus brazos, con sus manos alrededor de su cuello y la cabeza pegada a su pecho, y sintió un escalofrío de placer.