Capítulo 31 La Tormenta Interna
El Enigma del Encanto Genuino
Mientras Erik se levantaba, rompiendo la intimidad del momento, Marta se quedó sentada, la uva aún en su mano, sintiendo el caos emocional que había desatado ese hombre.
La atracción que sentía era abrumadora, y lo más desconcertante: era una atracción por su masculinidad torpe.
No por el depredador arrogante de los primeros días, sino por el hombre que se había disculpado sin reservas, que había cargado cajas con ella, que se había reído de sí mismo al ser llamado «idiota».
Le encantaba su cuidado gentil, manifestado en la forma en que la había tapado en su cama y en los pequeños bocaditos de comida que le ofrecía, gestos sencillos que revelaban una faceta protectora y tierna oculta tras la fachada de CEO.
Pero lo que la tenía verdaderamente enganchada eran sus miradas. Esas miradas llenas de admiración, que se posaban en ella sin cesar, prometiendo un futuro que él aún no se atrevía a vocalizar. No eran miradas lujuriosas; eran miradas de asombro y profunda conexión.
«¿Cómo puede ser?»
La pregunta resonó en su mente: ¿Estaba enamorada? ¿Cómo puede ser?
Marta, genio de la lógica y la criptografía, intentó analizar el fenómeno:
Incompatibilidad lógica: Él era todo lo que ella despreciaba: un hombre con fama de mujeriego, con un patrón de ruptura de tres meses y una diferencia de edad que ella misma había usado como arma.
El factor humano: El desprecio se había transformado en admiración.
Había visto su vulnerabilidad (el miedo a ofenderla), su nobleza (la ducha fría) y su generosidad (la Fundación).
Él ya no era el tiburón; era un hombre intentando desesperadamente ser mejor.
La química innegable: Desde el beso en el ascensor y el juego en las olas, la atracción física era una fuerza de la naturaleza.
Era una química que solo se liberaba cuando la armadura de ambos se rompía.
La conclusión, para su mente analítica, era irrefutable: los sentimientos desafiaban la lógica. El hecho de que él estuviera dispuesto a sacrificar su ego y su dinero por la oportunidad de estar con ella de una manera genuina era el hack más efectivo que jamás le habían aplicado a su corazón.
Ella no estaba enamorada del CEO arrogante, sino del hombre imperfecto que la cuidó dormida. Y ese pensamiento la asustó terriblemente, porque significaba que había bajado la guardia y había permitido que ese «idiota» encontrara el camino hacia su corazón.
—«Voy a mi despacho a buscar mi equipo», dijo Marta, levantándose. Su voz era firme, pero sus manos temblaban ligeramente. «Y a revisar los archivos de tu empresa. Ya que vamos a ser socios en esto, tengo que asegurarme de que no se te escape ni un céntimo».
El juego había terminado. La guerra de poder había dado paso a un riesgo emocional mucho mayor.