Capítulo 30 La Magia de lo Cotidiano
La Atracción Genuina
Mientras hablaban del reto de gamificación, la atmósfera en el pequeño salón de Marta se había transformado de tensa a deliciosamente íntima. El olor a café fuerte y croissants se mezclaba con la luz de la mañana.
Erik, a pesar de estar hablando de algoritmos y seguridad de datos, estaba totalmente inmerso en la presencia de Marta. El hecho de estar allí, en su espacio personal, tomando un desayuno normal, era más fascinante que cualquier reunión de la junta directiva.
De vez en cuando, con un gesto inconsciente de cuidado y afecto, le ofrecía pequeños bocaditos de comida.
Rompía un trozo perfecto de croissant y se lo acercaba; cogía una fresa del plato de fruta y se la tendía.
Era una acción que no encajaba con el frío CEO de miles de millones, sino con un hombre que, por primera vez, se sentía cómodo cuidando a una mujer.
La miraba sin cesar. Sus ojos verdes seguían cada movimiento de ella: la forma en que su boca mordía el croissant, la forma en que su cabello desordenado le enmarcaba el rostro, la pasión con la que discutía la «criptografía del mapa».
Erik sentía que la atracción y la posesión lo envolvían irremediablemente.
Ya no era una estrategia de conquista; era una condena dulce.
Estaba atrapado. Había encontrado en la naturalidad de Marta un respiro de la superficialidad de su vida, y eso lo volvía loco.
Su corazón latía más rápido cuando ella se reía, y el miedo a arruinar el momento le impedía hablar de otra cosa que no fuera el trabajo.
La Declaración Silenciosa
Marta, concentrada en el mapa del reto, notaba la intensidad de su mirada, pero no se inmutaba. Disfrutaba de la tregua, del desayuno, de la inteligencia de él y de los bocaditos inesperados.
• «El premio es el collar, el Símbolo de la Integridad, ¿verdad?», preguntó Marta, limpiándose los labios. «Necesitamos un eslogan. Algo que hable de la recompensa no material».
• «La recompensa no material es la adrenalina de ganar», dijo Erik, pensando en sus labios, donde había quedado pegado un pequeñísimo trozo de croissant. Estaba obsesionado con probarlo, pero no se atrevía.
Marta se inclinó sobre la mesa, señalando un punto en el mapa que había dibujado a mano alzada. Sus caras quedaron a centímetros. Él acercó la mano a sus labios y, con un movimiento tan suave como una caricia, le quitó el pequeño trozo.
• «Solo tenías una miga de croissant…».
• «Aquí, el primer checkpoint», explicó Marta sin inmutarse aparentemente, pero por su interior sintió derretirse. «Lo vinculamos con un easter egg en tu antigua página web para que solo los geeks más brillantes lo encuentren...».
Ella levantó la vista y se encontró con los ojos de Erik, que no miraban el mapa, sino sus labios.
El aire se detuvo. En ese momento, Erik no podía pensar en códigos o empresas. Solo pensaba en el día de la playa, en la sensación de su cuerpo en el agua, en el casto beso en su frente, en querer ser un pequeño trozo de croissant en su labio…
Él le ofreció una uva, un último bocado. Ella la tomó lentamente.
• «Deberíamos empezar a trabajar de inmediato», dijo Erik, su voz áspera. Se obligó a levantarse, rompiendo la magia antes de sucumbir. «Necesito que vengas a la sede para una reunión de equipo».
Marta asintió. La trampa se había cerrado. El juego había terminado, y había comenzado algo mucho más serio.