Mas allá de la realidad Capítulo 32 El Laberinto de la Fábrica
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Capítulo 32 El Laberinto de la Fábrica

La Dulce Monotonía

Los días siguientes se instaló una dulce y productiva monotonía.

El compromiso de trabajo en la Fundación y el incipiente proyecto de gamificación se habían convertido en la excusa perfecta para pasar el tiempo juntos.

El desayuno, con Erik apareciendo a las siete de la mañana en su puerta, ya no era una sorpresa, sino una costumbre esperada.

Las tazas de café y los croissants se consumían mientras discutían la logística y los algoritmos.

Se habían convertido en un equipo perfecto.

La tensión romántica se mantenía como una corriente subterránea, alimentada por las miradas constantes de Erik y los momentos de cuidado mutuo, pero contenida por la intensa concentración en el trabajo.

La Nueva Realidad

Un martes por la mañana, la agenda de negocios los llevó a su proyecto más ambicioso: un nuevo pasatiempo de Realidad Virtual (RV) a gran escala que prometía generar fortunas.

Erik había comprado una nave industrial gigantesca en una fábrica abandonada.

La ubicación era perfecta: alejada, inusual, y el precio de compra había sido irrisorio, ya que nadie quería un edificio con esas características.

Al llegar, las puertas oxidadas se abrieron para revelar un espacio vasto, silencioso y cubierto de polvo.

—«La llamaremos “El Laberinto de Evelyn”», anunció Erik, entrando con Marta a su lado.

El interior era impresionante. Una gran sala central se ramificaba en pasillos laterales y estructuras metálicas que se elevaban hasta el techo, creando un laberinto tridimensional de hormigón y sombras. Era el lienzo perfecto para un juego de RV inmersivo.

—«Es perfecto», dijo Erik, su visión ya poblando el espacio con jugadores y hologramas. «Aquí podremos explotar la RV al máximo. Necesitaremos sensores, por supuesto, y…».

La Caída

Marta estaba mirando hacia arriba, admirando el potencial de la estructura y cómo los conductos de ventilación podrían integrarse en el juego. Distraída por la escala del lugar, no vio el peligro a sus pies.

Mientras Erik hablaba con pasión sobre las futuras ramificaciones, Marta tropezó. Un tornillo de gran tamaño, de esos gruesos y viejos que quedaban de la maquinaria pesada, estaba semienterrado en el hormigón agrietado.

Marta soltó un grito ahogado mientras perdía el equilibrio y se precipitaba hacia adelante.

Erik reaccionó instintivamente, con una rapidez asombrosa. Dejó caer la tableta y extendió sus brazos. Alcanzó a rodearle la cintura y la espalda, atrayéndola con fuerza contra su cuerpo y evitando que su cabeza o su tronco golpearan el suelo de cemento.

El impacto del agarre fue un flash de pura adrenalina y contacto físico, pero fue demasiado tarde para el tobillo. En el giro, el pie de Marta se torció de forma antinatural sobre el filo del tornillo, enviando una punzada de dolor agudo que le cortó el aliento. Ella dio un pequeño grito de dolor.

Erik la sostuvo, su rostro aterrorizado a centímetros del de ella.

—«¡Marta! ¿Estás bien? ¡Cuidado!».

Ella se aferró a sus hombros, incapaz de poner peso en la pierna. El dolor era tan intenso que la hizo jadear.

—«Mi… mi pie», logró decir Marta, con el rostro pálido. «El tobillo… Erik, creo que me lo torcí».

El CEO, que momentos antes había estado planeando un imperio, se arrodilló de inmediato. El trabajo, los contratos y la realidad virtual desaparecieron. Solo quedaba la urgencia del cuidado.

—«Tranquila, no mires. Te sacaré de aquí. Leo, ¡vamos a urgencias!», gritó Erik, sintiendo cómo el pánico le oprimía el pecho. La masculinidad protectora que ella tanto admiraba se había activado por completo.